martes, 14 de enero de 2014

TEXTOS SOBRE EDUARDO AZCUY-SU PENSAMIENTO...


TEXTOS SOBRE EDUARDO AZCUY 01. Relación parcial de Eduardo Azcuy Pablo José Hernandez Centro de Estudios Latinoamericanos 1999 El título pone en evidencia los límites: esta Relación parcial de Eduardo Azcuy es, en efecto, fragmentaria. La decisión de encarar sólo algunos aspectos, sin embargo, no es mezquina. Trata, en cambio, de encontrar lo esencial y unificante en una personalidad profunda y rica en matices. El concepto "parcial" denuncia, (además) una toma de posición: es desde el afecto y la admiración que estamos escribiendo; situarse en otro ángulo equivaldría, en este caso, a violentar la perspectiva. Su persona y su pensamiento están en sus libros. Eduardo Azcuy nació en Buenos Aires el 12 de abril de 1926 y se identificó "desde muy joven -como sostiene Graciela Maturo-con los grandes pensadores románticos. De allí, y sin duda de una innata vocación por la belleza y el sentido de la realidad, nació su vocación poética".Sus tres libros de poesía testimonian esta preferencia: Poemas para la hora grave (1952), Poemas existenciales (1954) y Persecución del sol (1972).Los poemas que integran este último, según se reseña en el libro editado por Sudamericana, "reflejan desde una zona de suprarealidad, el impulso hacia la Vida Plena capaz de conjugar, en un proceso simultáneo , los principios de la revolución en el plano formal con la experiencia de la transformación psicológica". Esa vocación poética lo lleva a incursionar en el ensayo tras quedar fascinado con Jean Arthur Rimbaud. Tal como lo testimonia Victor Redondo,"entrevisto por Cortázar y traducido parcialmente por Gonzalez Trillo y Ortiz Behety, el poeta maldito, prácticamente desconocido en el Río de la Plata, encontró en Azcuy a su más activo difusor. En importantes diarios y revistas publicó a partir de 1952 artículos y estudios profundizando el sentido místico y esotérico de la experiencia del poeta. En 1958, Dintel publicó Poemas de Rimbaud, nuevos estudios y traducciones de Azcuy; y en 1966, Sudamericana, en el memorable El ocultismo y la creación poética, incluyó el ensayo La rebelión fundamental. En él, Azcuy estableció relaciones y correspondencias entre la experiencia místico-poética de Rimbaud y las doctrinas herméticas de Gurdjieff y Ouspensky". La coherencia, virtud ejercida por Azcuy en sus disímiles facetas tampoco estaría ausente en este tema. En septiembre de 1991, escasos meses antes de su muerte, ediciones Ultimo Reino, retomando el título Rimbaud, la rebelión fundamental, publicaría un muy interesante libro que recupera sus ensayos anteriores, su versión al castellano de una selección de poemas de Rimbaud, que abarcan el período 1870-1872 y una breve iconografía reunida por Azcuy que ayuda a completar la imagen del autor estudiado. Eduardo Azcuy y Graciela Maturo (circa 1971) 02. Presentación de la obra Asedios a la Otra Realidad de Eduardo A. Azcuy,1 Graciela Maturo Hoy es el día en que Eduardo Azcuy hubiera cumplido 74 años. A 8 años de su muerte, quise que se realizara en esta fecha, a modo de homenaje, la presentación de un libro que dejó preparado y en el cual puso muchas expectativas. Así lo manifesté al Dr. Francisco García Bazán, quien auspicia este acto desde la Universidad Kennedy, y así se hace por su generoso apoyo. Me siento gratificada al ver cumplida la edición por la editorial Kier, que asumió la tarea de publicarlo con la dedicación y el respeto que la caracterizan, y me siento también muy feliz de haber convocado a presentadores de alta valía intelectual y a un público calificado que integran también amigos y familiares. Hasta aquí mis palabras de saludo y agradecimiento. Pero creo que además de este aspecto personal y afectivo, dictado por largos años de compartir la vida y colaborar en una serie de tareas culturales con Eduardo Azcuy, tengo la suficiente perspectiva de su obra como para asumir la responsabilidad de emitir una valoración intelectual. Esta obra, audaz y fundamentada, me parece una culminación y una síntesis del pensamiento de Eduardo Azcuy, que viene circulando a partir de la década del `50 a partir de un doble cauce: la poesía, permanentemente acompañada de un lúcido espejo reflexivo y teórico. Azcuy es fundamentalmente un poeta, y con ello quiero certificar que el poeta es un hombre de conocimiento y no el que entretiene con imágenes bellas a la sociedad. Produjo tres libros de poesía, dos de ellos en plena juventud, Poemas para la hora grave y Poemas existenciales, y el tercero, Persecución del sol, en su madurez. Su poesía muestra al escritor tempranamente desvelado por el sentido de la vida y la muerte, su búsqueda del sentido, y su conciencia del poetizar como ejercicio simbólico inherente a la plena realización humana. En tanto escribía esos poemas y durante toda su vida, Azcuy fue un lector infatigable de la filosofía antigua y moderna, de obras de antropología, religiones, psicología profunda y ciencias en general, disciplinas a las que sumaba el aporte de su propia experiencia poética, es decir de una intuición viviente sobre toda realidad, y de una aguda introspección. Esta atención a los procesos interiores lo condujo a evaluar permanentemente el proceso poético, y a constituirse en defensor de la relación poesía-verdad, una relación negada por la Ilustración europea y luego revalorada por la fenomenología en el siglo XX. Su obra El ocultismo y la creación poética, publicada en 1966 y premiada al año siguiente, fue reeditada en 1982 en Venezuela y ha llegado a ser un libro de cabecera para los poetas del continente. Autodidacta - como lo fueron muchos de nuestros grandes, desde Lugones a Arlt, Marechal o Borges- se sentía pulsado por una honda y diversificada inquietud gnoseológica que lo llevó continuamente a sobrepasar el marco libresco en aventuras poéticas y vitales. Se convirtió en estudioso de las tradiciones, indagador de mitos y mandalas de diferentes culturas, estudioso de mitos antropogónicos como lo muestra su libro Los dioses en la creación del hombre, en vías de ser reeditado. Su libro Arquetipos y símbolos celestes contiene algunos de sus trabajos más importantes sobre el tiempo, el hombre y el símbolo. (Ultimamente fue para mí una satisfacción el comprobar que dos estudiosas latinoamericanas, la chilena María Eugenia Urrutia y la ecuatoriana Zheila Henriksen habían consultado con provecho este libro para sus respectivos trabajos, una sobre Rosamel del Valle y la otra sobre Borges y Cortázar. Cuánta será su alegría el día que encuentren esta nueva obra, que viene a certificar lo que para los estudiosos de las letras es casi un tópico, un lugar común: la otra realidad). Buscaba Eduardo, y este libro lo pone de manifiesto, caminos de convergencia e integración entre modalidades distintas del conocer. Prestaba oído a las conquistas de la ciencia física y biológica, sin pretensión de compartir lo más íntimo de un santuario que había venido a sustituir para muchos el de la fe, las mancias, e incluso el arte y la poesía que surgieron como herederos de un pensamiento no racional. En Azcuy prevaleció siempre el equilibrio, tan ajeno a la tentación irracionalista como a los excesos de esa otra forma de locura que mecaniza el pensamiento racional, elimina el sueño y la fantasía, o resta sdignificación al sentimiento. Azcuy había estudiado profundamente el proceso creador de grandes poetas europeos que fueron los maestros de la generación del 40, de la cual ambos nos sentimos discípulos y seguidores; esos maestros eran los metafísicos ingleses, los románticos, Novalis, Hölderlin, Nerval, y sus herederos, Rimbaud, Rilke. También leyó con admiración a Lugones, Borges, Marechal y Sábato. A Arthur Rimbaud dedicó Eduardo su último libro publicado en vida, Arthur Rimbaud: la rebelión fundamental, que le dio honda satisfacción ver editado gracias al esfuerzo del poeta Victor Redondo, en el centenario de la muerte del poeta francés. Creo que el giro de su pensamiento, finalmente volcado a líneas antiguas y tradicionales, fue marcado fundamentalmente por su lectura de Schelling, el gran pensador romántico que en pleno auge de las Luces pretendió constituir una filosofía del mito, y por Nietzsche, genial acusador del racionalismo occidental. Muchas veces le oí decir que el pensamiento romántico era una cumbre en el devenir de la humanidad. Y su obra lleva la marca de esa filosofía reivindicadora del pensamiento arcaico, de lo oscuro y marginal a la ciencia positiva, lo simbólico y ritual que permanente asedia el poeta a partir de intuiciones prístinas. No se limitó a alentar estéticamente tales intuiciones. Las revalidó y las defendió, sumándose a esas defensas de la poesía que circulan desde la Antigüedad, pero no en la manera retórica de Horacio y Quintiliano, sino en el modo iniciático de Virgilio y de Dante. Ese pensamiento poético, nutrido en la poesía y la filosofía dentro del marco de una fe religiosa, bien podría llamarse seminal como lo denominaba Rodolfo Kusch, de quien fue Azcuy tan amigo. Este libro muestra las distancias y también los puentes que relacionan al pensamiento poético, que Azcuy denomina cálido y participativo, y el pensamiento científico, calificado de frío y distante. No ignoraba Azcuy las posibilidades de su integración, siempre ambicionada por los grandes filósofos de todo tiempo, aunque algunos de ellos dieran anticipadamente por concluida la etapa del mito y de las artes. Su planteo profundo consiste en devolver a la órbita del conocimiento y de la vida un orden que rescate lo fundante y primario, colocando en su justo lugar lo reflexivo e instrumental. En sus últimos años juntos fuimos transitando los tramos de esa renovación cultural que ambos reconocimos señalada por la fenomenología de la existencia. Leía incansablemente a maestros fenomenólogos de la cultura como Scheler y Mircea Eliade, y a un maestro que excede los límites de la psicología como Carl Gustav Jung. Pero este libro no se limita a plantear cuestiones de alto interés gnoseológico y epistemológico. Lo vemos recorrido, como todo el pensamiento de Eduardo Azcuy, por una preocupación ética y política. Sus últimos ensayos, así el Juicio ético a la revolución tecnológica, publicado póstumamente en 1994 por el sacerdote español Luis Capilla, como los que integran este libro, Asedios a la otra realidad, evidencian una constante preocupación humanista. Lejos de ser uno de esos poetas dedicados a perfeccionar un lenguaje, o un estudioso dedicado al ahondamiento de temas especializados, Azcuy fue un hombre hondamente comprometido con la situación del hombre y con la humanidad por venir en nuestro tiempo conflictivo. Lo obsesionaba el futuro de la juventud, lo desvelaba la idea de construir defensas para la cultura ante la posibilidad de un tiempo de barbarie tecnológica o pérdida de objetivos realmente humanos. Prestó atención a los mensajes de una ciencia de avanzada que parece hacer suyas las afirmaciones de antiguos legados, intuiciones metafísicas, o experiencias llamadas sobrenaturales, pero sobre todo puso oído en su propio corazón, inflamado de amor, voluntarismo y generosidad. Más allá de sus aciertos puntuales, este libro tiene el mérito de constituir un ámbito de discusión, un lugar desde donde otear desprejuiciadamente los caminos de la cultura, una advertencia sobre la cerrazón, los autoritarismos de un lado u otro, la trivialización o la mecanización de la vida. Estos planteos evidencian su posición avizora en el momento de la gestación del libro, es decir la década del 80 - pues Eduardo trabajó hasta el año 90, y mantuvo su heroica lucidez combatiente hasta su último día, el 14 de enero de 1992; sin embargo mantienen su vigencia en los inicios del año 2000, siempre visto por nuestros coetáneos como una frontera o límite, o como el posible comienzo de un nuevo tiempo cultural. Por todo ello creo que valorar esta publicación es un acto de justicia en un medio intelectual que suele caracterizarse por la mediocridad y la ingratitud. Reitero mi agradecimiento a todos ustedes por venir a este acto, y a todos aquellos que lo han hecho posible. 1. Buenos Aires, Kier, 1999. Universidad John F.Kennedy, 12 de abril de 2000. Eduardo Azcuy y Graciela Maturo en Roma (El Vaticano) 03. El pensamiento poético de Eduardo A. Azcuy en su libro Asedios a la otra realidad Graciela Maturo La obra poética y de pensamiento de Eduardo Azcuy (1926-1992) no ha merecido aún toda la atención que merece, hecho que no es raro en un medio intelectual decaído, que incurre a menudo en el olvido de sus mejores protagonistas. Su último libro, póstumamente editado -Asedios a la otra realidad. Kier, 1999- encierra un grupo de ensayos audaces en su propuesta y rigurosos en su fundamentación, que son a la vez una síntesis de su pensamiento, prodigado a partir de la década del `50 por el múltiple doble cauce: de la poesía, la filosofía y la ciencia. Azcuy es fundamentalmente un poeta, y con ello quiero ratificar que el poeta es un hombre de conocimiento y no el que entretiene con imágenes bellas a la sociedad. Pero no todo poeta alcanza a proponer un espejo reflexivo de su propio quehacer, legitimándolo como vía de conocimiento y abriendo un diálogo con otros tipos de discurso como lo hizo Azcuy. Produjo tres libros de poesía, dos de ellos en plena juventud, Poemas para la hora grave (1952) y Poemas existenciales (1954), y el tercero, Persecución del sol (1972), en su madurez. Su poesía muestra al escritor tempranamente desvelado por el sentido de la vida y la muerte, la búsqueda del sentido, y la conciencia del poetizar como ejercicio simbólico inherente a la plena realización humana. Durante toda su vida, Azcuy fue un lector infatigable de la filosofía antigua y moderna, de obras de antropología, religiones, psicología profunda y ciencias en general, disciplinas a las que sumaba el aporte de su propia experiencia poética, es decir una intuición viviente y una aguda introspección. Esta atención a los procesos interiores lo condujo a evaluar permanentemente el proceso poético, y a constituirse en defensor de la relación poesía-verdad, relación negada por la Ilustración europea y luego recobrada por la fenomenología en el siglo XX. Su obra El ocultismo y la creación poética, publicada en 1966 y premiada al año siguiente por la Sociedad Argentina de Escritores en la Fiesta de las Letras, fue reeditada en 1982 en Venezuela por iniciativa del poeta Juan Liscano, y ha llegado a ser un libro de cabecera para muchos poetas del continente. Autodidacta - como lo fueron muchos de nuestros grandes, desde Lugones a Arlt, Marechal o Borges- Azcuy se sentía pulsado por una honda y diversificada inquietud gnoseológica que lo llevó continuamente a sobrepasar el marco libresco en aventuras poéticas y vitales. Se convirtió en estudioso de las tradiciones, indagador de ritos y mandalas de diferentes culturas, estudioso de mitos antropogónicos como lo muestra su libro Los dioses en la creación del hombre. Su libro Arquetipos y símbolos celestes (García Cambeiro, 1976) contiene algunos de sus trabajos más importantes sobre el tiempo, el hombre y el símbolo. Últimamente fue para mí una satisfacción el comprobar que dos estudiosas latinoamericanas, la chilena María Eugenia Urrutia y la ecuatoriana Zheila Henriksen, habían consultado con provecho este libro para sus respectivos trabajos sobre Rosamel del Valle, y sobre Borges y Cortázar. Asedios a la otra realidad, publicada a fines del 99, vino a abrir una ventana hacia aquella realidad oculta de la que hablan siempre los poetas. Tipificada como un motivo literario, reiterada como un "lugar" poético y añorado, la imagen de otra realidad es una constante de la poesía antigua y moderna. Sólo una mente tocada por la Poesía puede otorgar realidad de verdad a la imagen, al descubrimiento a-racional, a los vuelos del alma. Buscaba Azcuy, y este libro lo pone de manifiesto, caminos de convergencia e integración entre modalidades distintas del conocer. Prestaba oído a las conquistas de la ciencia física y biológica, sin pretensión de compartir lo más íntimo de un santuario que había venido a sustituir para muchos el de la fe, las mancias, e incluso el arte y la poesía que surgieron como herederos de un pensamiento no- racional. En Azcuy prevaleció siempre el equilibrio, tan ajeno a la tentación irracionalista como a los excesos de esa otra forma de locura que mecaniza el pensamiento racional, elimina el sueño y la fantasía, o resta significación al sentimiento. Había estudiado profundamente el proceso creador de grandes poetas europeos que fueron los maestros de la generación del 40, de la cual ambos nos sentíamos discípulos y seguidores; esos maestros eran los metafísicos ingleses, los románticos alemanes y franceses, los simbolistas y post-simbolistas: Novalis, Hölderlin, Nerval, Rimbaud, Rilke. También leyó con admiración a Lugones, Borges, Marechal y Sábato, y se abrió en sus últimos años a numerosas lecturas sobre ciencia y nuevas tecnologías. A Arthur Rimbaud dedicó el escritor su último libro publicado en vida, Arthur Rimbaud: la rebelión fundamental, que editó en 1991 el poeta Víctor Redondo, como contribución al Centenario de la muerte del poeta de las Iluminaciones. Le dio honda satisfacción ver editado ese libro en cuyos capítulos, parcialmente publicados, había trabajando desde su juventud. El giro de su pensamiento, finalmente volcado a líneas antiguas y tradicionales, fue marcado fundamentalmente por su lectura de Federico Schelling, el gran pensador romántico que en pleno auge de las Luces pretendió constituir una filosofía del mito, y por F. G. Nietzsche, genial acusador de los excesos del racionalismo occidental. Muchas veces le oí decir que el pensamiento romántico era una cumbre en el devenir de la humanidad. Y su obra lleva la marca de esa filosofía reivindicadora del pensamiento arcaico, de lo oscuro y marginal a la ciencia positiva, lo simbólico y ritual que permanente asedia el poeta a partir de intuiciones prístinas. No se limitó a alentar estéticamente tales intuiciones. Las revalidó y las defendió, sumándose a esas defensas de la poesía que circulan desde la Antigüedad, pero no en la manera retórica de Horacio y Quintiliano, sino en el modo iniciático de Virgilio y Dante. Ese pensamiento poético, nutrido en la poesía y la filosofía dentro del marco de una fe religiosa, bien podría llamarse seminal como lo denominaba Rodolfo Kusch, de quien fue Azcuy tan amigo, desde 1970 hasta la muerte de Kusch en 1979. Asedios a la otra realidad muestra las distancias y también los puentes que relacionan al pensamiento poético, que Azcuy denomina cálido y participativo, con el pensamiento científico, calificado de frío y distante. No ignoraba Azcuy las posibilidades de su integración, siempre ambicionada por los pensadores de todo tiempo, aunque algunos de ellos dieran anticipadamente por concluida la etapa del mito y de las artes. Su planteo profundo consiste en devolver a la órbita del conocimiento y de la vida un orden que permita rescatar lo fundante y primario, colocando en su justo lugar lo reflexivo e instrumental. En sus últimos años juntos fuimos transitando los tramos de esa renovación cultural que ambos reconocimos señalada por la fenomenología de la existencia. Leía incansablemente a fenomenólogos de la cultura como Scheler y Mircea Eliade, y a un maestro que excedió los límites de la psicología como Carl Gustav Jung. Pero este libro no se limita a plantear cuestiones de alto interés gnoseológico y epistemológico. Lo veo recorrido, como todo el pensamiento de Eduardo Azcuy, por una preocupación ética y política, que nos remonta a un libro anterior, Juicio ético a la revolución tecnológica, publicado póstumamente (en 1994) por el sacerdote español Luis Capilla. Tanto esta obra como Asedios a la otra realidad, gestadas en su última década, evidencian una constante preocupación humanista, una acuciante pregunta por el destino del hombre en nuestro tiempo, y una búsqueda de respuestas filosóficas y epistemológicas. Eduardo. Azcuy, se hallaba lejos del perfil de un poeta exclusivamente dedicado a perfeccionar un lenguaje, o del especialista ceñido a determinadas disciplinas excluyentes. Por el contrario, fue un hombre hondamente comprometido con la situación del hombre y con la humanidad por venir, en nuestro tiempo conflictivo. Lo obsesionaba el futuro de la juventud, lo desvelaba la idea de construir defensas para la cultura ante la posibilidad de un tiempo de barbarie tecnológica y pérdida de objetivos realmente humanos. Azcuy prestó atención a los mensajes de una ciencia de avanzada que parece hacer suyas las afirmaciones de antiguos legados, intuiciones metafísicas, o experiencias llamadas sobrenaturales, pero sobre todo puso oído en su propio corazón, inflamado de amor, voluntarismo y generosidad. Más allá de sus aciertos puntuales, este libro tiene el mérito de crear un ámbito de discusión, un lugar desde donde otear desprejuiciadamente los caminos de la cultura, y una advertencia sobre la cerrazón, los autoritarismos de un lado u otro, la trivialización o mecanización de la vida. Estos planteos evidencian su posición avizora en el momento de la gestación del libro, la década del 80. Pareciera que los tiempos han profundizado los males que anunció, y otorgado mayor vigencia a su pensamiento. En estos momentos de crisis y disolución de viejas estructuras, resuena su esperanza en el comienzo del nuevo milenio, como frontera o límite de una gran etapa y como posible iniciación de un nuevo tiempo para el hombre. 04. Eduardo Azcuy frente a la Literatura Hugo Francisco Bauzá Universidad de Buenos Aires Antes de conocer personalmente a Eduardo Azcuy sabía de su nombre a través de algunos artículos que había publicado en el suplemento literario del diario La Nación, dirigido entonces, con mano sabia y equilibrada, por Don Jorge Gallardo. Eran notas sugerentes, ricas en ideas recuperadoras de un saber tradicional que pretendía -y pretende- alertarnos sobre un vínculo entre el micro y el macrocosmos. En esos ensayos se apreciaba un trasfondo hermético poblado de resonancias milenarias, en particular pitagóricas: como es arriba, es abajo; la música de las esferas es una melodía sublime, cabe sólo al filósofo o al iniciado percibirla no con los sentidos ordinarios, sino con la psyché; es preciso estar abierto a las teofanías, a las fulguraciones, a la Erscheinung y éstas pueden ocurrir en los sitios más insospechados: en un bosque, en una esquina, en medio de la noche o bien a plena luz. Sólo es menester estar abierto para poder percibir, aunque sea por un instante, la urdimbre cósmica que religa el todo, ya que la totalidad de los elementos que conforman la creación están enlazados por hilos sutiles -casi invisibles- que articulan y dinamizan el corpus viviente que llamamos universo. Esos artículos me sorprendían no sólo por el propósito de intentar recuperar ese saber tradicional, como he dicho, sino también, en ocasiones, por lo audaces. El segundo paso de mi encuentro con Azcuy fue la lectura de uno de sus libros: El ocultismo y la creación poética que había publicado la Editorial Sudamericana en la década del '60 y que, si mal no recuerdo, recibió una mención de la Sociedad Argentina de Escritores; luego leí sus otros libros. De uno de ellos hice una reseña para el suplemento literario del antiguo diario La Prensa, que en esa época se editaba en color sepia, en admirable y muy cuidada tipografía. Aún no conocía personalmente a Eduardo Azcuy. Semanas después de la publicación de esa reseña Ernesto La Croce, que tenía cierta amistad con Eduardo, me dijo que éste deseaba conocer a quien había hecho ese comentario bibliográfico y el buen Ernesto ofició de mediador y así se dio el encuentro cara a cara. Eduardo me invitó a tomar un café en el Tortoni, café que, con la frecuentación amistosa y el paso de los años, se convirtió en el primer eslabón de una serie de encuentros. En ese primer encuentro estuvo también Ernesto La Croce. Para ese entonces Eduardo había sido desplazado de un cargo en el área cultural de nuestra Cancillería, producto de la sinrazón y del despropósito que, en ocasiones, dominan a nuestros gobernantes. Parafraseando a su admirado Leopoldo Marechal, alguna vez le oí decir que se consideraba un "funcionario depuesto", degraciadamente esa condición debía extendérsele de por vida. Eso no opacó su carácter optimista fundado en su alegría por vivir y, entre otras circunstancias de afecto, por la comprensión y amor de su compañera: Graciela Maturo. Salvo en los últimos momentos, cuando la enfermedad comenzó a diezmar su cuerpo, le vi perder las esperanzas y mudar su rostro: éste iba siendo invadido cada vez con más fuerza por la tristeza que nace de toda despedida, la de él lenta, pero despedida al fin. Con Eduardo charlamos sobre muchos temas, aunque no siempre coincidíamos. Cabe referir que el sostener con firmeza y educación nuestras convicciones aun cuando choquen con la persona con quien se comparte un café demuestra, en mi opinión, amén de un rasgo de inteligencia, una señal de respeto y sinceridad ante el amigo. No coincidía con Eduardo, por ejemplo, en algunas apreciaciones políticas, tampoco en su absoluta certeza respecto de una vida extraterrestre (sobre ese tema visceral por momentos me atrapan las dudas), en su pasión por la ufología -es decir, en la credibilidad en "objetos voladores no identificados"-; coincidía, en cambio, en su gusto por la poesía, en su intento por establecer los lazos que religan el aquende con el allende, en su planteo -de cuño junguiano- sobre los arquetipos, en su curiosidad por los "símbolos celestes" y, fundamentalmente, en su idea de concebir la poesía no como divertimiento, sino como una verdadera aventura metafísica. Compartía también con Eduardo el gusto por los poetas parnasianos y surrealistas franceses, en especial por su "amado" Rimbaud. Si la memoria no me traiciona la tapa de uno de sus volúmenes estaba -y debe estarlo- ornada con una reproducción del dibujo de Valentine Hugo sobre el poeta de las Iluminaciones. Recuerdo también que, llevado por su entusiasmo por el poeta maldito, él mismo había hecho un dibujo al lápiz del joven rebelde con su ensortijada y dionisíaca cabellera (creo que el dibujo no era bueno, pero Eduardo le tenía afecto; en cierta ocasión me obsequió una copia del mismo dada nuestra mutua admiración por ese poeta). Me unía también a Eduardo la preocupación por el destino latinoamericano; eso nos llevó muchas veces a discurrir sobre autores de nuestra predilección: el colombiano José Eustasio Rivera de La vorágine, novela ejemplar sobre la que solíamos volver cuando se presentaba la ocasión, Gabriel García Márquez, Martínez Estrada... Recuerdo también, como si fuera hoy, una tarde en el Tortoni con E. Azcuy hablando sobre Pedro Páramo y El llano en llamas, las eximias creaciones de Rulfo. Después de haber frecuentado con Eduardo varias tardes en el citado Tortoni, a algunas de esas charlas se sumó Graciela. Con su presencia Marechal pasó a ocupar el centro de las conversaciones: Adán Buenosayres, El banquete de Severo Arcángelo, Megafón o la guerra fueron obligado motivo de referencia. Eduardo, que yo sepa, no había hecho una carrera universitaria de manera sistemática, era, en materia de estudios, un self-made-man formado en una lectura sostenida sobre temas diversos de su interés: la poesía mística, la hermética, la simbolista, el ocultismo, los fenómenos paranormales, ciertos estudios de psicología, la alquimia... Muchos de sus puntos de vista están condensados en su volumen El legado extrahumano editado por A.T.E. en 1976 donde se ve su propósito de integrar en un mismo corpus conceptual ideas provenientes de variada procedencia. Así, por ejemplo, su deseo de enlazar la cultura de Tiakanaku y otras tradiciones de la América precolombina con elementos de la tradición bíblica -sobre lo que no estaba ni estoy de acuerdo-; con todo me sorprendía la firmeza con que exponía lo que eran sus "convicciones". La variedad de sus intereses era grande y polifacética. Nada escapaba a sus ojos voraces de lector. Era un lector consumado y de curiosidad infinita. Era infrecuente verlo sin un libro en la mano. Andar sereno, hablar pausado; mirada fija y penetrante. Lento en emitir un juicio pero cuando lo pronunciaba lo hacía después de haberlo sopesado a conciencia. Serían muchos los aspectos sobre los que podría discurrir sobre Eduardo. Sólo me limitaré a evocar su figura a través de su gusto por la poesía -que era el aspecto con el que me hallaba más a gusto-; para ello me valdré, como guía, de su ensayo sobre El ocultismo y la creación poética, obra en la que, en mi opinión, está Eduardo todo entero. Este trabajo está vertebrado en torno de dos ejes clave: el primero compete a "la poesía como aventura metafísica"; el segundo, concebir el quehacer poético como un medio que permite el "descenso al cosmos interior". El primero está conformado a través de cuatro hitos en los que delinea el quid de la poesía de la mano de autores románticos junto a los que se lanza a la búsqueda del paraíso perdido. En ese sentido la clave la constituye Schelling a través de su propósito de recuperar el tiempo primordial. El segundo postula una indagación por un campo situado más allá de la conciencia ordinaria. En ese orden valora la tradición, no como cosa anquilosada, sino como un saber viviente que aspira entender el mundo como totalidad; se inclina así por los poetas filiados en una línea hermética, por los volcados al ocultismo y por los que, por sobre otros valores, privilegian la fantasía como una de las notas más sublimes de lo poético. El tercer aspecto compete al vínculo entre romanticismo y misticismo: bajo esa liaison aborda el tópos de la noche como símbolo de lo absoluto y la idea de muerte no como finitud sino como acceso a otra dimensión de la existencia; también la noción de asombro que, en la lectura platónica, además del punto de partida del filosofar, es el que hace posible la poesía lírica. Son éstas algunas de las preocupaciones que, como constante, se advierte a lo largo de todo el pensamiento de Eduardo, abierto siempre a la noción de Misterio. En esta suerte de peregrinaje por sus temas e inclinaciones, hay que citar a Novalis del que destaca el tópico de la ensoñación; es también la misma ensoñación la que guió a Azcuy en su viaje hacia otras riberas del pensamiento, y en ese orden, privilegió siempre el rol alquímico de lo poético, capaz de mudar en "oro espiritual" todo cuanto toca. La segunda sección -el "Descenso al cosmos interior"- nos propone una suerte de viaje hacia el interior de la conciencia; una katábasis introspectiva luego de la cual se produce una anábasis o ascenso revelatorio, del que se emerge siempre renovado. Ahí es donde Eduardo advierte el aspecto soteriológico de la poesía: ésta permite bucear en las profundidades más recónditas luego de lo cual es posible ascender hasta la luz y en ese orden atendió tanto al surrealismo, cuanto a autores del campo del imaginaire; así, por ejemplo, a Breton y a Bachelard. Del primero valora su propuesta de abrir nuevos modos de inteligir la realidad; del segundo, su visión poética del mundo, la naturaleza del artista en perpetuo estado de poíesis y la idea de la ensoñación poética como una situación privilegiada de apertura a un plano trascedente de la existencia. Los que tuvimos el gusto de tratar y frecuentar a Eduardo Azcuy, como es mi caso, lo tenemos presente -aunque sea silenciosamente-, entre otros hechos, toda vez que evocamos esa suerte de suprarrealidad a la que es posible tener acceso a través de lo poético.

Eduardo Antonio Azcuy


3.
Eduardo Antonio Azcuy Nota Biobibliográfica, Selección de Textos y Editor Luis Alberto Vittor Universidad Argentina John F. Kennedy La promoción cultural desarrollada en Argentina, desde la década del '70 hasta la del '90, probablemente pueda ejemplificarse en la persona y la labor de Eduardo Antonio Azcuy, al grado de que mucho de lo que ahora se hace es el seguimiento de una forma que Azcuy encontró para hacer llegar a un gran público obras de autores olvidados, poco conocidos o escasamente difundidos, pero todos esenciales. Como principal impulsor de Megafón, una revista literaria que es un hito fundamental de la cultura argentina, difundió a varios poetas y escritores del interior y, estando al frente de las colecciones de la Editorial Castañeda, la de Estudios Antropológicos y Religiosos y la de Estudios Filosóficos, rescató a autores casi olvidados del calibre intelectual de José Imbelloni, Enrique Oltra, Adán Quiroga, Rodolfo Kusch, y, al mismo tiempo, promovió a nuevas figuras que se consolidaron definitivamente como Francisco García Bazán, Mario C. Casalla, Carlos Cullen, entre otros. Aunque fue un intelectual autodidacto, formado al modo de los antiguos escritores, frecuentando las grandes bibliotecas, los círculos intelectuales más exigentes y los medios culturales más diversos, Azcuy fue un escritor sensible a los nuevos paradigmas alternativos del pensamiento latinoamericano contemporáneo, interesándose por el mestizaje, la transculturación, la diversidad, la identidad y la cultura en la sociedad y política de América Latina. Fue un impulsor de la renovación del pensamiento critico social latinoamericano porque supo entrever los desafíos de una nueva manera de hacer y pensar en Nuestra América. Le interesaba dar respuestas a las necesidades nacionales del momento que le correspondió vivir; así, más que teorizar y plasmar su pensamiento en publicaciones propias, que las tiene, se puso al frente, junto con su esposa Graciela Maturo, para dar cuerpo a innumerables proyectos, publicaciones e instituciones que diseñó y puso en marcha. Desde esa perspectiva se puede decir que la configuración de su enfoque transcultural, su método transdisciplinario y la hermenéutica simbólica de la cultura, ha convertido a Azcuy en uno de los precursores en Argentina e Hispanoamérica de lo que hoy día se denominan "Estudios Culturales", "Estudios Poscoloniales" y "Estudios Subalternos." Los estudios culturales tienen un precedente en los aportes del “Birmingham Centre for Cultural Studies" de Inglaterra, que en cierto sentido fue el modelo fundador de un nuevo espacio transdisciplinario que, desde una postura crítica, intenta comprender la cultura desde aquellos agentes históricamente "desprovistos" de ella, la cultura vista desde la perspectiva de los subalternos. Azcuy ha potenciado aquella tradición de los estudios de la cultura en nuestro país, y ha agregado un valor extra a dichos estudios al ampliar el foco de su análisis a la función política de la cultura. Adicionalmente, Azcuy supo mostrar que la dimensión cultural de los procesos sociales contemporáneos no se limita a asuntos relacionados con las “artes”, las “culturas populares” y las “industrias culturales”, sino con otros procesos históricos y aspectos culturales significativos desarrollados simbólicamente en otros espacios y prácticas sociales. Como Ángel Rama, Antonio Cornejo Polar, Graciela Maturo, Eduardo Azcuy practicó los estudios culturales, pero sin desconocer jamás la especificidad de la tradición literaria ni reducir el texto literario a la ideología del autor, buscando siempre dialogar libremente con el poema o la novela, respetando la pluralidad de sentidos que contiene el simbolismo artístico. Y es que aun cuando Azcuy era un hombre de convicciones firmes y elaboradas, que sabía defender con celo y energía sus puntos de vista, porque sus palabras no eran fruto de la inspiración, sino del pensar largamente meditado y varias veces rumiado, nunca faltaba el respeto a su lector o a su oyente, por esta razón, cuando hablaba, su interlocutor no podía quedar indiferente, enseguida era magnetizado por la fuerza inmantadora de su pensamiento que lo atraía hacia el centro de amables discusiones y fluidos intercambios de ideas. Ningún área, ningún aspecto, ninguna zona o dimensión del conocimiento humano, antiguo o contemporáneo, tradicional o moderno, le era ajeno o desconocido, fue un lector omnivoro, quizás algo desordenado por la multitud indefinida de curiosidades e inclinaciones, de ahí su fecundidad. Sus lecturas no semejaban un jardín ordenado, sino una selva exhuberante donde florecían generosamente con libertad y espontaneidad toda clase de intereses, los más diversos y los más enigmáticos, ya que era capaz de apasionarse encendidamente tanto por la arqueología, la antropología, la filosofía, la psicología, la sociología, lo politología, como por las ciencias sagradas del simbolismo, la metafísica, la religión y el esoterismo, y hasta por aquellas formas del conocimiento marginal, aquellas teorías despreciadas, por inusuales o insólitas, que buscaban carta de ciudadanía científica, por lo mismo, excluidas del canon del conocimiento ortodoxo, a veces anatematizadas y condenadas por heréticas, debido a que su objeto de estudio son aquellos fenómenos exóticos e inexplicables que observan la parapsicología y la ufología. Aunque fue un autor del siglo XX y receptivo a todas las novedades de la modernidad, Azcuy era, por naturaleza y temple, un escritor a la antigua que cultivaba la erudición, las humanidades y las ciencias, con espíritu ascético y monástico. A veces costaba seguirle el hilo de la conversación porque su familiaridad y trato cotidiano con los temas y cuestiones menos habituales le permitían saltar ágilmente de una a otra cosa con total naturalidad, exigiéndole a su interlocutor un ritmo de vértigo y un estado de atención constante, uno no podía distraerse so pena de perderse en medio de esos vaivenes, razón por la que no pocas veces los esfuerzos resultaban agotadores. Esos desbordes de su personalidad no eran más que continuos brotes o borbotones de un conocimiento manantío que, cuando afloraba, se derramaba generosamente en la conversación. Tengo la impresión de que, pese a todos los que se le acercaron y le trataron, muy pocos fueron quizás los que han logrado comprenderle o aun más acompañarle por aquellos caminos solitarios e insondables de la curiosidad humana en los que se aventuraba con ingenuo y confiado optimismo. Y es que sólo los puros de corazón pueden adentrarse en territorios peligrosos y salir indemnes de esos intentos. Eduardo Antonio Azcuy pertenece a una estirpe de intelectuales y escritores absolutamente necesarios que casi ha desaparecido porque, varios de ellos, se han ido demasiado pronto. Su singularidad no reside solamente en ser el autor de obras fundacionales adscritas al género de ese realismo fantástico que se atribuyen otras literaturas con exclusividad, sino en haber derrochado a manos llenas, trabajo y generosidad. Sin haber concluido aun toda su labor, dejó cientos de proyectos, ideas, ilusiones. Nos ha quedado una obra incompleta, pero suficiente, para damos idea de su valía intelectual. Por esta razón, en esta evocación, rescato junto con la obra, al hombre. Los trabajos que hemos seleccionado para este primer dossier reflejan muy bien a ambos. Fundamentales son los trabajos de Graciela Maturo, no sólo porque son testimonios de primera mano de quien fuera su compañera de vida sino también uno de sus principales críticos y exégetas; el lector advertirá que, en tanto algunos de esos textos han sido concebidos como conferencias o presentaciones del libro de Azcuy Asedios a otra realidad hay conceptos y pasajes que se repiten textualmente; no hemos querido refundirlos en un solo texto ni tampoco eliminar alguno de ellos, ya que cada uno de los mismos, con títulos diferentes y ligeras modificaciones, fueron leídos en distintos momentos. Los conservamos como testimonios de esos momentos particulares y los publicamos como variantes del mismo tema. Igualmente iluminadores nos parecen los textos de Pablo José Hernandez, Hugo Francisco Bauzá y Jorge A. Foti, quienes, aparte de secundarlo y acompañarlo en diversos proyectos, compartieron muchos momentos con él al haber frecuentado y cultivado su entrañable amistad. De Eduardo Antonio Azcuy solo nos resta decir que nació el 12 de abril de 1926 y falleció en 1992. Fue Poeta, ensayista, crítico literario, periodista, estudioso del simbolismo en las culturas y de la tradición mítico-poética occidental, pensador político, produjo más de una decena de obras publicadas en Buenos Aires, Madrid, Barcelona y Caracas y numerosos artículos y opúsculos. Encabezó junto a Rodolfo Kusch una generación de pensadores de un nivel excepcional, signada por la reafirmación de la identidad nacional y latinoamericana. Fueron sus obras: Poemas para la hora grave. Editorial Botella al mar, Buenos Aires, 1952. Poemas existenciales. Buenos Aires, 1954. Aproximaciones a la poética de Rimbaud, y versión castellana de Poemas y Los desiertos del amor de Arthur Rimbaud. Editorial Dintel, Buenos Aires, 1958. El ocultismo y la creación poética. Premio de Ensayo de la Sociedad Argentina de Escritores, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966. Segunda edición Monte Avila, Caracas, 1982. Persecución del sol (poesía) Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1972. El legado extrahumano, A.T.E., Barcelona, 1976. Arquetipos y símbolos celestes, Ed. Fernando García Cambeiro, Buenos Aires, 1976. Los dioses en la creación del hombre. Con la colaboración de Lesly Sánchez, Pomaire, Argentina, 1980. Identidad cultural, ciencia y tecnología. Aportes para un debate latinoamericano. Compilación y prólogo de E.A A. Ed. F.García Cambeiro, Buenos Aires, 1987. Kusch y el pensar desde América. Compilación y prólogo de E.A.A. Ed. F. García Cambeiro, Buenos Aires, 1989. Rimbaud. La rebelión fundamental. Ed. Ultimo Reino, Buenos Aires, 1991. Juicio ético a la revolución tecnológica. Acción Cultural Cristiana, Madrid, 1994. Asedios a la otra realidad, Kier, Buenos Aires, 2000. DOSSIER ÍNDICE TEXTOS SOBRE EDUARDO AZCUY 01. Relación parcial de Eduardo Azcuy Por Pablo José Hernandez 02. Presentación de la obra Asedios a la otra realidad de Eduardo A. Azcuy Por Graciela Maturo 03. El pensamiento poético de Eduardo A. Azcuy en su libro Asedios a la otra realidad Por Graciela Maturo 04. Eduardo Azcuy frente a la Literatura Por Hugo Francisco Bauzá 05. Eduardo Azcuy, un surubí contra la corriente Por Jorge A. Foti 06. Misión del escritor en el siglo XXI: La respuesta de Eduardo Azcuy Por Graciela Maturo 07. El pensamiento simbólico en la última obra de Eduardo A. Azcuy por Graciela Maturo 08. Eduardo Azcuy y el Proyecto Latinoamericano hacia el Nuevo Milenio por Graciela Maturo 09. Azcuy y la cultura tradicional por Francisco García Bazán 10. Eduardo Azcuy, un pensador de la Aurora: El pensamiento de Eduardo A. Azcuy en su libro Asedios a la otra realidad. por Graciela Maturo TEXTOS DE EDUARDO AZCUY 01. Graciela de Sola. El mar que en mí resuena (1965) por Eduardo A. Azcuy 02. La revolución científico-tecnológica. Una visión desde el pensamiento poético [Fragmentos] por Eduardo Azcuy 03. El tiempo vivo por Eduardo A. Azcuy

viernes, 10 de enero de 2014

Gregorio Funes


Gregorio Funes Fallecimiento 10 de enero de 1829 (79 años) Bandera de Argentina Buenos Aires, Argentina Otras afiliaciones políticas Revolución de Mayo Profesión Sacerdote Alma máter Universidad de Alcalá de Henares Tratamiento Deán Religión Cristianismo Gregorio Funes, conocido como el Deán Funes (Córdoba, Argentina, 25 de mayo de 1749 - Buenos Aires, Argentina, 10 de enero de 1829) fue un eclesiástico y político argentino, rector de la Universidad de Córdoba, periodista y escritor. Fue partidario de la Revolución de Mayo, y llegó a ser miembro y director político de la Junta Grande. Índice [mostrar] Carrera eclesiástica[editar · editar código] Gregorio Funes nació en una familia acaudalada de la ciudad de Córdoba, y estudió en el Colegio de Monserrat de su ciudad natal. Se ordenó sacerdote en 1773 y fue director del seminario de su obispado. El mismo año de su ordenación se produjo un conflicto entre el cabildo de la Catedral y el rector de la Universidad Nacional de Córdoba (apoyado por el obispo), causado por el reparto de los bienes que habían dejado los jesuitas al ser expulsados. Como Funes acaudillaba al grupo opositor del obispo, éste lo nombró cura de la parroquia de la Punilla, pago que en esa época era la zona rural más importante de toda la provincia, con la intención de evitar la participación de Funes en el conflicto. Sin permiso de su obispo se trasladó a España, donde se doctoró en derecho canónico en la Universidad de Alcalá de Henares en 1779. Durante su estadía en España tomó contacto con las ideas de la Ilustración, que entonces eran la norma rectora de las reformas que quería llevar a cabo el rey Carlos III de España. Regresó a Córdoba acompañando al nuevo obispo de Córdoba José Antonio de San Alberto, y fue nombrado canónigo de la Catedral. En 1793 fue nombrado provisor del obispado, y en 1804 fue ascendido a Deán de la Catedral; el mismo año murió el Obispo y ocupó la gobernación del obispado hasta la llegada de su reemplazante, Rodrigo de Orellana. Desde 1807 fue rector de la Universidad y del Colegio de Monserrat. Redactó un plan de reforma de la Universidad, que incluía materias nuevas, como las matemáticas, la física experimental, el idioma francés, la música y la trigonometría. Era partidario de la enseñanza gratuita y donó diez mil pesos para fundar una cátedra de geometría, aritmética y álgebra. Pero en filosofía se negó a estudiar las escuelas nuevas, como las de René Descartes, John Locke y Leibniz, ya que consideraba que la escolástica era lo suficientemente segura y probada. Tuvo serios problemas por sus ideas democráticas con las autoridades locales, principalmente con el gobernador Rafael de Sobremonte.1 La Revolución de Mayo[editar · editar código] En 1809, de viaje por Buenos Aires, se enteró por intermedio de Manuel Belgrano y Juan José Castelli de los planes de los grupos revolucionarios. Adhirió al carlotismo, movimiento orientado a la independencia por medio de la coronación de la hermana del rey cautivo, Fernando VII. Fue el primer cordobés en enterarse del estallido de la Revolución de Mayo — antes incluso que el gobernador Juan Gutiérrez de la Concha — y se adhirió de inmediato al partido revolucionario. Un grupo de notables lo invitó a participar en una reunión, donde se trató el rechazo del reconocimiento a la autoridad de la Junta. Funes fue el único que se opuso a los planes de los enemigos de la Revolución. Denunció a la Primera Junta que el gobernador Concha, apoyado por el ex virrey Santiago de Liniers, habían jurado al Consejo de Regencia, desconociendo su autoridad. Cuando la expedición del Ejército del Norte hizo huir al gobernador Concha y sus aliados, Funes logró reunir el Cabildo y hacer que reconociera la autoridad de la Primera Junta. Capturados los contrarrevolucionarios, convenció al general Francisco Ortiz de Ocampo de no fusilarlos. Ocampo los envió a Buenos Aires, pero fueron ejecutados en el camino por Castelli y Balcarce. Poco después fue elegido diputado por su ciudad a la Junta de Gobierno. Fue el dirigente del grupo de diputados del interior que presionó para ser incorporados a la Junta de inmediato, lo que se logró en diciembre de 1810. Apoyó la política del presidente de la misma, Cornelio Saavedra, en su política contraria al grupo que fuera dirigido por Mariano Moreno. Una vez incorporado a la Junta, fue objeto de numerosas consultas de la mayor importancia y fue el redactor de la mayor parte de las proclamas, cartas y manifiestos. Después de la revolución de abril de 1811, dirigió la Gazeta de Buenos Aires, el periódico oficial del gobierno. Fue, además, un decidido defensor de la libertad de imprenta. Apoyó la teoría de que el patronato debía revertir a la Junta, y lo consideraba una de las más importantes fuentes de autoridad que la Revolución podía administrar. Quería lograr la Independencia formal y real, cuanto antes. Fue también autor de la redacción de la exhortación al pueblo a la resistencia luego de la derrota en la batalla de Huaqui. Después de la derrota de Huaqui, Saavedra fue autorizado por la Junta para ir al Norte a reorganizar el Ejército del Norte y frenar la posible invasión española, dejando al gobierno sin su principal autoridad. El espíritu revolucionario de Funes sufrió una crisis y fue uno de los firmantes del armisticio con el gobierno realista de Montevideo, en el cual se le reconocía a los realistas el dominio de toda la Banda Oriental. Incluso aconsejó a su hermano Ambrosio Funes y sus amigos en Córdoba ser moderados en sus expresiones de adhesión a la Revolución. La caída de la Junta Grande[editar · editar código] La iniciativa en la capital pasó al cabildo de la ciudad, que decidió desplazar al ausente Saavedra. Presionó a la Junta y la convenció de concentrar el poder en un Triunvirato, electo por el cabildo y formado por tres porteños, que asumió el 8 de septiembre de 1811. La Junta se transformó en Junta Conservadora, con la misión de controlar al Ejecutivo y ejercer el poder legislativo. La Junta, dirigida por Funes, sancionó un Reglamento Orgánico para regular el gobierno, el primer reglamento constitucional argentino. Éste proclamaba la división de poderes, pero el Triunvirato, dirigido por el secretario Bernardino Rivadavia, se negó a reconocer a la Junta como algo más que una dependencia del gobierno. A fines de ese año, el llamado “Motín de las Trenzas”, una rebelión de los soldados del Regimiento de Patricios, terminó en una matanza de los mismos. Funes fue acusado de provocar el motín y fue arrestado, mientras la Junta era disuelta y sus miembros expulsados de la capital. El Triunvirato asumió la totalidad del gobierno y excluyó del mismo a las provincias interiores. El Congreso de Tucumán en Buenos Aires[editar · editar código] Funes fue puesto en libertad y regresó a Córdoba a principios de 1812. Se dedicó a escribir su "Ensayo de Historia Civil del Paraguay, Buenos Aires y Tucumán", una de las primeras historias escritas en nuestro país. Por estar dedicado de lleno a su escritura, renunció a representar a su provincia en el Congreso de Tucumán. Cuando el Congreso se trasladó a Buenos Aires, los diputados José Antonio Cabrera, Eduardo Pérez Bulnes y Miguel Calixto del Corro se negaron a acompañarlo, por lo que el gobierno cordobés eligió otros dos en su reemplazo. Uno de ellos era Funes, que se incorporó al mismo a fines de 1817 y entre otras tareas se encargó de redactar el periódico oficial del Congreso, El Redactor. Era un monárquico convencido y propugnó una constitución monárquica. Intervino también en la elaboración de la Constitución unitaria de 1819. Su preámbulo fue obra exclusivamente suya, y fue también él el autor de la proclama a las provincias, anunciando la nueva constitución. Después de la batalla de Cepeda fue enviado a negociar la paz con los caudillos Francisco Ramírez y Estanislao López, y fue uno de los gestores del Tratado del Pilar. La época de Rivadavia[editar · editar código] Tumba del Deán Funes en la catedral de Córdoba. Más tarde, fue agente de negocios del gobierno de Colombia (que incluía a la Nueva Granada , Venezuela y Ecuador) ante el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Representó al Libertador venezolano Simón Bolívar en Buenos Aires y quiso que los porteños se sumaran al Congreso Continental que éste pensaba convocar en Panamá. Fue diputado por Córdoba en el Congreso General de 1824, al que se incorporó en 1826. Pero su participación no fue destacada. Falleció en Buenos Aires en enero de 1829. Fue sepultado en el Cementerio de La Recoleta, pero sus restos fueron luego trasladados a la Catedral de Córdoba. Según cuenta José A. Wilde, testigo presencial de los hechos, la tarde del 1º de enero de 1829, mientras el deán visitaba la casa quinta de don Santiago Spencer Wilde, que ocupaba la manzana comprendida por las calles Templé (hoy calle Viamonte), Córdoba (hoy avenida Córdoba), calle Uruguay y calle Paraná y luego de un breve paseo por el parque, conversando con su anfitrión frente al proscenio del pequeño teatro del antiguo Parque Argentino o Vauxhall que funcionara en el lugar, el deán cayó repentinamente muerto.2

jueves, 2 de enero de 2014

México: qué fue del subcomandante Marcos Juan Carlos Pérez Salazar BBC Mundo, Ciudad de México


México: qué fue del subcomandante Marcos Juan Carlos Pérez Salazar BBC Mundo, Ciudad de México Lunes, 30 de diciembre de 2013 Facebook Twitter Google+ Compartir Envíe esta página por e-mail Imprima esta nota Utilizar un reproductor alternativo Desde los años 60 y el Che Guevara no se veía algo así: un guerrillero latinoamericano que atrajera las miradas del mundo y se convirtiera -con la rapidez que proporcionaban los nacientes medios digitales- en un ícono global. Eso fue lo que ocurrió en 1994 con el subcomandante Marcos, uno de los dirigentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN. Contenido relacionado Chiapas: los indígenas que hacen misa en tzotzil México: frenar la violencia narco, ¿la nueva cruzada zapatista? Subcomandante Marcos publica comunicado a 20 años del alzamiento en Chiapas El 1 de enero de ese año, día en que entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, que supuestamente simbolizaba el ingreso de México a la modernidad, la insurrección armada le recordó al país los problemas que lo anclaban al pasado. El historiador Enrique Krauze, en su libro "Redentores: ideas y poder en América Latina", lo describe así: "Era como si se precipitara sobre nosotros un meteorito, pero no del espacio sideral sino del pasado". Fueron sólo doce días de combate. Los muertos se contaron por decenas no por centenares, pero fue suficiente para atraer la atención mundial. Luego vino la tregua, el diálogo. Y entonces emergió la figura de Marcos. El pasamontañas, la pipa, su humor mordaz y finalmente su prosa lo convirtieron en un favorito de la prensa. Fue entrevistado por Gabriel García Márquez, saludado por Eduardo Galeano y Noam Chomsky. Alabado como el mejor escritor latinoamericano del momento por Regis Debray (antiguo alumno de Louis Althusser; amigo del Che, a quien acompañó en Bolivia y ex asesor en política internacional del presidente francés François Mitterrand). Comités de solidaridad brotaron como hongos por todo el planeta y Chiapas se convirtió en un imán para jóvenes -muchos europeos- en busca de una causa que consideraran justa. Pero no sólo eso: en 1996, en una entrevista con la comandancia del Ejército de Liberación Nacional de Colombia, cuando les pregunté sobre la pertinencia de su lucha armada para llevar el socialismo al poder luego de la caída de la Unión Soviética, Nicolás Rodríguez Bautista "Gabino" (actual comandante máximo del ELN) invocó la lucha de los Zapatistas como ejemplo y justificación. Sucomandante Marcos, foto AP Figura mediática: Marcos con sus características gorra, pipa y pasamontañas. ¿Qué ocurrió con ese Marcos que surgió hace 20 años como un meteorito en el panorama de la izquierda mexicana e internacional? ¿Improvisado? Varios años después, el "sup" Marcos diría que buena parte de lo ocurrido los primeros días de enero del 94 fue improvisado, incluido el simbólico pasamontañas. Que en ningún momento pensó en convertirse en lo que se convirtió. En la última entrevista que concedió a un medio de comunicación, publicada en la Revista Gatopardo de México en diciembre de 2007, se lo explicó de la siguiente manera a la periodista Laura Castellanos. "No lo habíamos planeado así, eso resultó del alzamiento (...). Se convirtió en un símbolo, pero originalmente el símbolo era el paliacate rojo. Ahora es el pasamontañas. Porque empezó el tira y afloja de 'que se quiten el pasamontañas y que den la cara'. Y nosotros dijimos: 'bueno, vamos a quitárnoslo y ustedes también, o sea los políticos y el país entero'. Y se convirtió en un símbolo y se quedó". En su libro "Marcos, la genial impostura" los periodistas Bertrand de la Grange y Maite Rico argumentan que la improvisación fue mucho más allá. Publicado en 1998, es un reportaje en torno a la figura del subcomandante zapatista. Allí exploran el pasado de Rafael Sebastián Guillén Vicente, a quien el gobierno de Ernesto Zedillo reveló, a principios de 1995, como el verdadero rostro tras el pasamontañas. Marcos aún lo niega. Marcos, ¿el gran líder zapatista? En su libro "Redentores", el historiador Enrique Krauze argumenta que al EZLN -al que considera casi desaparecido- hay que analizarlo a través del prisma del perfil e ideas del subcomandante Marcos: "Porque igual que en muchos otros momentos y períodos de la historia mexicana, el neozapatismo fue también, hasta cierto punto, una proyección social de la historia de sus líderes (caudillos, caciques, presidentes)". Es algo en lo que no está en de acuerdo Augusto (nombre supuesto), un "adherente" del zapatismo, quien ha seguido el movimiento por años. Dice que al principio pudo verse así, porque era Marcos quien hablaba y llamaba la atención de los medios. Pero, agrega, el movimiento es esencialmente indígena y aunque Marcos cumplió el importante papel de interlocutor ante la sociedad civil nacional e internacional, no es su máximo líder. Y acá toca un punto incómodo: "como yo lo veo, influye muchísimo que sea una figura diferente al indígena. Desde la estatura hasta el color de la piel". "Porque si hubiera sido un indígena -que sí había algunos que hablaban español- no sé qué hubiera pasado, si hubiera tenido igual impacto porque hay que tener en cuenta el desprecio hacia todo lo indígena, el racismo". "Sabía cómo llegar a la gente de la ciudad y sabía cómo traducir lo que quiere la gente de las comunidades". Finalmente, recuerda que, por ejemplo, los acuerdos de San Andrés no fueron negociados ni acordados con Marcos, sino con los líderes indígenas, que consultaron cada punto con sus comunidades. En el libro -donde hablan con su padre, profesores, excompañeros de la universidad y de la guerrilla- se hace un recorrido por la vida de quien es popularmente aceptado en México como Marcos, nacido en 1957. Se habla de su infancia en la ciudad de Tampico, su radicalización en la universidad -donde estudió Filosofía- sus lecturas de los teóricos franceses (Althusser, Derrida, Foucault), su admiración fervorosa por el Che Guevara (insinúan que de ahí le viene fumar pipa) y sus viajes a Nicaragua y Cuba. Finalmente, relatan su adentramiento en la selva chiapaneca en 1984, con un puñado de correligionarios, para hacer la revolución. Y acá es donde viene la improvisación: según De la Grange y Rico, Marcos cambió su discurso político casi literalmente de un día para otro: entre el 1o y el 6 de enero de 1994. Algo que también ha señalado Enrique Krauze. Pasó del discurso marxista casi granítico de los primeros comunicados a la variante indigenista y burlona que caracterizó los posteriores. ¿Y cómo es él? Concepción Villafuerte conoció a Marcos cuando ya era Marcos. La historia de esta mujer también podría dar para un libro. Junto a su esposo, Amado Avendaño, fundó, escribió y editó -palabra por palaba en una imprenta manual del siglo XVIII- el periódico El Tiempo (primero semanario, luego diario) de San Cristóbal de las Casas. En enero de 1994, Concepción y su esposo fueron quienes avisaron a medios internacionales -y a través de ellos al mundo-, de la insurrección zapatista. Estaban inmejorablemente situados para hacerlo: no sólo vivían en San Cristóbal, donde estuvo el núcleo ardiente del levantamiento armado, sino que -según ella- eran el único medio regional que reconocía la existencia de los indígenas chiapanecos. Los demás simplemente los ignoraban. Eso hizo que los del EZLN siempre les dieran prioridad para entregarles sus comunicados en esos 12 días de guerra de enero del 94. (Ese mismo año, Amado Avendaño sería candidato a la gobernación de Chiapas por el Partido Revolución Democrática y con el apoyo del EZLN. Perdió y siempre se alegó que hubo fraude). Estamos en su casa de San Cristóbal, en un cuarto repleto de fotos, libros antiguos y recuerdos de su esposo, ya fallecido. También hay cajas y más cajas con las ediciones de El Tiempo, igualmente desaparecido. Una de las fotos muestra a Marcos junto a Amado Avendaño. Es del 2 de enero, una de las primeras imágenes del subcomandante. La periodista Concepción Villafuerte dice que no ve a Marcos como un héroe romántico Concepción Villafuerte se encontró con Marcos en abril de ese año. Según relata, luego del asesinato de Luis Donaldo Colossio, candidato oficial del PRI a la presidencia (aunque en México no hay años tranquilos, 1994 fue especialmente agitado), decidió subir a las montañas a hablar directamente con los zapatistas. Después de dos días de peripecias, se encontró con Marcos una tarde, a las cuatro. "Hablamos, me preguntaba cosas muy comunes, casi intrascendentes. Yo le pregunté qué iba a pasar, pues estábamos en la nada. Habían matado al candidato Colossio, retirado al encargado del diálogo por parte del gobierno con los zapatistas...". "Me dijo: 'estamos en alerta roja porque no sabemos nada, igual que ustedes'. Me pareció un tipo sumamente informado, a pesar de estar en la montaña... Muy sagaz. Una especie de persona que lo empieza a medir a uno, a valorar". "Se había hecho ya un mito de Marcos y todo el mundo lo veía como una cosa muy especial. Conmigo fue diferente, yo no lo veía como el ídolo romántico. Hablamos de cosas serias, de lo que a mí me interesaba saber, como el secuestro de un general, la desaparición de unos militares. Todo me lo respondió". Muchos años después Laura Castellanos también tuvo un encuentro en las montañas con Marcos, pero en 2007. Mucha agua había pasado bajo el molino. En 2001, Marcos tuvo lo que algunos consideran su momento culmen, cuando viajó de Chiapas a Ciudad de México en lo que se conoció como la Marcha del Color de la Tierra, con la que buscaban exigir el cumplimiento de los Acuerdos de San Andrés, un documento firmado en 1996 entre el EZLN y el gobierno, que se comprometía a realizar cambios en la Constitución para consagrar los derechos indígenas. Centenares de extranjeros acompañaron al subcomandante y a sus compañeros en el recorrido. Más de un millón de personas los aclamaron en El Zócalo del DF. Allí estaban esperándolo, entre otros, José Saramago, Danielle Miterrand, Manuel Vázquez Montalbán y Alain Touraine. Capítulo sobre Marcos en el libro de Enrique Krause. Ríos de tinta han corrido sobre Marcos y el EZLN. Después vino el anticlímax. Así lo explica el profesor e investigador Luis Daniel Vázquez, de la Facultad de Ciencias Sociales Latinoamericana, Flacso: "Lo que tenemos es una interacción muy interesante entre el zapatismo y el gobierno, que nunca llega a buen puerto". "El último de los aprendizajes muy fuertes que tiene el zapatismo es la marcha del Color de la Tierra, donde de nuevo salen, con la transición democrática, con Vicente Fox. Intentan llegar al Congreso de la Unión para pasar los acuerdos de San Andrés y plasmarlos en el acuerdo constitucional correspondiente". "El Congreso aprueba una reforma distinta a lo que estaba establecido en esos acuerdos, algunos más light, en especial de autonomía política indígena. Tal vez lo más grave es que, con esa decepción, van a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que se lava por completo las manos". Repliegue zapatista Luego de eso vino un período de repliegue y silencio, tanto de los zapatistas como de Marcos. En 2003 vuelven a la escena pública con su propuesta de los Caracoles y el buen gobierno: asociaciones de "municipios autónomos zapatistas" (son 29 municipios y cinco caracoles) que, desde entonces, le han dado la espalda al Estado mexicano (a quien llaman el "mal gobierno") y se han dedicado a construir una estructura autosuficiente a todo nivel: económico, de salud, justicia y educación. Así se han mantenido hasta la actualidad. En 2006 vino otro hito: unas elecciones presidenciales en las que la izquierda tuvo la posibilidad de llegar al poder con Andrés Manuel López Obrador. Los zapatistas decidieron no apoyarlo. Como se sabe "AMLO" (como es conocido en México) perdió por un margen muy estrecho frente a Felipe Calderón y, aunque hasta el día de hoy sigue diciendo que hubo fraude, muchos en la izquierda también señalaron a los zapatistas. De haberlo apoyado, argumentan, López Obrador habría ganado sin problemas. ¿Y el gobierno? ¿Cuál ha sido la postura del gobierno mexicano frente al EZLN? Hace 20 años, tras doce días de combate, la administración de Carlos Salinas de Gortari ordenó el cese el fuego unilateral. Luego vendría el proceso de diálogo, que continuaría en el gobierno de Enrique Zedillo, sin embargo los acuerdos alcanzados nunca se cumplieron. Este mes, la revista mexicana "Emeequis" publicó un artículo en el que, citando documentos secretos de la Secretaría de Gobernación, se revela que la estrategia de Zedillo y su círculo era "administrar el conflicto", alargarlo y "contener y desgastar" a los zapatistas. Luis Daniel Vázquez, profesor e investigador de la Flacso, cree que para el gobierno federal actúa -e incluso para el anterior- "el zapatismo no es un problema relevante". "El zapatismo, por ejemplo, no forma parte de todo lo que echa a andar con las policías comunitarias (o autodefensas, muchas de ellas de origen indígena)". Por su parte, la periodista Laura Castellanos dice que "lo que yo he observado es que la actitud del gobierno sigue siendo la misma de lo que se considera una contrainsurgencia de baja intensidad". "Tu no vas a lanzar a los tanques o al ejército a combatir cuerpo a cuerpo o a arrasar comunidades. Pero el Estado, así como lo ha hecho en otras ocasiones, recurre a diversas herramientas para sofocar, dividir, y una de ellas es a través de los programas sociales". En cambio, el EZLN y sus simpatizantes iniciaron "La Otra Campaña". Así la explica el profesor de la Flacso a BBC Mundo: "Su lógica es 'nosotros no tenemos que pensar a la izquierda desde arriba, sino desde abajo'. Y desde ese 'abajo y a la izquierda' -nuevo lema- su objetivo es dar a conocer movimientos muy locales que pueden tener los mismos problemas políticos pero que no están interconectados. Es la misma apuesta de los Caracoles". Se presenta entonces la última salida pública de Marcos: adopta el apelativo de "Delegado Zero" y durante un año recorre los 31 estados de México, más el Distrito Federal, reuniéndose con representantes de esos movimientos. Luego regresa a Chiapas y no vuelve a salir de las montañas. Al menos de manera visible. "Invisibilización mediática" A la periodista Laura Castellanos, Marcos le pareció "un hombre muy ocurrente e inteligente". "Sobre todo lo que me llamó la atención fue su proceso de autocrítica. Porque una cosa es ser autocrítico cuando estás en la cima, pero cuando estás en un momento de invisibilización mediática, de cuestionamiento, de crítica, no es fácil", le dice a BBC Mundo. La entrevista, publicada como libro en 2008 bajo el nombre de "Corte de caja", es esclarecedora. En ella Marcos hace un balance de todo ese período. Cómo él y su movimiento habían "pasado de moda", cómo, según su versión, la izquierda tradicional mexicana los apoyó mientras se quedaran en Chiapas: "había una especie de división del trabajo: 'ustedes hablen allá y escriban poemas (...) y nosotros nos encargamos de la política de los grandes'". También habló de algunos grupos de solidaridad europeos: "No se atreven a decirlo abiertamente, pero expresaban 'no, pues es que el zapatismo ya pasó de moda, ya no es como antes, si ya no tiene la atención de los medios para qué lo apoyamos (...)". Entre lo más interesante de esa entrevista se encuentra su mirada sobre su propio fenómeno. Marcos el ícono. "El atractivo reside en el símbolo, no en uno... porque el misterio, la máscara, atraen todo eso que también fue cultivado por los medios". También acepta que su figura, magnificada por la prensa, se convirtió en el símbolo del EZLN, sobre todo en los inicios del levantamiento: "sí se dio una sobrevaloración de lo que se podía conseguir usando los medios de comunicación, fue en el 94, cuando el movimiento sí salió a la luz de los medios de comunicación de todo el mundo y ese año transcurrió prácticamente de entrevista en entrevista". Agrega que si pudiera cambiar algo, sería esa parte mediática. "Hacer un esfuerzo para que se concentrara menos la atención en la figura de Marcos, precisamente en los primeros años. Porque más tarde quisimos remediarlo y ya no se podía". Escuela zapatista en el Caracol de Oventic, en Chiapas. Después de esa entrevista, Marcos trató de remediarlo. Se sumió en el silencio mediático. Empezaron entonces los rumores: que estaba gravemente enfermo. Que había muerto, que vivía en Ciudad de México, más exactamente en la acomodada Colonia Roma. Pero de vez en cuando da señales de vida: a través de cuentos en la Revista Rebeldía o de algunos comunicados. Uno de los últimos, del pasado 22 de diciembre, se titula "Rebobinar 2: de la muerte y otras coartadas" (el 28 de diciembre publicó "Rebobinar 1"). Allí, además de las múltiples posdatas, vuelve sobre asuntos que le son caros, como la muerte. Y regresa al tema de la identidad, del rostro tras el pasamontañas. "Esto de tomar otro nombre y ocultar el rostro, ¿es para escondernos del enemigo o para desafiar su escalafón de mausoleo, su nomenclatura jerárquica, sus ofertas de compra-venta así sea disfrazadas de puestos burocráticos, premios, loas y alabanzas, clubes grandes o pequeños de seguidores?". Por lo que pueder verse en el largo comunicado, desde las sombras, la pluma del subcomandante Marcos sigue siendo, sino tan popular y seguida, sí igual de mordaz y lírica. ___________________________________________________________ Siga al corresponsal de la BBC en México y Centroamérica a través de Twitter en @JCPerezSalazar

sábado, 28 de diciembre de 2013

Por Tomás Abraham | 14/12/2013 | 23:00 53 2 8 Comentarios | Este artículo fue leído 27777 veces


Estudiar o educar La escuela secundaria no logra interesar –desde hace tiempo– a sus alumnos adolescentes y se convierte en tierra de nadie. Aprender exige esfuerzo y actualización, y por eso ha quedado en el olvido. Por Tomás Abraham | 14/12/2013 | 23:00 53 2 8 Comentarios | Este artículo fue leído 27777 veces Estudiar y recibir una educación no es lo mismo. A veces es lo contrario. Estudiar puede convertirse en una actividad necesaria para resistir al proceso educativo. El estudio no deriva de un canon ni de un procedimiento regulado que prescribe las etapas de una formación disciplinaria. Aprender es una experiencia personal imposible de imitar. Tampoco se transmite aquello que se aprende como si se fuera propietario de un producto terminado. Estudiar no reúne en un espacio compartido a un ignorante y a un sabio, sino a dos ignorantes en cuestiones diferentes. El maestro, o el profesor, muestra el modo en que trabaja su ignorancia, cómo la recorre, el modo en que la disfruta o el efecto que le produce. No hay razón alguna para que se muestre autosuficiente o seguro de su erudición. Esa postura de un supuesto saber consolidado esteriliza las mentes, tanto la del depositario de la información como la del receptor de la misma. La ignorancia consciente de sí provoca una inquietud persistente conocida con el nombre de “curiosidad”. Una de las cualidades que puede transmitir un enseñante es su insatisfacción. Su búsqueda permanente, la interrogación irrestricta sobre los conocimientos adquiridos, la necesidad que tiene de confrontar puntos de vista y de incitar al debate, su asombro ante las novedades del mundo, sus ganas de vivir. Si no tiene nada de lo que acabo de mencionar, poco puede hacer para aportar algo de valor a los otros ya que nada se aporta a sí mismo. Estudiar es una experiencia vital que se comparte. A pesar de ser una experiencia personal no se la lleva a cabo solo. Se estudia con libros y textos que han escrito otros. Se estudia en espacios diseñados a tal fin, escuelas, universidades, institutos. Estudiamos entre alumnos y maestros. Ponemos en práctica la ignorancia activa que pregunta el porqué, la que no se satisface con el enunciado de una autoridad y busca una verdad. Estudiamos porque necesitamos trabajar para expandir nuestra mente y descubrir el mundo. Estudiar es un oficio. Tiene todas las exigencias de cualquier artesanía. Es una tarea productiva. Estudiar no es sólo leer o calcular, sino activar las distintas formas de nuestra sensibilidad para producir algo que no somos nosotros y que nos permite hacernos a nosotros mismos como proyecto inconcluso. Estudiar nos saca de nuestra identidad recibida y de la que nos venden cada día. Es una barrera resistente al aluvión consumista. Pero también nos autoriza a descreer de las verdades y de los bienes patrióticos abusados para legitimar el poder de turno. Nos permite decir que “no” sabiendo por qué. Estudiar es una manifestación guerrera. Nos curte en el arte de la lidia, del combate ante los obstáculos, nos templa ante los desafíos. Nos arma contra la acción corrosiva e implacable del tiempo que se muestra infinito, ilimitado, repetitivo, cuya consecuencia de no ser de alguna manera domado es el aburrimiento y la resignación. Estudiar nos hace productivos, lo que nos ahorra la necesidad de querer ser felices a la manera extática de un goce sin altibajos o de un sistema inmunológico que nos ahorra cualquier infortunio. Estudiar nos permite conocer tanto la frustración como el esfuerzo por superarla, lo que nos vuelve más generosos y tolerantes con virtudes y defectos tanto propios como ajenos. Estudiar es una ética de la voluntad. Y además, estudiar es un problema. La adolescencia. Aquí comienza el apartado conocido con el nombre de educación. Se estima que hay alrededor de 800 mil docentes en el país. Es una fuerza gremial gigantesca. Sus reivindicaciones son las del cualquier gremio y las que ejerce todo poder de esa magnitud. Las luchas internas hegemonizan su acción. Los temas del ausentismo, la calidad laboral, los resultados, los sueldos y las condiciones de trabajo son materia de discusión diaria. Se trata de un problema político, sin duda, además de ser cuestiones históricas y tradiciones culturales. Mover un elefante con una mano no es más difícil que cambiar los engranajes y el rumbo de una burocracia de esta magnitud que como tal se reproduce a sí misma. Se dice que en estos años se ha incluido a cientos de miles de menores de edad al aparato escolar y que poco se puede pretender en términos de calidad en un tiempo tan exiguo. Pero la tendencia no parece avalar que el tiempo juegue a favor de una mejora educativa. El problema no son la escuela primaria ni la universidad, sino lo que está en el medio, es decir la adolescencia en la enseñanza media. No porque los dos extremos del proceso educativo no necesiten forjarse metas más ambiciosas que su performance actual, sin duda que las necesitan, sino porque desde los 13 hasta los 18 años hay algo así como una tierra de nadie. Pedagogos bienintencionados y con ánimo auténtico de pensar el problema han dicho que la brecha generacional no es colmable desde la enseñanza. Desde este punto de vista, un profesor no puede captar la atención del alumnado con la puesta en escena de su pasión, de su vocación y de su entrega al estudio. Por lo que todo lo que dije en un principio de esta disertación sería inútil. Ninguna oferta desde el educador llega al alumno sin una demanda previa. Si no hay demanda, repiten, no hay recepción. Los pibes hacen la suya y viven su vida mientras el maestro tira sus botellas al mar. Sin embargo, lejos de proveer así una visión pesimista, señalan que los adolescentes tienen sus modos de buscar información, sus conocimientos tecnológicos a los que acceden con una facilidad que supera a la de cualquier enseñante, y que de alguna manera pueden hacer caso omiso de la función profesoral para abrir los surcos de la vida en el camino a la adultez. Filósofos respetables de edad avanzada abren su corazón a las nuevas generaciones a las que les reconocen las habilidades del pulgar sobre la tecla y los beneficios de la dispersión. Así lo hace Michel Serres en su libro Pulgarcita. Pero otros se enojan ante la misma realidad a la que condenan por una fábrica de cretinos, como lo señala Jean Paul Brighelli. En conclusión, la escuela secundaria, ya fuere por las nuevas tecnologías o por cambios culturales, ha dejado de tener sentido. La verdad es que no tengo ni fuerzas ni argumentos para refutar esta afirmación. Reconozco mi fracaso. No tengo elementos para la réplica ni convicciones para ofrecer alternativas. Puede ser que las cosas sean como se dice. Esta idea de un mercado en el que la demanda posibilita la oferta puede ser real o verdadera. Pero ni me gusta ni me atrae. Nos convierte a los maestros en seres pasivos, individuos en estado latente, culpables por haber trabajado. Dicotiledónea. Creo que es una buena medida admitir un fracaso. No seremos la primera generación de docentes en haber fracasado. Fracasaron con nosotros en la década del 60. Mis profesores de la secundaria me hablaban de asuntos que no me interesaban para nada. Las palabra dicotiledónea, como Yan Tsé o Nefertiti no me decían más que una marca de medicamentos. La pasión de la profesora de Literatura por Tirso de Molina me resultaba una excentricidad de una señora en función gramatical. ¿Por qué no podemos fracasar nosotros ante chicos de 15 años? ¿Por qué debemos interesarlos? Pero entonces ¿qué hacer? Nada. Nada más que lo que hacemos. En cuanto a mí, quizás por razones de edad, no concibo adaptarme a los nuevos tiempos. No me dan ganas de seguir los consejos de los políticos de la educación, quienes dicen que antes de enseñar una materia hay que escuchar a los alumnos, acercarnos a ellos. Todo eso me parece una ideología legitimadora de todo tipo de mediocridades y facilismos. Fruto de un afán de pendeviejo por ser un profesor admirado y encantador a la manera de un Robin Williams en películas edulcoradas. Creo que en estos años se ha inculcado una ideología derrotista y mezquina en nombre de derechos, poderes falsos, y una demagogia felizmente compartida. Ideología pedagogista que oficia de policía educativa que habla de educar en lugar de enseñar; que se olvida de la palabra “aprender” porque así como enseñar exige esfuerzo y actualización; que hace del alumno el centro de la escena y que lo invita a expresarse para hacer de la clase un pasatiempo de una ideología neorrousseauniana, caritativa y conductista; que cree que la escuela debe ser un ecualizador social y que se escuda en la pobreza para nivelar para abajo; o que hace de la educación una coartada para justificar explotación, marginación y miseria vital que nada tiene que ver con ella; que se place en la renuncia al pensamiento encarnado en el trincherismo binario: trabajo o juego; divertirse o aburrirse; profesión o vocación; ciudadanía o mercado; meritocrático o inclusivo. En lugar de hablar de derechos y deberes, podríamos decirles a los jóvenes que ayuden a los profesores que aún quieren enseñar su materia, que compartan su esfuerzo por transmitirles algo que creen importante, colaborar para dignificar su oficio, por no dejarlo solo dependiendo de un carisma personal o de la demagogia ante la total indiferencia de la sociedad. Pero no, es tanto más fácil rendirse, y resignarse a que los que ingresan al profesorado lo hacen sin ganas, para asegurarse un sueldo mínimo y un puesto cómodo; y que los adolescentes están en otra cosa, y que la escuela sólo tiene sentido si se muestra la injusticia del mundo neoliberal y la esperanza de la patria grande y de los héroes y mártires de un panteón montado por todo tipo de manipuladores. Es tanto más fácil plegarse a las tomas de los colegios, ir de la mano con los hijos para sumar indignados a la televisión que reforzar la concepción de un mundo que engaña, que destruye, en el que la tarea de edificación de un ladrillo sobre otro es un mito de Sísifo. Repetir como si eso fuera una muestra de juventud el lema de la esclerosis troskista que dice que ser bueno en un mundo malo hace del mundo algo peor. La palabra “ideología” ha transitado por los mismos canales que otras palabras cuando están en manos de ciertos personajes. Lo mismo ha pasado con los derechos humanos. El problema es que la ideología no es una representación del mundo que guía nuestra conducta como si fuéramos entes racionales programados de acuerdo con valores. La ideología no tiene otra función que la de un placebo que decora nuestros intereses. Es moralina confitada de la peor manera y a la vez un aparato de censura. Por mi parte, mientras viva en el mundo y no me retire a una cueva para esperar la muerte, si la salud me acompaña, no tengo más remedio que estudiar, y buscar prójimos a quienes mis estudios interesen. No veo otra forma de hacerlo que exigiendo atención, no abdicar de la lucha contra la pereza, sumar voluntades en lugar de subordinar inteligencias, generar pasiones, comprometerse en la acción y en la palabra con la tarea, inventar y descubrir mundos. Me excusarán de que no hable de sociedad de conocimiento, de que la educación es lo único que nos saca de la pobreza y del atraso, si es mejor subsidiar la demanda de escolaridad que financiar la oferta, si es mejor la descentralización comunitaria o la estatización tradicional, y de otras cosas igualmente aplastantes. La vida continúa Texto leído en las jornadas La hora educativa, organizadas por el Cippec en la Biblioteca Nacional. *Filósofo. www.tomasabraham.com.ar

lunes, 2 de diciembre de 2013

LOS NAZIS HOMOSEXUALES


Opciones Fernando Estezzos Hace 11 horas · Los nazis homosexuales (Por Juan Manuel Salinas Aguirre) Los “Camisas pardas”, mayoritariamente homosexuales, formaron parte de una sección privilegiada dentro del partido de Hitler. Liderados por un oficial gay, el capitán Ernst Röhm, llegaron a tener un ejército propio y suficiente poder en la calles. Esto preocupó al Führer que impulsó más tarde una purga conocida como “La noche de los cuchillos largos”. Masculinos, Gays y de raza superior, una historia fascinante que poco se conoce. Cuando hablamos de homosexuales nos viene a la mente el típico “mariquita” amanerado que tuerce la muñeca y emite grititos histéricos en los momentos de enfado. Un estereotipo que el cine y la televisión explotó hasta el cansancio. Sin embargo, la teoría del gay afeminado se presenta alejada cuando nos topamos con la historia. Desde una mitología griega donde encontramos relaciones homosexuales como la de Aquiles y Patroclo, pasando por el legendario Alejandro Magno y Hefestión, ambos masculinos, guerreros y apasionados. Esta imagen del hombre homosexual de cuerpo perfecto, derrochando hombría a cada paso fue un símbolo inspirador que adoptó un sector del partido nazi en la Alemania de Hitler. Aparte de considerarse de raza aria y superior, también creerían en su superioridad por considerarse homosexuales y herederos de los guerreros de la antigua Grecia. Suena paradójico ya que durante la mano férrea de Hitler, la comunidad homosexual alemana de la época sufrió toda clase de persecuciones y encierros - claro está - luego de que el poder gay instaurado en el partido fuera borrado de un “plumazo” por el Führer, de quién ,curiosamente, se desconfiaba que fuera secretamente gay. Este punto es abordado por el historiado alemán Lotahr Machtan en el libro “El secreto de Hitler”, donde narra que el dictador a los 20 años habría vivido una relación con su amigo y compañero de cuarto en Viena August Kubizek. Gay, masculino y superior Normalmente se toma a Estados Unidos como el país donde ocurrieron los primeros pasos de la lucha por los derechos de los gays. Hechos como los disturbios de Stonewall en 1969, que consistió en una serie de protestas como consecuencia de una redada policial ocurrida en el bar del mismo nombre, del barrio Greenwich Village de Nueva York, se muestran como pilares de la resistencia rosa. Sin embargo durante la década de1860 el abogado y ensayista alemán Karl-Heinrich Ulrichs creó la teoría del tercer sexo. Ulrich sostenía que el homosexual es en realidad una mujer encerrada en el cuerpo de un hombre. Esta misma explicación, en forma invertida, sería usada también para definir el lesbianismo. Durante años sus escritos sufrieron el revés de la censura. Pese a ello Ulrichs se mantuvo firme, al punto que el 29 de agosto de 1867 se transformaría en el primer homosexual en asumirlo públicamente cuando solicitó al Congreso de Juristas Alemanes en Munich, la eliminación de las leyes en contra de los homosexuales. Dos años más tarde, Karl-Maria Kertbeny, escritor austríaco y gay, crearía la palabra homosexual. Para 1895 la resistencia homosexual alemana estaba más sólida, pero Ulrich ya no vivió para verlo. Frederich Engels, filósofo y revolucionario alemán, le mencionaría el hecho a Karl Marx en una carta diciéndole: “Los pederastas han descubierto que son un grupo poderoso en nuestro país. Lo único que les falta es organización, la cual parece existir aunque se halle escondida". Luego de la muerte de Ulrich, otros pensadores homosexuales siguieron estudiando la teoría del tercer sexo. Magnus Hirschfeld creó el Comité Científico Humanitario en 1897, posteriormente, el Instituto de Investigación Sexual en Berlín. Esta corriente seguiría la línea de que los homosexuales eran personas afeminadas; “mujeres encerradas en cuerpos de hombres”, mientras que otro sector, impulsado por Adolf Brand , editor de la primera revista homosexual, “Der Eigene” (El Especial), tenía una visión muy diferente de la homosexualidad. Para Brand, quien crearía “La Comunidad de los especiales” junto a otros pensadores, el gay era un hombre único y superior al heterosexual en cuanto a hombría se refiere. Creía fervientemente que la homosexualidad masculina era la base para construir una nación. “La Comunidad de los especiales” llegarían a creer que eran la encarnación de los guerreros de la antigua Grecia. Evocaban a héroes de Esparta, Tebas y Creta. Se autodefinían como “Ultramasculinos”, reivindicaban la pedofilia y resaltaban la superioridad blanca. Brand peleó dos años en el ejército durante la Primera Guerra Mundial. Se casó con la enfermera Elise Behrendt, que aceptó su condición homosexual. Murió durante un bombardeo de las Aliados el 2 de febrero de 1945. Los camisas pardas Este concepto de rendir culto a la masculinidad desde un concepto homosexual, fue tomado por varios miembros de los Sturmabteilung (tropas de asalto), una organización paramilitar del Partido Nazi alemán, también conocidos como las SA o “Camisas pardas”, debido al color de sus camisas y uniformes. Jugaron un papel crucial en la subida al poder de Adolf Hitler, logrando afianzarse sorprendentemente. La agrupación nació en 1920 de la mano del mismo Hitler con el nombre de Ordnungsdienst (servicio de orden), que consistía en un cuerpo de ex soldados que tenían la función de dar seguridad durante los mítines políticos del partido nazi. La prueba de fuego se dio el 4 de noviembre de 1921cuando tuvieron que aplacar una revuelta durante una concentración en Múnich. Luego de ese mítin, la organización pasó a llamarse oficialmente Sturmabteilung, liderada por el Capitán Ernst Röhm, quién no ocultaba su homosexualidad. Röhm comenzó a reclutar a homosexuales para sus “Camisas pardas”, también para la sección Jugendbund, conformada por jóvenes de 14 y 18 años, posteriormente convertida en la Juventud Hitleriana. Röhm era conocido por sus constantes encuentros sexuales con los adolescentes miembros de la SA, una actitud que era tomada por alto por Hitler. El gusto homosexual de Röhm era compartido también por otro oficial perteneciente a los “Camisas pardas”; Karl Ernst , quién dirigió la SA en Brandemburgo. Fue también diputado del Reichstag y consejero de estado de Prusia. Una publicación del periódico Münchner Post de 1931, editado por el partido social demócrata, señaló a Ernest como uno de los amigos homosexuales más conocidos de Röhm. También se publicaron unas supuestas cartas del teniente Paul Schulz, donde Ernest era llamado “Frau von Röhrbein” (la señora de Röhrbein), refiriéndose a Paul von Röhrbein, otro oficial de la SA con quién Ernest mantenía relaciones. Cuando Walter Stennes, líder de la Alemania del Este, realizó su revuelta disconforme con el liderazgo de Röhm, que buscaba limitar el poder de los jefes locales, sus simpatizantes mostraron una especial indignación contra el triángulo homosexual “Röhm-Röhrbein-Ernst”. Cuenta que Ernst y Röhrbein fueron detenidos durante esa revuelta en un local de Berlín por seguidores de Stennes. Cuando un escuadrón de la SA llegó al lugar y rescató a sus líderes, el jefe de los partidarios de Stennes exclamó: “Ahí, mirad a los parásitos del partido, estos mariquitas, estos malditos que se dan por el culo, que dejan arruinar el buen nombre del partido. Ahí están sentados los dos, esos cerdos maricones”. La noche de los cuchillos largos El “reinado homosexual” dentro del partido nazi no tendría vida eterna. Si bien los gays no fueron muy perseguidos al comienzo en las redadas donde caían comunistas, judíos, social demócratas y todo aquel contrario al régimen – esto se debía gran parte a Röhm – las cosas cambiarían luego de la llamada “Noche de los cuchillos largos”. Si bien Ernst Röhm gozó siempre del apoyo de Hitler, las cosas darían un giro cuando el Führer notó que Röhm se había tornado extremadamente poderoso, gozando de un ejército propio de 400.000 miembros. Temiendo una sublevación, el 29 de junio de 1934, Hitler y un grupo de oficiales de la SS (Gestapo), viajaron a Múnich para poner fin a los Camisas Pardas. El incidente fue denominado en un comienzo como “Operación Colibrí” contraseña que se usó para enviar a los escuadrones de ejecución. Röhm fue detenido y llevado a la prisión de Stadelheim, luego asesinado. Durante la “limpieza” también fue muerto Karl Ernst junto a su pareja; Paul von Röhrbein. Hitler afirmó que estaban complotando un golpe de estado. En la explicación alegó también como causa la homosexualidad de Röhm. El entorno de Hitler los acusó de corruptor de menores. En la purga cerca de 100 personas de las SA, mayoritariamente homosexuales, fueron asesinadas. A partir de aquí, la persecución a los gays se acentuó, por más que las razones de ese ataque no eran sexuales sino políticas. Las SA fueron adheridas a la SS (Gestapo), de quienes también se desconfiaba que tuvieran preferencias homosexuales. Un año después que Röhm fuera asesinado, la dictadura nazi endureció su mirada hacia los gays con el documento 175 en el que no sólo se condenaría las prácticas homosexuales sino cualquier tipo de atracción manifestada. A los campos de concentración fueron llevados por delitos de homosexualidad unos 5 mil a 15 mil ciudadanos, según se calcula, una cifra mínima en medio de los más de 4 millones que habitaban aquellos lugares. Los gays que estaban encerrados eran marcados con un triángulo rosa y considerados prisioneros de última categoría. Para colmo se cuenta que solían sufrir los acosos sexuales por parte de miembros de la SS. Alemania tardó en reconocer a los homosexuales como víctimas del régimen. Los gays que sobrevivieron en los campos de concentración fueron contabilizados en un comienzo como delincuentes comunes. Recién en 1985 les llegó el reconocimiento pero tuvieron que esperar hasta el 2002 para que el gobierno alemán pidiera disculpas a la comunidad homosexual. El Parlamento Europeo señaló el aniversario del Holocausto gay en el 2005 instando a un minuto de silencio y exponiendo la siguiente resolución: “El campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, donde cientos de miles de judíos, gitanos, homosexuales, polacos y otros prisioneros de varias nacionalidades fueron asesinados, no sólo es una buena ocasión para condenar y recordar a los ciudadanos europeos el inmenso horror y la tragedia del Holocausto, pero también para mencionar el inquietante incremento del antisemitismo y especialmente de los incidentes antisemitas en Europa, y para aprender de nuevo la lección sobre los peligros de perseguir a las personas por su raza, origen étnico, religión, opinión política u orientación sexual”. Hitler y la homosexualidad El historiador alemán Lotahr Machtan, autor del libro “El secreto de Hitler” sostiene que el Führer fue gay en secreto. Machtan investigó durante tres años la hipótesis y ofreció en su libro una serie de datos pocos conocidos. Al detalle de que Hitler mantuvo una supuesta relación homosexual con su compañero de cuarto a los 20 años, se puede agregar que durante la I Guerra Mundial también habría compartido la cama con un compañero de regimiento; Ernst Schmidt. El historiador sospecha que Hitler también mantuvo relaciones con oficiales cercanos a él como su lugarteniente Rudolf Hess, e incluso con sus chóferes, como el caso de Julius Schreck, con quién el dictador llegó a pasar algunas navidades en un hotel. Cuando este murió Hitler colocó su foto al lado de la de su madre. Otro vínculo pudo haber sido Albert Speer, el arquitecto del nazismo. El historiador también atribuye a la homosexualidad de Hitler, las complejas relaciones del dictador con las mujeres. Los intentos de suicidio de la que fuera su pareja durante muchos años; Eva Braun, tendría en teoría vínculo con la orientación sexual del Führer, al igual que el suicidio de la sobrina del líder nazi Geli Raubal. La frustración sexual era notoria ante una ausencia de “atención”, según Lotahr Machtan. Los nazis rosa La homosexualidad aparece como una constancia entre muchos jerarcas nazis, según investigadores. A los ya mencionados Rhom y Ernest, se puede agregar a oficiales como Rudolph Hess (hombre de confianza de Hitler) y Hans Frank (Ministro de Justicia). Luego de la “Noche de los cuchillos largos”, a Hitler le costó mucho sacar la imagen de “Juventud homo” que la Juventud Hitleriana había obtenido durante el liderazgo de Rhom. Un detalle interesante es un artículo del escritor alemán y homosexual, Klaus Mann, publicado el 24 de diciembre de 1934 en la revista Europäische Hefte, en Praga. Mann critica a la izquierda marxista de asociar la homosexualidad con el nazismo. Les reclamaba que de esa manera convertían a los homosexuales en “los judíos del marxismo”.

sábado, 30 de noviembre de 2013

LA CASA DE BERNARDA ALBA

Dalmacio Vélez Sarsfield


Dalmacio Vélez Sarsfield
Ministro de Hacienda de la República Argentina 12 de octubre de 1862-septiembre de 1863 Presidente Bartolomé Mitre Vicepresidente Marcos Paz Predecesor Vicente del Castillo Sucesor Lucas González Coat of arms of Argentina.svg Ministro del Interior de la República Argentina 12 de octubre de 1868-mayo de 1872 Presidente Domingo Faustino Sarmiento Vicepresidente Adolfo Alsina Predecesor Guillermo Rawson Sucesor Uladislao Frías Datos personales Nacimiento 18 de febrero de 1800 Bandera de Argentina Amboy, Argentina Fallecimiento 30 de marzo de 1875, 75 años Bandera de Argentina Buenos Aires, Argentina Partido Partido Unitario Padres Rosa Sarsfield Palacios Ignacio Dalmacio Vélez de Herrera Baigorri Cónyuge Paula Piñero Sierra (1823-) Manuela Velázquez Piñero (1834 -) Hijos Vicenta, Aurelia y Rosario Ocupación Abogado, político, profesor Alma máter Universidad Nacional de Córdoba Dámaso Simón Dalmacio Vélez Sarsfield1 (Amboy, Córdoba, 18 de febrero de 1800 – Buenos Aires, 30 de marzo de 1875; hijo de Dalmacio Vélez Baigorria y de Rosa Sarsfield Palacios) fue un abogado y político argentino, autor del Código Civil de Argentina de 1869, la mayor parte del cual aún continúa vigente. Vélez Sarsfield estudió en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Monserrat de la ciudad de Córdoba, luego seguiría la carrera de Leyes en la Universidad Nacional de Córdoba. Se graduó a los 22 años; fue además un aventajado estudioso de las matemáticas y las lenguas, dominando el idioma inglés, el francés, el italiano y el latín. En 1823 se instala en Buenos Aires y se esposa con Paula Piñero. Inicia una intensa actividad política, fue Secretario en el congreso rivadaviano de manera interina en la primera sesión, en 1824, por la costumbre de asignar esa tarea al más joven (la Presidencia interina se otorgaba al de mayor edad, en su caso Deán Funes). Ese mismo año fue nombrado catedrático de economía política en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. La toma del poder por Juan Manuel de Rosas significó el fin temporal de su carrera política; Vélez Sarsfield abandonó Buenos Aires y marchó a Córdoba. Tras representar al caudillo porteño en una ronda de negociaciones con Estanislao López que acabó en la firma de un armisticio, regresó brevemente a la capital para ejercer la abogacía, pero pronto volvió a enemistarse con Rosas y se exilió en Montevideo. Los vaivenes de su relación con éste lo trajeron poco más tarde de nuevo a la Argentina como jurisconsulto en materia de límites y derecho internacional; en esta época redactó además una compilación exhaustiva del derecho canónico existente, presentada en un Tratado Público Eclesiástico en Relación al Estado que mereció grandes alabanzas. Tras el fin del rosismo, Vélez Sarsfield retornó a la política. Ocupó sucesivamente los cargos de senador, encargado de la reorganización del Banco Provincial de Buenos Aires, canciller y negociador diplomático entre Buenos Aires y la Confederación. Detalle de su tumba en el cementerio de la Recoleta. En 1858, el Estado de Buenos Aires le encargó la tarea de redactar un código de comercio, el cual fue redactado en colaboración con el prestigioso jurisconsulto uruguayo Eduardo Acevedo, se terminó en 10 meses, y fue sancionado en 1859. El mismo, después de la reunificación nacional, sería aprobado como código de comercio de la Nación Argentina por el Congreso bajo la Ley Nro 15 el 10 de septiembre de 1862 (siendo actualmente la ley vigente más antigua). Ese mismo año (1862) se le encargó la redacción del Código Civil. La composición de éste no se inició hasta 1864, siendo presidente Bartolomé Mitre. Su redacción, ricamente provista de notas y comentarios, insumió casi cinco años; en 1869 se dispuso del original, que se aprobó a libro cerrado en 1869, y entró en vigencia el 1º de enero de 1871. Vélez Sarsfield fue durante un año Ministro de Hacienda de Mitre, y luego Ministro del Interior de Domingo Faustino Sarmiento, quien asumió la presidencia en 1868. Sarmiento y Dalmacio Vélez Sarsfield serían los mayores propulsores de la telegrafía eléctrica en el país. El 5 de agosto de 1874, en las postrimerías de su período presidencial, Sarmiento inauguraba la primera comunicación telegráfica con Europa. Sarmiento decretó que el día de la inauguración del cable telegráfico que, en sus palabras, convertía a todos los pueblos en "una familia sola y un barrio", fuese feriado nacional. La ceremonia contó con la presencia entre otros del ya ex ministro Vélez Sarsfield, a quien Sarmiento atribuyó en el acto "el honor exclusivo de la atrevida idea y de la rápida ejecución de la red de telégrafos, que contribuye a dar paz a la República y bienestar a sus hijos". Fundó el diario El Nacional (en la misma época que Mitre fundó La Nación); el periódico tuvo una historia difícil, y cerró al poco tiempo. Para las mismas fechas suscitó una gran atención su crítica a la Historia de Belgrano publicada por Mitre, en la que fue la primera de las grandes controversias historiográficas de la Argentina. Falleció en Buenos Aires el 30 de marzo de 1875.2 Sus restos descansaban en el cementerio de la Recoleta, hasta que fueron trasladados al Palacio de Justicia de la ciudad de Córdoba.

viernes, 29 de noviembre de 2013

"La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas" Francesco Tonucci


"La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas" Francesco Tonucci "La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet." La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? "Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo", responde. Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar. "Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios", explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres. Tonucci llegó a la Argentina por 15a. vez, invitado por el gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, a quien definió como "un lujo de gobernante". Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar. Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima", explicó. Recomendó que "las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos". Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. "¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho", es parte de su decálogo. De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños. -¿Cómo concibe usted una buena escuela? -La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que "llenar" porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo. -¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos? -En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica. -¿Qué recomienda? -Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible. -¿Cuál es rol del maestro? -El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera. -Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué? -Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas. -¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station? -El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo. -¿Es positiva la doble escolaridad? - En Italia llamamos a este fenómeno "escuelas de tiempo pleno". La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos http://www.lanacion.com.ar/1085047-la-mision-principal-de-la-escuela-ya-no-es-ensenar-cosas?fb_source=ticker&fb_action_ids=10201772117765094&fb_action_types=og.likes

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Lucio Norberto Mansilla


Lucio Norberto Mansilla (Buenos Aires 1 de marzo de 1792 - ídem 10 de abril de 1871) militar y político argentino destacado en la guerra de independencia, la Guerra del Brasil y, especialmente, en la Batalla de la Vuelta de Obligado. Adolfo Saldías, al escribir sobre la personalidad del «Héroe de la Vuelta de Obligado», dijo: "El General Don Lucio Norberto Mansilla, es una de las figuras más culminantes del antiguo ejército argentino. Como general táctico, como ciudadano y como hombre público tomo parte distinguida en los principales acontecimientos que se sucedieron durante los primeros cincuenta años de vida independiente de su país; y su nombre, vinculado a las glorias argentinas, fue recomendado a la gratitud pública por el Libertador Don José de San Martín, y por Rivadavia que fue su amigo."1 ÍndicE Sus inicios Fueron sus padres Andrés Ximénez de Mansilla, bautizado en la parroquia de Santa Cruz de Cádiz, España, el 23 de julio de 1737 - Libro de bautismos Nº 48, folio 43 - quién fuera uno de los más aguerridos defensores de la ciudad de Buenos Aires en la primera invasión inglesa en 1806 y muerto trágicamente en 1807 durante la segunda invasión inglesa, y Doña Eduarda Bravo de Oliva, nacida en Buenos Aires y fallecida en la misma ciudad el 30 de enero de 1806. Lucio Norberto Mansilla comenzó su carrera militar prestando servicio durante las Invasiones Inglesas de 1806 bajo las órdenes de Santiago de Liniers en las jornadas del 10,11 y 12 de agosto, en el Tercio de Gallegos. En octubre del mismo año, participó en la misión de aprehender al virrey Rafael de Sobremonte, bajo las órdenes del teniente coronel Prudencio Murguiondo. Al año siguiente, en las invasiones de 1807, participó en el combate de los corrales de Miserere el 2 de junio de ese año y posteriormente en las acciones del 5 y 6 de julio. En el año 1809, fue nombrado agrimensor patentado, por el virrey Liniers, previo examen ante peritos. El mismo año con su título de agrimensor, se presentó al Cabildo y obtuvo el permiso para abrir y regentear una Escuela rudimentaria de matemáticas. Al producirse la Revolución de mayo de 1810 se sumó a la misma, al respecto dice en sus Memorias: "...al grito de LIBERTAD, ceñí la espada, abandonando el halagüeño porvenir, y la posición social obtenida, y me puse al servicio de mi patria." En 1812, ya con el grado de teniente, bajo las órdenes del general Don José Artigas hizo la campaña contra las fuerzas portuguesas que habían invadido ese territorio. Posteriormente pasó bajo el mando de José Rondeau en el sitio y posterior liberación de la ciudad fortificada de Montevideo, capital de la Banda Oriental, la cual se encontraba en poder de los realistas. En 1813 pasó a las órdenes del coronel Domingo French, hizo la campaña para atacar la fortaleza denominada "El Quilombo" situada a orillas del río Yaguarón (actualmente en la frontera con el Brasil). En el asalto, llevado a cabo el 12 de mayo de dicho combate, fue herido gravemente por una bala de fusil que le atravesó el cuerpo. Por su valor fue recomendado por el gobierno y dada a conocer públicamente la distinción, en el periódico La Gaceta del 5 de junio de 1813. Una vez repuesto de sus heridos, volvió al ejército sitiador y sirvió en él hasta la capitulación de los realistas, ocurrida el 23 de julio de 1814. Por sus acciones durante el sitio fue reconocido por el gobierno con un escudo de plata y la condición de "Benemérito a la Patria en grado heroico". El Ejército de los Andes[editar · editar código] L.N. Mansilla, Acuarela de C.E. Pellegrini En las batallas de la Independencia, participó en la organización del Ejército de los Andes, a las órdenes del general José de San Martín. Mansilla, nombrado mayor de Plaza en San Juan, instruyó 600 reclutas, para el futuro ejército y que pasaron a formar parte de los célebres regimientos 7 y 11. Inmediatamente fue designado comandante político y militar del pueblo de San José de Jáchal. En dicha localidad, logró reclutar 400 voluntarios y fue nombrado por el General San Martín como "Comandante General de las Cordilleras del Sud de los Andes". Debido a su óptima respuesta a las labores encargadas, el general San Martín lo designó 2º Jefe de la 1ra división de Vanguardia, a pesar no de ser sino graduado de mayor. Como 2° Jefe de la mentada división, participó en la célebre batalla de Chacabuco y en el sitio de Talcahuano a las órdenes del libertador José de San Martín. En reconocimiento a sus acciones, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata le acordó el uso de una medalla de oro y el gobierno de Chile lo nombró oficial de la Legión de Mérito y le acordó además, otra medalla y cordones. Al año siguiente participó en la batalla de Maipú a las órdenes del, entonces coronel, Juan Gregorio de Las Heras. Regresó a Buenos Aires, con sus obtenidos méritos pero se encontró en medio de la crisis del año 1820. Tuvo algunas actuaciones de mediación ante los caudillos federales, y se mantuvo leal al gobierno del cabildo de la capital, en las conversaciones que llevarían a la firma del Tratado del Pilar. Apoyó la idea de un Congreso Federativo Argentino y se opuso a la política del general Soler. Gobernador de Entre Ríos[editar · editar código] El Gral. Francisco Ramírez, mal avenido con la supremacía de José Gervasio Artigas, invitó a Mansilla a que fuese a trabajar para que el patriota oriental aceptara su tratado. Precia licencia del gobernador Manuel de Sarratea, aceptó la misión. Se incorporó al ejército del caudillo entrerriano Francisco Ramírez, en la lucha contra Artigas, que había ocupado Entre Ríos. Tuvo un papel importante en la victoria de Las Tunas sobre las fuerzas de éste, como comandante de su infantería. Acompañó a Ramírez en su avance hasta el campamento del caudillo oriental en Ábalos, cerca de Curuzú Cuatiá, y la victoria ocurrida allí obligaría más tarde a Artigas a exiliarse en Paraguay. Volvió a Paraná, donde fue puesto al mando del ejército de reserva en esa ciudad mientras Ramírez organizaba la “república de Entre Ríos”, anexando la provincia de Corrientes y las Misiones, declarándolas departamentos de Entre Ríos, y obteniendo la hegemonía en la Mesopotamia Argentina. Estas acciones fueron reprobadas por Mansilla, quien rehusó participar en las acciones que Ramírez emprendió en 1821 al invadir Santa Fe. Muerto Ramírez y encontrándose Mansilla al mando de la única fuerza regular, el pueblo de Paraná y los demás departamentos lo nombró Gobernador y Capitán General. Como Gobernador de la provincia de Entre Ríos, lo primero que hizo fue buscar la paz con la provincia de Santa Fe, para lo cual se presentó una noche en persona, solo y desarmado al campamento del general Estanislao López y le declaró que no regresaría a sin haberlo conseguido. Ante esta insistencia, finalmente López accedió y la paz se concretó. Posteriormente, erigió nuevamente las provincias de Corrientes y Misiones en soberanas y ordenó a sus comandante militares Evaristo Carrizo y Félix Aguirre, que convocasen a los vecindarios para que éstos eligieran un gobierno popular. Con respecto a su política interna para con la provincia, trabajó intensamente con el doctor Pedrp José Agrelo y don Domingo de Oro, culminando con la sanción de la primera constitución provincial de la República Argentina en 1821. Firmó con Buenos Aires, Corrientes y Santa Fe el Tratado del Cuadrilátero en la ciudad de Santa Fe. Éste afirmaba la paz entre estas provincias, pero también condenaba a muerte el congreso federal de Córdoba, en beneficio de Buenos Aires, que organizaría otro en 1824. Llegado al fin de su mandato, fijado por ley a los gobernadores, fue reelecto en tres ocasiones. Sin embargo, agradeció la voluntad popular pero rehusó continuar en el cargo. Estimaba que las reelecciones eran incompatibles con la condición que un gobierno democrático debe exigir a sus gobernantes. El cuerpo legislativo de la misma le acordó el uso de una medalla de oro por su actuación. En cambio, sí aceptó el honor de ser convencional constituyente por la provincia de Entre Ríos, en la Convención Constituyente, cargo en el que permaneció durante un año. Su desempeño en la Convención hace inferir que compartía en cierto grado los ideales de los llamados "unitarios" de aquel entonces. La Guerra del Brasil[editar · editar código] Fue ascendido al grado de general del Ejército Argentino y en 1826 fue designado "Comandante General de la Costa", cargo en el cual organizó varios cuerpos para el ejército, remitiendo al cuartel general todo el parque, armamento, vestido y caballadas. Finalmente fue él mismo al frente de una división y se incorporó al "Estado Mayor" del Ejército Argentino a las órdenes de Carlos María de Alvear el "Río Grande do Sul" en la Guerra del Brasil. Con posterioridad se desempeñó como jefe del asedio a la ciudad fortificada de Montevideo que se encontraba ocupada por los brasileños. Como General de División, tomó parte principal en la batalla de Camacuá, acción por la cual mereció la recomendación del gobierno argentino. Posteriormente, el General Alvear lo destacó alal frente de la división fuerte del ejército, que contaba con unos 1.800 hombres. Con esta división se batió en la batalla de Ombú contra la mejor caballería del Imperio del Brasil (compuesta por muchos nobles del "Río Grande do Sul") al mando del famoso general brasileño Bentos Manoel, derrotándolo.2 Participó en la batalla de Ituzaingó3 donde se desempeñó en forma tan satisfactoria que fue distinguido con el uso de un escudo y cordones de oro, siendo después nombrado "Jefe de Estado Mayor" hasta la retirada del ejército a cuarteles de invierno en 1827. Más tarde ese mismo año, previa consulta al gobierno, renunció a su puesto en el ejército al ser nombrado diputado por la provincia de La Rioja a la Convención Constituyente de Santa Fe. Al servicio de Rosas[editar · editar código] Regresado a Buenos Aires, luego de enviudar de su primer matrimonio con Polonia Durante, se casó con Agustina Ortiz de Rozas,4 hermana menor de Juan Manuel de Rosas. Si bien no apoyó la revolución de diciembre de 1828, dirigida por Juan Lavalle, evitó involucrarse en la guerra civil. En 1834, el general Juan José Viamonte lo nombró jefe de la policía de la ciudad. Se destacó por la organización que le dio a la fuerza, dotando a dicha repartición de los medios necesarios para desempeñar sus funciones y fundando la institución de serenos y redactando los reglamentos generales de funcionamiento. Más tarde, esas normas fueron requeridas por los gobiernos de Brasil y Uruguay para ser adoptados como modelos. También emprendió varias obras públicas como el camino al Riachuelo de La Boca y el muelle de margen. Iniciada la Guerra entre la Confederación Argentina y la Confederación Perú-Boliviana en 1837, Mansilla deja su cargo al frente de la policía de la ciudad para ocupar el de Jefe del ejército de reserva en la provincia de Tucumán y organizarlo en consecuencia. Ante la invasión del Gral. Juan Galo de Lavalle en 1840, Mansilla no quiso tomar parte en la lucha entre su cuñado y su antiguo compañero de armas, por lo que se limitó a acompañar al comisionado del gobierno francés -Mr. Halley- para ofrecerle las seguridades y garantías que pudiese para concluir la paz luego de sus derrotas en Santa Fe y Quebracho Herrado proponiéndole (amén de la amnistía) un puesto diplomático en el exterior; pero Lavalle le prohibió la entrada en su campamento. Entre 1840 y 1844 se desempeñó como legislador provincial. A su vez, desde 1839 en adelante fue jefe del ejército de reserva de la ciudad, cargo que ocupó por varios períodos, alternando con la comandancia de la costa del río Paraná hasta el final del gobierno de Rosas. La Vuelta de Obligado[editar · editar código] El hecho más destacado que le cupo protagonizar a Lucio Norberto Mansilla fue conducir como Jefe del Departamento del Norte a las tropas argentinas que enfrentaron a la flota anglo-francesa, en la batalla de la Vuelta de Obligado, llamada hoy la Batalla de la Soberanía, acontecida el 20 de noviembre de 1845. Ante la inminencia del avance de la flota invasora, Mansilla decide fortificar un recodo del río Paraná de 700 metros llamado la "Vuelta de Obligado",5 contando para ello con tan solo 21 viejos cañones de bronce y unos 2.000 hombres. También ordenó cruzar el río con tres gruesas cadenas de costa a costa, para lo cual un italiano de apellido Alberti, amigo de Mansilla, proporcionó gran parte de los pontones y "barquichuelos" empleados al efecto. Lamentablemente las municiones eran escasas, ya que unos días antes de la batalla la flota bloqueadora había apresado una embarcación que contenía el preciado cargamente destinado a los defensores. Finalmente, aquel 20 de noviembre de 1845 (día completamente soleado) se deja ver la flota anglofrancesa avanzando en dos divisiones al mando de los comandantes Tréhouart y Sullivan. Las tropas defensoras los reciben con un "¡Viva la Patria!" y los sones del himno nacional. Al encontrarse la nave capitana francesa de frente a las baterías defensoras, éstas abren fuego matando en el acto a 28 hombres de dicho buque y dañando seriamente su arboladura (contabilizando 11 disparos sólo en el palo mayor). Acto seguido los invasores intentan aproximarse a las cadenas para cortarlas, pero son repelidos por el intenso fuego de los defensores. A tan sólo media hora de iniciadas las hostilidades, el combate se extiende a toda la línea e involucra todas las naves de los participantes. En esta primera etapa, el "momentum" favorecía a los patriotas, quienes logran dejar fuera de combate a los bergantines Dolphin y Pandour, obligando a retroceder al Comus, silenciando el poderoso cañón "de a 80" del Fulton y cortando el ancla de la nave capitana (la cual deriva aguas abajo). Era tal el el escarnio con que ambas fuerzas se batían, que en un momento dado Mansilla (sin perder su acostumbrado serenidad) le pregunta a su amigo italiano: "Che Alberti, ¿qué es eso que echan al agua de aquel barco?" a lo cual el italiano (luego de tomar su catalejo) contesta: "¡Son corpos, usía!". Al promediar las 2 horas de combate, la escasez de municiones de que adolecían los defensores se hace notar y el bergantín Republicano, que sostenía las cadenas en la margen opuesta, se queda sin ningún tiro por lo que su comandante lo hace volar y pasa a tierra a reforzar una de las baterías terrestres que había sufrido muchas bajas. Con la considerable disminución en los disparos de la escuadra defensora, los atacantes vuelven sobre las cadenas encabezados por el buque Firebrand y, a martillazos sobre un yunque, logran cortarlas. Para este momento casi todos los cañones de la costa estaban destruidos y sus artilleros muertos, por lo que la flota anglofrancesa procede con el desembarco de tropas. Dos batallones avanzan al mando del comandante Sullivan contra la batería del sur, donde son cargados a bayoneta por un grupo de soldados encabezado por Mansilla -quien es derribado por una salva de metralla que lo hiere de gravedad en el pecho- dejándole el mando al artillero Capitàn Juan Bautista Thorne. Por su parte, el Coronel Ramón Rodríguez caraga a su vez a los invasores deteniéndolos momentáneamente pero cediendo luego ante la contracarga de 500 soldados al mando del comandante Tréhouart. Posteriormente interviene la caballería argentina que logra equiparar un poco la situación, pero no puede evitar la derrota ante semejante disparidad de fuerzas. Si bien la flota invasora logró abrirse paso y continuar su camino hacia Corrientes, el enfrentamiento implicó para los vencedores un saldo pírrico. Dijo el Almirante Samuel Inglefield: "Siento vivamente que este bizarro hecho de armas se haya logrado a costa de tal pérdida de vidas, pero considerada la fuerte oposición del enemigo y la obstinación con que fue defendida, debemos agradecer a la Divina Providencia que aquella no haya sido mayor" De regreso se esa expedición, el 4 de junio de 1846, la flota anglo-francesa fue nuevamente atacada por Mansilla en las localidades de Acevedo, San Lorenzo y Quebracho. En Quebracho ocurrió el enfrentamiento más importante; esta vez el terreno le permitió a Mansilla colocar sus baterías en una posición más alta, por lo que las fuerzas argentinas no sufrieron los daños que habían soportado en la Vuelta de Obligado. Después de un cruce de fuego de artillería de más de tres horas, la flota enemiga siguió su camino con varias bajas y muchos destrozos materiales. No empuñó más las armas hasta el año 1852, cuando el gobernador de la provincia de Buenos Aires, su cuñado Rosas, lo nombró Comandante de las fuerzas de la ciudad de Buenos Aires — la reserva del ejército, es decir, los inválidos y los extranjeros que prestaban servicios en las milicias urbanas — mientras enfrentaba a Justo José de Urquiza y sus aliados unitarios, "colorados" y brasileños. Los últimos años[editar · editar código] Caído el gobierno de Rosas, luego de la batalla de Caseros, contuvo a los fugitivos que volvían enardecidos del campo de batalla y pretendían saquear la ciudad; licenció a sus tropas, entregó el fuerte al enviado de Urquiza y se embarcó en el mismo barco inglés que Rosas. A diferencia de éste, se estableció en Francia, donde residió muchos años. Napoleón III y su corte imperial, lo recibieron con honores y le concedieron un trato preferencial, pese a haber sido su enemigo, por considerar que había defendido a su patria de la invasión extranjera. Incluso medió en el casamiento de Napoleón III y su esposa española, María Eugenia de Montijo (a quien le había presentado). Pasadas las pasiones que generaron la caída del gobierno rosista, años después retornó a su país de nacimiento, donde residió hasta el día de su muerte, ocurrida el 10 de abril de 1871, víctima de la feroz epidemia de fiebre amarilla. De su matrimonio con Agustina Ortiz de Rozas nacieron cinco hijos, dos de cuales se destacaron en la historia de la Literatura Argentina. Su hijo mayor fue Lucio V. Mansilla, militar y literato. Su hija Eduarda Mansilla, por su talento literario y musical, es considerada en forma unánime una de las principales escritoras argentinas del siglo XIX. En el año 1989, se formó una Comisión Permanente de Homenaje al general Lucio Norberto Mansilla para honrar su memoria.