miércoles, 22 de octubre de 2014

José Hernández y «Martín Fierro» en la perspectiva del tiempo1 Ángel J. Battistessa


José Hernández y «Martín Fierro» en la perspectiva del tiempo1 Ángel J. Battistessa Agradezco a la Academia Argentina de Letras la honrosa oportunidad de traer a este recinto, que luce auspiciosamente colmado, las palabras que siguen, modesto pero sincero homenaje en ocasión de un fasto tan significativo para los argentinos. Empecemos por no desaforarnos en el orden -en el desorden, mejor dicho- de la loa empinada y fácil. La crítica en alguna medida válida sólo acierta a desenvolverse según este doble criterio: el de la simpatía y el de la veracidad. El de la simpatía nos allega a los textos en actitud receptora; el de la veracidad nos impone el hábito de las verificaciones objetivas. Por suerte, hoy, a nadie le toca descubrir el Martín Fierro, lo cual no quiere decir que cuanto acerca del mismo poema se ha escrito o se escribe deba sernos impuesto como la Ley y los Profetas. Más allá de la crítica desatentadamente encomiástica, o de los reparos fuera de foco, al cabo de cien años el relato de Hernández puede y debe ser sometido a una revisión o, en términos más precisos, a una verificación de conjunto. A la larga, los árboles impiden ver el bosque. El bosque, en este caso, es la poco ventilada hojarasca de la bibliografía ocasional; es también, si se extrema el análisis, cierta porción de la bibliografía atendible. A riesgo de que el consejo suene a impertinencia, la celebración más oportuna nos parece la relectura del poema: una lectura, si se prefiere, puesta en contraste con los tópicos más difundidos en el transcurso del lapso centenario. Por mi parte, ahora sin oportunidad para más, me permito reiterar, siquiera fragmentariamente, lo que ya queda asentado en otro sitio: en la extensa biografía espiritual de Hernández, casi un libro, que nuestro siempre tan recordado don Rafael Alberto Arrieta alcanzó a encomendarme para uno de los volúmenes de su Historia de la literatura argentina; en la edición crítica, anotada y comentada del poema, ya difundida con varias ediciones; en el trabajo monográfico y las notas y apostillas acerca de las usualmente llamadas -aunque no siempre bien llamadas- lengua y literatura «gauchescas». Cuando una obra es valiosa estas revisiones, cordiales pero no ditirámbicas, en nada pueden perjudicarla. Seguramente alcanzan a beneficiarla, y mucho. Estas revisiones, verificaciones cual queda dicho, concluyen por facilitar una apreciación menos interferida por los prejuicios extraliterarios o las aseveraciones tenazmente repercutidas por la pereza de los repetidores de oficio. Insisto pues en puntos de vista ya anotados en varios lugares y expuestos oralmente en otras ocasiones. No se trata de imponer vistosas novedades, y sí, tan sólo, atenuar la morosidad de esa pereza. En nuestro medio importa ejercer una pauta metódica bastante olvidada o aquí poco practicada desde antaño: la de que cada lector, en vez de atenerse sumisamente al previo patrón sancionado por los críticos, no deje de verificar por sí mismo si lo que en las cátedras y en los libros académicos se dice que hay en tal autor o en tal obra existe realmente o no existe. Entre otros, supieron proponérnoslo, en buen punto, el sistemático Benedetto Croce, el persuasivo T. S. Eliot, y aun Azorín, el «impresionista». Importa no olvidar, de camino, las ventajas con las que se benefician, pero también los riesgos con los que de algún modo terminan por perjudicarse las obras literarias cuando después de un cierto lapso entran en el ámbito de la escolaridad. La bibliografía en torno a Hernández y su poema es ingente, prácticamente inabarcable. Como es sobremanera iterativa, sin grave ofensa para la justicia, una selección es posible, casi podría decirse saludable. Parte grande de esa bibliografía repite, en particular en el orden de la enseñanza, y en el difuso de la opinión corriente, conceptos no siempre acertados. Proceden estos, con alguna frecuencia, de escritores estimables en otros registros pero pasibles de reparo en lo que atañe a sus apreciaciones en torno al recio poema. A maestros tan notorios como Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas, y a comentaristas que menciono muy luego, debemos acertos y aseveraciones poco sostenibles. Conste que no se trata de oponer pareceres a pareceres. Lo que en cada caso se afirma debe ir respaldado en el texto y luego en la documentación coetánea, a la verdad poco manejada por nuestros críticos. Reconozcamos que aun cuando la información histórica no es sumaria, el juicio ha solido amenguarse por lo endeble de la fundamentación estética. Pero lo peor no es eso. El juicio se malea, o cuando menos se aproxima a rozar lo arbitrario, cada vez que lo que en verdad importa -el poema- concluye por perder roda resonancia propiamente poética. No se niega la generosidad y la nobleza del alegato pro-gaucho que Hernández incluyó en sus versos; lo que se deplora -lo que debe deplorarse- es la baraúnda de los rumores sobrepuestos, los encomios adventicios: sobre los distingos profesorales, la ocasional cháchara efusiva, las interferencias políticas, el amaño partidista y las reivindicaciones demagógicas, aquí consabidas en diversos tramos de la actividad ciudadana. Si se la cumple al margen de todo afán polémico, por ahora la revisión propuesta puede limitarse a unos pocos de los comentaristas fallecidos. En gracia a la brevedad, es evidente que estos párrafos, suelta y hasta apresuradamente conversados, no pueden demorarse en la ostentosa referencia erudita. Para respaldo de lo que aquí se dice, me place remitir al oyente a las páginas hernandianas aludidas. Siempre me pareció sospechoso ocuparse de un autor porque así se lo piden a uno, o bien, simplemente, porque el almanaque acierta a recordarnos una efeméride ilustre. Partamos pues de la visión más corriente que en este ámbito suele tenerse de nuestro autor y su obra. Fue Hernández -se asevera- un payador, un cantor espontáneo y resueltamente popular. Martín Fierro, por su parte, configura un poema verbalmente plasmado en la llamada lengua gauchesca; un resuelto alegato en favor del gaucho, entonces acosado, disminuido y diezmado por los mandones de la política, y también, sobre todo desde los promedios del siglo XIX, por la gente europeizante atenta a otras formas de vida. Esto aparte -a estar a las apreciaciones concurrentes- desde un principio el poema consiguió obtener una vasta, unánime repercusión popular en medio del poco aprecio e incluso de la indiferencia de los señorones bienhadados y de los intelectuales de pluma urbana. Cierto que la justicia se hizo -se dice-, pero bastante más tarde. Según esto, la fama del poema y su acceso a la categoría de gesta nacional hubo de demorarse hasta el año 1913. Leopoldo Lugones, sobre esa fecha, pronunció las muy celebradas conferencias del teatro Odeón, luego amplificadas en 1916 y recogidas en su compacto volumen El payador. Eco de esas conferencias, que según la opinión todavía corriente no tardaron en confirmar el brillante panegírico de Lugones, fue el que se apuró a recoger, sobre la primera fecha indicada, la de 1913, la revista Nosotros. A poco andar, en 1917, algo así como en la estela de esos anticipos, la misma consagración universitaria no le fue negada al poema, esta vez gracias a los buenos oficios de Ricardo Rojas en su Historia de la literatura argentina, especialmente en el tomo de «Los gauchescos». Creo haber mostrado en otro sitio -y ahora sólo me queda el inevitable recurso de repetirlo- en qué medida los juicios recordados, en el enlace de algunos plausibles y hasta admirables, cuando no inexactos son sumarios y en el mejor de los casos simplificadores. De momento soslayemos la encuesta, que merece párrafo aparte. No cabe duda que, cada uno en su registro, Lugones y Rojas han sido los que en mayor medida han diseñado lo que todavía hoy suele ser la imagen más corriente de Hernández y Martín Fierro: aquél, un payador o cantor espontáneo; éste, un poema en lengua popular en cuyas estrofas culmina el género «gauchesco». Entre los lugares comunes mayormente difundidos y desaprensivamente frecuentados figuran asimismo estos otros: Martín Fierro es un poema épico en la más ceñida acepción del termino, y, desde luego, aparte el alegato siempre pronto para ser proferido contra los mandones y los prepotentes, el paradigma absoluto de «lo argentino» en el orden de la conducía y en el de la expresión poética. Ni tanto ni tan poco. Tales asertos, unos son valederos pero sólo en parte; otros, que acaso lo fueron en su día, han perdido entidad, víctimas también ellos de la mudanza de las cosas, mudanza a veces lenta pero a la larga indefectible. Fugit irreparabile tempus... ¿Qué menos que en nuestro país, en estos pagos hasta ayer geórgicos, hernandianos, cobre ahora perceptible fuerza, melancólica fuerza, esa dolida aserción del clásico latino? A cien años de distancia, presumiblemente con madurez y reposo de juicio, está visto que la propuesta verificación objetiva mal puede parecer inoportuna. Pocas consiguen ser las fuerzas personales, particularmente en el presente caso, pero asimismo, puestos ya en la alternativa, ¿qué menos que beneficiarnos con lo que Renan gustaba llamar «la ventaja de haber llegado último»? Por de contado que aun en estas revisiones lo honesto estriba en partir de lo que otros han anticipado en proporción grande o pequeña. Eleuterio Tiscornia, en Apéndice a alguna de sus ediciones del poema intentó ya, si no una revisión, un escueto inventario de algunos de los escritos anteriores a la labor que a él pudo alcanzarle en suerte en esa marcha, loable cuando es ininterrumpida, en el rumbo de estos estudios. Justo es recordarlo, y cabe avanzar un poco. Como no sea en el día primero, cuando la Creación aún no necesitaba la pauta orientadora del camino, siempre algún baqueano estará precediéndonos en la huella, la huella bien o mal trazada por quienes de primera intención se vieron en la necesidad de intentar un rumbo. Agradezcamos, aceptemos y rectifiquemos: rectificar, en última instancia, es también un modo de agradecer, una forma de bonificar y aun de capitalizar debidamente lo recibido. También a la erudición no le caen mal algunos «blanqueos» periódicos. Reconocido este punto de partida a manera de intento de revisión crítica y no de simple señalamiento bibliográfico vengamos a lo que importa. En un principio, con excepción de alguna nota reticente o antagónica, como la de Juan Antonio Argerich en su América literaria, hasta la hora de la entusiasta resonancia extracontinental, en 1894, en estas comarcas las efusiones elogiosas, ya que no los estudios monográficos, no le faltaron al poema: ello en las cartas amistosas, ello en los comentarios periodísticos. Algunos han sido mencionados y hasta transcriptos por el propio Hernández en las primeras y volanderas ediciones de su relato. Así se contradice el tópico, todavía tercamente repetido, de que el poema sólo tuvo entera acogida entre las gentecillas iletradas. El trasfondo demagógico es ostensible, pero pasemos. Los artículos de Miguel de Unamuno, especialmente el notable de 1894 y el de 1899, a despecho de lo profuso de algunas de sus aserciones son valiosísimos. Pero una rectificación se impone. Estos artículos distan mucho de ser los primeros (salvo que sólo se piense en los de afuera) en que el poema de Hernández alcanzó a ser propuesto a los cultos con decidida exaltación de sus méritos esenciales. Juicios equivalentes se habían producido ya en nuestro medio. Por lo pronto, aparte las epístolas cordiales y las noticias periodísticas, en los discursos pronunciados en 1886, sobre la fecha del tránsito mortal del propio Hernández. En uno de los estudios a que antes hice referencia, va para varios años que, en La Prensa, La Nación y El Diario, tuve oportunidad de recoger los artículos resueltamente consagratorios con que en esas páginas y frente al gran público quedaban destacados, por lo que toca a Hernández y a su obra, merecimientos que se supone reconocidos en una etapa crítica más tardía, la de 1913, la de 1916 o la de 1917. Puesto que lo llevo recogido en otro sitio no tengo porqué repetir aquí el juicio que al general Mansilla y a otros calificados coetáneos del mismo Hernández merecían va en ese entonces el poeta y su relato. Tampoco debo insistir sobre los juicios de Unamuno. De ello me he ocupado en oportunidades diversas: en varias disertaciones y en la biografía del poeta. En fecha reciente también en un artículo solicitado con ocasión del centenario, ahora en vísperas de aparecer como supongo. Lo propio puede añadirse por lo que se refiere al juicio, menos abarcador pero parejamente ilustre, de Marcelino Menéndcz Pelayo en su Antología de poetas hispanoamericanos o si se prefiere en su Historia de la literatura hispanoamericana, según el título ulterior de esa obra. En las páginas del maestro santanderino se recapitula, en un cabo y en otro -así lo tengo dicho-, la entera trayectoria de nuestra literatura campera en el siglo XIX. ¡Qué justo, ese casi apotegma de don Marcelino! Bella síntesis la que el polígrafo aprieta en esta frase: «Lo que pálidamente intentó Echeverría en La Cautiva, lo realizó con viril y sana rudeza el autor de Martín Fierro En el caso de Martiniano Leguizamón, según ocurre en su De cepa criolla, quizá importa destacar una vez más en qué medida este autor se adelantó en algunos años, en 1909, a la presunta consagración, años más tarde puesta bajo el padrinazgo de Lugones y de Rojas, en lo que se refiere a la proclamación del mismo Martín Fierro en su levantada excelencia de «poema nacional de los argentinos». Saltemos ahora al ya mentado 1913. El tiempo, como el espacio, suele tener sus oquedades, por lo que no debe extrañarnos si alguna resonancia concluye por llegarnos atenuada o lo que es peor confusa. Esto acaece con el contenido de la encuesta de la revista Nosotros. En no pocas partes todavía se lee que esa encuesta, que por lo demás tuvo otros méritos, comportó algo así, casi a coro con las conferencias de Lugones, poco menos que un redescubrimiento del poema. El juicio pierde rotundidad luego que se verifican las paginas de la encuesta, en lo presente sin duda más mencionada que leída. Al contrario de lo que había ocurrido en la etapa primera de la difusión de Martín Fierro, la mayoría de los interrogados asume una actitud desaprensiva y hasta menoscabadora. No falta opinante que ahí reniega de los méritos todos del poema, en términos tan destemplados que hoy se los rechazaría con voz unánime y a buen seguro patrióticamente escandalizada. En esta reticencia valorativa, poco menos que los once correspondientes asumieron una entonación coincidente. Alguno -un grave profesor de la Universidad de Buenos Aires, consejero y académico (¡por dicha no académico de nuestra Casa, que entonces no existía!)- creyó oportuno repararse tras el seudónimo de «Maestro Palmeta». Alejandro Korn, por su parte, rubricó una afirmación tan tajante como esta: «Lugones no ha hecho obra buena al evocar el poema anacrónico de Martín Fierro que hasta la fecha era el secreto de unos pocos y ahora corre el riego de ser la última novedad». No parece necesario, en consecuencia, insistir sobre el pretendido «redescubrimiento». Y esto no sólo por lo que se refiere a la encuesta sino también a las conferencias que no tardaron en suscitarla para luego ellas mismas explayarse en el volumen de 1916. Me pesa insistir pero todavía se abre la oportunidad de compendiar lo que tengo dicho: «Tampoco El Payador de Lugones, libro desde hace tiempo más celebrado que verificado y sopesado, cumplió con Martín Fierro esa presunta gesta de redescubrimiento. Lo que hizo, según el juego de contradicciones que en esto como en lo demás era connatural a lo suyo, fue exaltar los valores populares y ceñidamente argentinos del relato, para adecuarlo luego, forzadamente, y antes con metáforas brillantes que con razones precisas, a las categorías de la nomenclatura retórica más remota. Recrudeció entonces, hasta hacerse lugar común porfiadísimo, el aserto adelantado por Martiniano Leguizamón, después exagerado y usufructuado por muchos, de que Martín Fierro es un cabal poema épico, con las añejas características del género, e incluso, por añadidura, el poema nacional, nunc et semper, de todos los argentinos...» Las afirmaciones de Lugones y en cierta medida algunas de las de Rojas proceden de los excesos, ciertamente deslumbradores, de un levantado entusiasmo retórico, como igualmente de unos ya en ese entonces -fuera de nuestro ámbito- modos y arbitrios no muy frecuentados por la crítica romántica y positivista. En estudio perspicuo, objetivo, indirectamente lo precisó Federico de Onís, en 1924. Es más; justo es reconocer que con anterioridad a dicho estudio -y antes y después de los trabajos de Lugones y de Rojas- olvidados críticos locales, con atendibles argumentos objetaron esas tesis. muy sumarias aunque halagadoras para la sensibilidad de vastas zonas del público. Pero maticemos y rescatemos lo válido. Hay que reconocer esto: la difusión que Martín Fierro había alcanzado en la primera hora ya a principios de esta centuria no dejó de padecer una mengua sensible. Debe reconocerse, por eso, que la encuesta de Nosotros, y antes y después de ella las aseveraciones de Lugones, y muy luego las de Rojas, aportaron, hacia el año veinte, un necesario fermento para nuevos comentarios. En especial las observaciones contenidas en el tomo primero de la Literatura argentina del propio Rojas contribuyeron no poco a «situar» el poema entre los universitarios y también en el núcleo de los escritores que entonces y después se han sentido ganosos de aclimatar su obra al amparo de una tradición no excesivamente forastera. En conjunto, place destacarlo, todo ello ayudó para que en adelante Martín Fierro se afianzase corno «materia» de obligación, o por lo menos de interés, en el orden de los estudios universitarios, asimismo en el plano de los que aquí llamamos «secundarios», a veces en la acepción sólo despectiva del término, Y dicho sea de paso, a tono con lo que he puntualizado antes de ahora: «...no es pertinente seguir afirmando que la Universidad se mantuvo ignorante o desdeñosa del poema hasta la sonada gesta redescubridora de 1913». Según eso (¡fáciles contraposiciones románticas, extemporáneos arrestos vindicativos!), he ahí a los doctos, parejamente confabulados, con los señorones, para propender a la omisión del poema. Mucho más sencillo aunque pocos lo hacen, parece recordar que hasta 1912 -¡así y todo un año antes de la encuesta!- ni la Universidad de Buenos Aires, ni otra alguna de las pocas que entonces poseía el país, tuvo cátedra de literatura argentina. Puesto que no todo se hace ahora, y también ayer se hizo algo, tal honra le quedó reservada a la Facultad de Filosofía y Letras. En ese entonces, don Rafael Obligado era el decano, y don Ricardo Rojas el profesor titular de la asignatura. Reconocerlo y volver a aplaudirlo es también justicia. Luego de estas etapas, bien se ve que importantes, aunque necesitadas de rectificación, como también se advierte, otros trabajos, sin duda de más corto vuelo pero más prudentes en el riesgoso planeo de las generalizaciones, no tardaron en añadirse a la ya en esas fechas cuantiosa y cada vez menos cernida bibliografía hernandiana. El año 1925 marca lo que en la historia del poema podría llamarse la iniciación del enfrentamiento filológico del texto. En ese año, en efecto, apareció la primera edición crítica de las dos partes del relato, ambas publicadas en volumen conjunto por don Eleuterio Tiscornia con el patrocinio del Instituto de Filología de la Facultad de Filosofía y Letras. En aproximaciones sucesivas, el mismo Tiscornia reajustó esa edición y completó algunos de sus supuestos con interesantes estudios de aclaración biográfica, entre ellos el que alcanzó a recoger en el Boletín de nuestra Academia. Me parece oportuno retomar algunos de los párrafos que por entenderlo de justicia he facilitado, gustosamente, a una publicación colectánea de aparición próxima. En ella, entre otras observaciones del laborioso empeño de Tiscornia, di en destacar lo siguiente: «A poco de aparecer el texto comentado y anotado, en desacuerdo con los juicios comprensivos, el volumen desencadenó, si vale el término, un mal templado artículo de Leopoldo Lugones. Aunque reconocidamente generoso en otros registros, el autor de El payador no era de los que se avienen a admitir competencia en los predios del saber cuya ilusoria propiedad detentan. Su recio temperamento retórico, aquí inigualado, lo ponía en enemistad grave con los quehaceres verificadores y pacatamente metódicos. Por lo demás, como en poesía, también en esto el brillo y el relumbrón solían confundirse. El anotador de textos, figura entonces bastante peregrina en nuestro medio, le incomodaba hasta desentonarlo. A diferencia de Benedetto Croce y otros polígrafos no sospechosos de falta de brío intelectual o de firme capacidad elocutiva, a Lugones no lo tentaba el modesto pero plausible empeño de arrojar luz -en ocasiones inequívoca luz propia, también creadora- sobre la tarea ajena. Se le olvidaba que, aparte las ventajas del servicio, la atinada edición de un texto valioso no cede en mérito a muchos afanes de pluma, frecuentemente más leves, bien que de más festejada y fúlgida apariencia. Al margen de algún nuevo reparo de corte parecido, en el cuadro de las características en que el autor supo limitarse, cabe admitir que la contribución de Tiscornia no dejó ni puede dejar de ser reconocida. Tampoco parece haberle faltado, de añadidura, el homenaje subrepticio aquí tan frecuente: el de quienes sin mencionar el anterior trabajo del prójimo se amañan para aprovecharlo. EI criterio utilizado por Tiscornia se pondera por lo sobrio, casi diríamos por lo honesto. Estas son las etapas del estudio en su disposición última: I. Los manuscritos; II. Los textos; III. La edición; IV. La anotación. Siguen las referencias al léxico y la nómina de las autoridades aducidas. Con ejemplos, la primera parte del poema va acompañada de puntuales referencias sobre los vocablos y los giros. En lo que toca al texto y las notas, también la segunda parte se ofrece tratada con parecido criterio. Nutrido y preciso es el repertorio de voces. Las referencias, en conjunto, provienen de la propia busca: un hábito algo infrecuente en los más de nuestros comentaristas. En medio de tanta gárrula disertación sobrepuesta a los valores propiamente humanos y poéticos del relato de Hernández, después del trabajo de Tiscornia poco queda por hacer en lo que se refiere al texto y a la lengua del relato. Por ello lícito es insistir en que el trabajo recordado guardará por buen tiempo las apuntadas excelencias. Supuesto que todo es perfectible, algo podrá añadirse por vía de complemento. Con prudencia, y como para no enredarse en las usuales disquisiciones del obstinado enfoque sociológico y hasta patriotero, en el deseo de acercar al lector a las palabras de Hernández, en su edición el hermeneuta supo limitarse a la necesaria tarea de asegurar la recta lectura del texto, destacando, de camino, los rasgos de la lengua comúnmente llamada "gauchesca" en que se da compuesto el poema. En el estudio de esa lengua -con sus antecedentes españoles, más sus modalidades americanas y propiamente locales- las noticias de Tiscornia, salvo algún error de detalle, son casi exhaustivas. En cambio, después de su trabajo y de algunos otros también atendibles, el conocimiento cabal del poema aún en esta fecha se encuentra como en cierne. Falta, ostensiblemente, un estudio que dilucide el uso personal que hizo Hernández de esa modalidad expresiva gauchesca. Sin adscribir exageradamente al operativo distingo de Ferdinand de Saussure de Langue (lengua) y Parole (habla), en estos estudios no deja de ser urgente, al menos entre nosotros, capacitarse en el ejercicio de la proposición metódica propugnada por el maestro suizo: vista la determinada manera idiomática recibida por un autor en un momento del tiempo y en un lugar del espacio, definir la modalidad expresiva que el mismo autor acierta a recrear, con acento y coloración propios, con estilo, en la personal o poética reelaboración del caudal elocutivo preexistente. Tiscornia, en su momento mejor que sus antecesores, consiguió adelantar el inventario y efectuar un meritorio estudio de los antecedentes de la "lengua" del Martín Fierro, no menos en las fuentes españolas que en las propiamente criollas y rioplatenses. Claro que cada esfuerzo ha de intentarse a su tiempo. Mucho importa saber cuando una palabra, un giro o un modismo se dieron previamente en los autores peninsulares, en la tradición hispana derivada hacía estas tierras o en alguna delgada pero persistente infiltración de la vena indígena autóctona. Resta ahora que los investigadores actuales, acaso con el recaudo de una estética de sesgo espiritualista, pero no desentendida de un saludable realismo y de las debidas cautelas filológicas, se pongan a la tarea de captar, ya sin perezosos impresionismos y sobre base cierta, las vivificadoras connotaciones que el propio Hernández supo imprimir acuñándolas con sello personal, en el plasma idiomático recibido: en los supuestos arcaicos de la fonética y la morfología, el léxico de procedencia española no menos que el de creación americana, con cuenta de lo anteriormente recogido, o fraguado de propia Minerva, por los escritores de tipo gauchesco que antecedieron a Hernández o le fueron contemporáneos. Se sobreentiende que la alusión se endereza a Hidalgo, Ascasubi, del Campo; por modo singular a los dos primeros. En éste, y así en otros aspectos de nuestra literatura, la rústica y la urbana -aun la gramaticalmente desgreñada y la bronca y maldiciente y malsonante que ahora se patrocina y galardona-, queda pues trabajo para muchos, sin necesidad de que andemos a los codazos. En la ulterioridad de esta segunda, impostergable etapa de los estudios martinfierristas -etapa aquí apenas y aun penosamente iniciada- el trabajo de Tiscornia no dejará de ser útil. El haberse mantenido en un delimitado plano informativo y descriptivo, bien al resguardo de tanto verbalismo sin compuertas, llegado el tiempo a nadie habrá de entorpecerle el libre acceso hacia más altas y abarcadoras perspectivas críticas». Me excuso por una cita tan extensa de uno de mis trabajos sobre tema hernandiano; lamento explayarme en otra, aunque esta no sea tan dilatada. En el momento en que se acaba de aludir a la llamada «lengua gauchesca», me lleva a ello la necesidad, todavía actual, de insistir en un distingo forzoso, ofuscado o diferido, unas veces por falta de criterio técnico en materia lingüística, otras por esa especie de miedo lugareño de sentirnos inscriptos en el ámbito de una gran lengua común, no menos nuestra que de otros grupos nacionales. Sin mengua de su originalidad y de nuestros posibles y aun deseables fueros localistas, filológicamente forzoso es reconocer que el lenguaje del poema, aparte los previsibles sobrepuestos regionales, es el castellano del Río de la Plata en la segunda mitad del siglo XIX hasta la llegada del caudaloso aporte inmigratorio. Por lo menos en su base, esa lengua gauchesca, con sus modalidades de elocución rural aunó en su momento conocidos rasgos fonéticos, y sobre todo morfológicos, del añejo fondo español. Se sobreentiende que algún toque de indigenismo, en nada excesivo, alcanzó a matizar el conjunto. De todos los autores llamados «gauchescos» fue el mismo Hernández el que disfrutó de un más sobrio y seguro conocimiento de la lengua de nuestra campaña, la que por otra parte en aquel entonces no difería en mucho de la propia de los sectores urbanos. Con todo, a Hernández no le fue ajeno un doble comportamiento lingüístico: uno -el del versificador ocasional, el del periodista, el del biógrafo del Chacho, el de las «instrucciones» para uso del estanciero, etc. -; otro, el de la antedicha lengua gauchesca. En este último uso, como se sabe, Hernández no hizo sino practicar los mismos recursos expresivos anteriormente usados por Hidalgo, Ascasubi y del Campo, sólo que el autor de Martín Fierro, a fuerza de simpatía, y en razón de su más recio estro poético, atinó a que en su caso el mimetismo idiomático alcanzase la entera fuerza de una lengua en todo natural y no aprendida. Como el distingo que ahora hago no es frecuente, supuesto que según queda dicho, estimo necesario aclarar una confusión que aún persiste, retomo algunas observaciones anteriores. De viva voz, en 1963, y en Madrid, alcancé a conversarlas con don Ramón Menéndez Pidal. Procedían ellas de una vieja disertación pronunciada en 1942, en el Instituto Popular de Conferencias, en el local del diario La Prensa. Al ilustre maestro esas mismas observaciones le parecieron aprovechables y así, en fecha relativamente reciente, las retomé por escrito en unas páginas luego incluidas en un volumen de homenaje al eminente estudioso. Por creerlo pertinente, de la monografía mencionada, dedicada a del Campo, extraigo una nota y los párrafos que la justifican. «Hidalgo nació en Montevideo; del Campo en Buenos Aires; Hernández en San Isidro, en el ruedo de la ciudad. Nacido por el contrario en el ámbito provinciano de Córdoba, en la posta de Fraile Muerto (la actual población de Bell-Ville), Ascasubi parecería denegar ese ya inicial supuesto urbano. Mas no le hace. Conocidas son las frecuentaciones no rurales del doble de Aniceto el Gallo. Pronto se hizo Ascasubi a las maneras porteñas y también, con detonante boato y previsible rastacuerismo, a las de París y otras capitales europeas. Ni cabe olvidar que fue la muy parisiense casa de M. Paul Dupont la que en 1872 le publicó las obras completas. Allá le tocó trasladarse, ante la corte de Napoleón III, con una misión especial en los días de la presidencia del general Mitre. ¿Y no fue Ascasubi, como se sabe, el argentino que llevó un sauce criollo para que el arbolito llorase, intérprete de un deseo del poeta de "Las Noches", sobre la tumba de Alfred de Musset en las alturas de Ménilmontant? (Mes chers amis, quand je mourrai plantez un saule au cimetière...). La conclusión -si cabe una- se impone por sí sola. Hecha cuenta del talento vivificador que cada uno de ellos acertó a insuflarle, la poesía "gauchesca" de del Campo, como la de Ascasubi o la de Hernández, tuvo sus convenciones, cuando no sus artificios. No cabe negar que hasta esa poesía, creación de escritores casi siempre urbanos que se complacen en los temas y en las maneras rústicas, hayan podido confluir genuinos elementos provenientes del habla de los gauchos y aun de la vieja y a buen seguro rudimentaria poesía oral de los mismos. Consecuentemente no es lícito asimilar, como en su hora y en desproporcionada medida lo hicieron y todavía lo hacen los despistados comentadores de esta poesía gauchesca, con las formas del presunto cantar ingenuo, "no aprendido", de los primeros y oscuros bardos rurales de estas comarcas. Ya es mucho que, andando el tiempo, algunos de los seguidores no estrictamente gauchos hayan intentado reservarnos una imagen siquiera aproximada de las formas primeras. Debemos reconocer, sin excesiva nostalgia, que lo más de lo que llamamos poesía gauchesca sólo es -y por precisas circunstancias históricas no podía ser otra cosa- un oficio, en ocasiones sabrosamente inspirado: un rústico "mester" de poesía a la manera de la de los gauchos. En la literatura, aun en aquella que no se empeña en los efectos del color local, grato a los románticos y a los autores no siempre bien llamados "realistas", todo lenguaje es inventado. Por eso, precisamente, por esa eficiencia creadora y evocadora, también esta, aunque sólo "gauchesca", en ocasiones merece el dictado de poesía. Va para poeta, y bueno, el que a vueltas de ese esencial impulso lírico del que nace toda obra artística, ya en el registro épico o en el dramático, con adecuadas equivalencias atina a figurarnos el alma de seres de otra condición, de otro paisaje y en ocasiones de otra habla. En esto, la historia -la historia literaria por lo menos- nos alecciona. Hasta las inflexiones del campesino latino -que como el nuestro cantaba y hacía música, pero que como el nuestro usualmente ni leía ni escribía- no nos han llegado sino a través del verso y de la sensibilidad selectiva de Virgilio». Siquiera en la medida de sus posibilidades, esa sensibilidad selectiva no le faltó a Hernández. Sus cartas y las declaraciones recogidas por sus contemporáneos lo declaran. También más allá del intencionado desaliño con que por veces el autor emplea el habla gauchesca ese juicioso cálculo de los recursos expresivos se manifiesta igualmente, y no menos en la primera que en la segunda parte: trasparece en la versificación, las imágenes, los refranes y las frases sentenciosas. Sin cuenta de las versiones escolares de segunda mano, después de la de Tiscornia, ya recordada, en el orden de las ediciones críticas, o depuradas y anotadas, han aparecido otras: así la de Santiago M. Lugones, así la de Augusto Raúl Cortázar, así varias de data más reciente. Por mi parte, algo he podido agregar en lo que loca a la lexicografía y aun a la dilucidación del poema, ello en la edición publicada en 1958, después reimpresa. Pero dejemos a los vivos, aquí sólo aludidos tangencialmente. Entre los comentaristas desaparecidos, no entre los editores críticos, aun corresponde, cuando menos, la justa mención de los trabajos de Carlos Alberto Leumann y junto a ellos el aporte exegético de Ezequiel Martínez Estrada. Suman apreciables méritos los estudios que Leumann consagró a Hernández y de especial manera al poema. Uno de esos estudios vale por la ventaja documental de proponer como materia de análisis el hasta entonces, 1945, desconocido manuscrito de la Vuelta. La interpretación, muy fervorosa, queda algo ofuscada por un enfoque que no siempre condice con las exigencias del esclarecimiento filológico propuesto. Muerte y transfiguración de Martín Fierro, el libro de Martínez Estrada, es obra original pero depresiva. La visión que del poema y del propio Hernández presenta el patético ensayista de Radiografía de la pampa y La cabeza de Goliat, si desde luego confirma su talento, parejamente da fuerte relieve al exceso de sus puntos de vista. Uno se pregunta en qué medida -aunque sólo como por vía de «ensayo» -puede asentarse, sin más, con tal brío y tal riesgo, una interpretación integral de la vida argentina. Valga la sumaria revisión que antecede para corroborar en alguna medida lo que con recio criterio -admitidas y celebradas las excelencias del poema- conviene tener en cuenta al cabo de un siglo de la aparición de la primera parte y a poco menos de una centuria de la edición de la segunda. EI mito del payador debe ser sometido a rectificación: no se nos olvide que, sin ser figura doctoral, Hernández se comportó ante todo como un hombre urbano, no ajeno, claro está, a la experiencia campera. Que fue un periodista, un hacendado y un funcionario; un parlamentario de aplaudida actuación en un lapso importante de su vida. Por lo que toca al poema no es posible desconocer el alegato que Hernández incluyó en sus versos, defensa generosa y gallarda. La adhesión moral a la causa por él defendida se sobreentiende, pero muchos son los años corridos desde que la tal defensa hubo de perder su posibilidad de alcance por la manifiesta desaparición del personaje defendido. El propio Hernández no dejó de advertirlo, y así lo destaca en varias cartas y en alguno de sus prólogos. Exhumando textos periodísticos de Hernández y reproduciendo algunos de los más ilustrativos, ya antes de ahora me fue posible mostrar, como ese alegato nuestro autor lo había cumplido anteriormente en las páginas que alcanzó a regentear el publicista, de señalada manera en las columnas de El Río de la Plata. Por circunstancias que también he podido precisar documentalmente, en el punto en que el gaucho se le mostraba en el trance de desaparecer con sus modalidades típicas, Hernández quiso salvarlo, salvarlo artísticamente se sobreentiende, en los términos de un retrato. Esta palabra, «retrato», es la que el poeta emplea con lúcida intención en un contexto inequívoco. La profusa defensa periodística yace hoy olvidada, desde lustros, en el polvo de nuestras hemerotecas. El poema, por el contrario, reserva muy cabales todos los rasgos de esa semblanza conjunta: Fierro, Cruz, los muchachos, el Viejo Vizcacha, el Moreno y las demás criaturas poéticas directa o indirectamente evocadas en el relato. En el poema no se cifra toda la Argentina, ni siquiera toda la Argentina de ayer. Queda retenido, en cambio, y con trazos precisos, enteros, un momento de la vida rústica en el Plata sobre las fechas que bien se conocen. El poema constituye además, -y no es su menor mérito- un inigualado repertorio de los saberes y dichos tradicionales en él arquetípicamente fijados por el poeta en el plano atemporal de las realizaciones estéticas bien logradas. ¿Qué más puede pedírsele a un poema, y a un poema de fisonomía tan sui generis? Frente a las creaciones poéticas, como frente a las mismas entidades religiosas, seamos devotos pero no supersticiosos. Amemos las cosas de la patria, pero no caigamos, ululantes, en el pasmo de la beatería localista.

viernes, 17 de octubre de 2014

JUÁN LAVALLE (1797-1841)


Juan Lavalle (1797-1841) Autor: Felipe Pigna Juan Galo de Lavalle fue uno de los hombres más controvertidos de nuestra historia nacional. Héroe en las campañas de San Martín y Bolívar, respondió a la ideología unitaria, que defendió ciegamente hasta el fin de sus días. El fusilamiento de Manuel Dorrego, ordenado por él, contribuyó al encumbramiento de Juan Manuel de Rosas como gobernador de la provincia de Buenos Aires, contra quien se levantará sin éxito en repetidas oportunidades, siempre en defensa de la causa unitaria. Juan Galo de La Valle nació el 17 de octubre de 1797 en Buenos Aires. Fue el quinto hijo de Manuel José de La Valle y Cortés y María Mercedes González Bordallo. Su padre, descendiente directo del conquistador de México, era contador general de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata. En 1799, los De La Valle se trasladaron a Santiago de Chile. Desde allí, palpitan las noticias de las invasiones inglesas, alarmados por la ineficiencia de las autoridades coloniales para resistir a los ingleses. Ya en 1807 la familia se muda nuevamente a Buenos Aires. Por entonces, la crisis del imperio español comenzaba a evidenciarse y grupos de jóvenes criollos se plantean la posibilidad -lejana todavía- de cortar los lazos con la metrópoli. La Revolución de Mayo resultó claramente adversa para los De La Valle, por su subordinación a las autoridades españolas. Recién en 1812, una vez asumido el Primer Triunvirato, el gobierno nombra a Manuel (amigo cercano de Bernardino Rivadavia, secretario del Triunvirato) administrador de la Aduana de Buenos Aires. El Primer Triunvirato es derrocado en octubre de 1812 por fuerzas dirigidas por militares pertenecientes a la llamada Logia Lautaro, entre quienes se encontraban Carlos María de Alvear y José de San Martín. A cargo del Regimiento de Granaderos a Caballo, San Martín decidió encaminar la formación de un conjunto de jóvenes voluntarios que se incorporarían como cadetes, pertenecientes en muchos casos a las familias más distinguidas de la ciudad. Juan Galo de Lavalle (que en esa época suprimió el "de" de su apellido y lo apocopó, posiblemente para evitar la vinculación con los apellidos españoles) pidió su alta como cadete y fue aceptado en agosto de 1812. Se destacó en las prácticas rigurosas impuestas por San Martín y rápidamente se ganó su respeto. Sin embargo, Lavalle no fue escogido para participar en el Combate de San Lorenzo, en el que las tropas de San Martín se impusieron sobre los realistas y su bautismo de fuego tuvo lugar durante la toma de Montevideo, en 1814. Allí, quiso el destino que actuara bajo las órdenes de Manuel Dorrego. Cuando San Martín se hizo cargo del Ejército de los Andes, Lavalle recibió la orden de trasladarse a Cuyo para incorporarse al mismo. Allí, en uno de los convites organizados por Remedios de Escalada de San Martín, la joven esposa del Libertador, Lavalle conoció a su futura esposa, María de los Dolores Correas. Durante el cruce de los Andes, Juan Lavalle marchó a la vanguardia, bajo las órdenes del brigadier Miguel Estanislao Soler. Se destacó en el triunfo de Chacabuco, en febrero de 1817, y ya ostenta el grado de general en jefe, cuando el ejército patriota fue derrotado en Cancha Rayada. Luego de la victoria de Maipú, Lavalle acompañó a San Martín en el avance sobre Perú, en el cual también brilló por sus dotes militares. Lavalle formó parte del ejército que San Martín envió a Simón Bolívar para continuar con la independencia americana y participó de la campaña al Ecuador. Tuvo una actuación excepcional en los combates de Río Bamba y Pichincha. Juan Lavalle retornó a las Provincias Unidas en 1823, y tras un breve paso por Mendoza, donde visitó a su prometida, emprendió la marcha hacia la capital del antiguo Virreinato. El gobierno de Martín Rodríguez lo recibió con honores. Lavalle se sorprendió de los cambios ocurridos en la ciudad, los cuales se encontraban fuertemente relacionados con las reformas llevadas adelante por uno de los ministros de Rodríguez, Bernardino Rivadavia. Lavalle cumplió su promesa y regresó a Mendoza, donde contrajo matrimonio con María de los Dolores en abril de 1824. Regresó a Buenos Aires junto con su esposa y fue nombrado jefe del Cuarto Regimiento de Infantería, cuyo objetivo era cubrir la frontera sur del río Salado, con el fin de avanzar sobre el territorio dominado por los indígenas, un problema que comenzaba a inquietar fuertemente al gobierno. Se pretendía demarcar una nueva línea de frontera que debía estar comprendida entre las costas del mar y las orillas del río Las Flores, pasaría por Balcarce y Tandil y avanzaría hacia el oeste, hacia el límite con Santa Fe. En febrero de 1826, Bernardino Rivadavia fue designado presidente de las Provincias Unidas. La gestión de Rivadavia fue fuertemente resistida por los representantes de las provincias, quienes veían en él la consagración del ideario unitario. En tanto, comenzó a destacarse entre los opositores la figura de Manuel Dorrego, que desde las páginas del diario El Tribuno hostigaba continuamente al poder Ejecutivo representado por Rivadavia y criticaba su proyecto de ley electoral en estos términos: "...Y si se excluye a los jornaleros, domésticos asalariados y empleados también, ¿entonces quién queda? Queda cifrada en un corto número de comerciantes y capitalistas la suerte del país. He aquí la aristocracia del dinero, entonces sí que sería fácil poder influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no tengan giro en el Banco, y entonces el Banco sería el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación con todas las provincias. " Juan Lavalle fue enviado a integrarse al ejército en la guerra con el Brasil, donde nuevamente se destacó por sus dotes militares. En tanto, en Buenos Aires en 1826, las gestiones diplomáticas para concluir la guerra con Brasil, nada favorables para las Provincias Unidas, y la sanción de una Constitución unitaria y centralista, pusieron en jaque al gobierno de Rivadavia, quien debió renunciar. El fracaso unitario facilitó la llegada a la gobernación de Buenos Aires del federal Manuel Dorrego, lo cual produjo una fuerte inquietud en el círculo oligárquico de la ciudad, que apoyaba al sistema unitario. Así escribía el unitario Julián Segundo de Agüero a Vicente López en ocasión de la asunción de Dorrego: "No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego: déjelo usted que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba: o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo con las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y de Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos." A mediados de 1828, la mayor parte de la clase terrateniente, afectada por la prolongación de la guerra, retiró a Dorrego el apoyo político y económico. Le niega recursos a través de la Legislatura y lo fuerza a transigir y a iniciar conversaciones de paz con el Imperio. Dorrego tuvo que firmar la paz con Brasil aceptando la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nacía la república Oriental del Uruguay en agosto de 1828. La derrota diplomática de la guerra con el Brasil y el descontento de las tropas que regresaban desmoralizadas fueron utilizados como excusa por los unitarios para conspirar contra el gobernador Dorrego. El 1º de diciembre de 1828, un golpe de estado encabezado por el General Lavalle derrocó a Dorrego. Algunos unitarios se dirigieron a Lavalle y opinaron sobre lo que debía hacerse con el gobernador capturado. Salvador María del Carril le escribía a Lavalle el 12 de diciembre de 1828: "La prisión del General Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ella antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio, de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra, y no cortará usted las restantes. Nada queda en la República para un hombre de corazón. " La nefasta influencia de Del Carril se aprecia en esta carta de Lavalle a Brown: "Desde que emprendí esta obra, tomé la resolución de cortar la cabeza de la hidra, y sólo la carta de Vuestra Excelencia puede haberme hecho trepidar un largo rato por el respeto que me inspira su persona. Yo, mi respetado general, en la posición en que estoy colocado, no debo tener corazón. Vuestra excelencia siente por sí mismo, que los hombres valientes no pueden abrigar sentimientos innobles, y al sacrificar al coronel Dorrego, lo hago en la persuasión de que así lo exigen los intereses de un gran pueblo. Estoy seguro de que a nuestra vista no le quedará a vuestra excelencia la menor duda de que la existencia del coronel Dorrego y la tranquilidad de este país son incompatibles". EL general Lavalle decide fusilar a Dorrego el 13 de diciembre. El gobernador derrocado se despedía de sus seres queridos: "Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado. Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no has podido ser en compañía del desgraciado". A sus dos pequeñas hijas decía: “Querida Angelita: Te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre. Querida Isabel: te devuelvo los tiradores que hiciste a tu infortunado padre”. Lavalle fusiló a Dorrego y así lo anunció en un Bando: "Participo al Gobierno Delegado que el coronel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componente esta división. La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego ha debido morir o no morir, y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público". En Buenos Aires, las repercusiones de la muerte de Dorrego no se hicieron esperar y el propio grupo que había gestado el golpe de Estado se alejó estratégicamente de Lavalle, quien había sido designado gobernador provisorio, pero aún no había regresado a la capital. En las provincias del interior la situación no era muy distinta. Finalmente, ante la inminencia de una guerra civil, Lavalle accedió a reunirse con Juan Manuel de Rosas, cuya influencia era cada vez más importante en los círculos federales que asediaban continuamente a las fuerzas de Lavalle. La reunión se produjo en Cañuelas, en junio de 1829; allí Lavalle y Rosas firmaron un pacto por el cual se decidió el cese de las hostilidades, la elección de autoridades para la reinstalación de la Legislatura, que nombraría a un gobernador al que ambos se someterían junto con sus fuerzas. En tanto esto sucedía, Lavalle ejercería el cargo de gobernador provisorio y Rosas el de comandante general de la campaña. El pacto tenía una cláusula secreta, en la cual Rosas y Lavalle se comprometían a conseguir el triunfo de una lista de candidatos a diputados que había sido concebida por Rosas. Pero los unitarios de Buenos Aires se negaron a suscribir esa lista. La ciudad se vio envuelta nuevamente en un conflicto armado entre federales y unitarios, y Lavalle, sin capacidad de respuesta, anuló las elecciones y firmó un nuevo pacto con Rosas, por el cual Juan José Viamonte fue nombrado gobernador provisorio. A partir de entonces, la situación de Lavalle en Buenos Aires se volvió insostenible y debió exiliarse en la Banda Oriental. Allí lo encontró la noticia del ascenso de Rosas a la gobernación, como consecuencia de una fuerte campaña de prensa en la cual Don Juan Manuel hablaba de Manuel Dorrego como un mártir de la patria y de Lavalle como un salvaje asesino. En tanto, el general José María Paz, que encabezaba la oposición unitaria del interior, se consolidaba en la provincia de Córdoba, desde donde lanzó la llamada "Liga del Interior", que pretendía acabar con los caudillos federales de las distintas provincias, aliados de Rosas. Instigado por Salvador María del Carril, Lavalle emprendió entonces una invasión a Entre Ríos desde la Banda Oriental. El objetivo era el avance sobre el litoral para reunirse con Paz, pero fue dos veces derrotado. En 1839, con el apoyo de los exiliados del régimen rosista, pasó a Entre Ríos y comenzó a avanzar con el objetivo final de derrocar a Rosas. Pero en septiembre de 1840, Rosas logró reunir 17.000 hombres para hacerle frente, por lo cual Lavalle, al mando de apenas 1.100, se retiró a Santa Fe. La tropa de Lavalle fue constantemente perseguida y su líder fracasó en todos los intentos de reorganizar su maltrecho ejército. Llegó a Tucumán en 1841, desde donde intentó una vez más avanzar sobre la capital, pero fue derrotado en Famaillá por las fuerzas de Oribe, el caudillo uruguayo apoyado por Juan Manuel de Rosas. La derrota marcó el fin de la llamada "coalición del norte". Cuando el contingente llegó a Jujuy, el 7 de octubre por la noche, se encontró con que las autoridades habían fugado hacia la quebrada de Humahuaca, dejando acéfalo el gobierno. El 9 de octubre de 1841, una partida federal dio con la casa donde se encontraba Lavalle y disparó a la puerta. Una de las balas atravesó la cerradura e hirió de muerte a Lavalle. Su cadáver fue conducido hacia la catedral de Potosí, donde fueron depositados sus restos. En 1858, los restos del General Lavalle fueron trasladados al cementerio de la Recoleta en Buenos Aires, donde descansan actualmente, a metros de la tumba de Dorrego. El general no pudo cumplir con su juramento: "Si algún día volvemos a Buenos Aires, juro sobre mi espada, por mi honor de soldado, que haré un acto de profunda expiación: rodearé de respeto y consideración a la viuda y los huérfanos del Coronel Dorrego". Artículos relacionados: btnRomance a la muerte de Manuel Dorrego btnJuan Galo de Lavalle sobre su necesidad de deshacerse de Dorrego btnLa ejecución de Dorrego, según José Tomás Guido btnRevolución de Lavalle y fusilamiento de Dorrego Fuente: www.elhistoriador.com.ar

domingo, 12 de octubre de 2014

La explotación colonial y neocolonial en nuestra América latina


La explotación colonial y neocolonial en nuestra América latina CEPRID http://www.rebelion.org/noticia.php?id=78310 La siembra de la miseria moral, política, cultural, religiosa, económica, comenzó con el descubrimiento, conquista y colonización de nuestra América en el siglo XVI, por parte de los invasores europeos. El origen de los males actuales está en el pasado de ruin e inocua explotación de los recursos naturales y humanos que sirvió para el enriquecimiento inconmensurable de las metrópolis imperiales y de los adelantados administradores de las colonias, sus pares blancos y sus herederos. El historiador ecuatoriano Juan Paz y Miño Cepeda, en su ensayo El desafío de la deuda histórica en América Latina sostiene: “Juntando los elementos del pasado con el presente, existe un cuadro social crítico y potencialmente explosivo en América Latina, por la persistencia de la pobreza y de la inequidad en el reparto de la riqueza. Estos problemas que están en la base de las estructuras latinoamericanas, siguen sin atenderse. Hay, pues una deuda pendiente con los pueblos de América Latina. Es decir, una Deuda Histórica que cabe reclamar y que se vuelve exigible como contraparte a la acción depredadora de los recursos y de las potencialidades económicas provenientes de la deuda externa, a cuyo servicio deben dedicar esfuerzos los países de América Latina, para beneficio de los países acreedores, las transnacionales y los capitales financieros” Otra vez hay que parafrasear al periodista y escritor uruguayo, Eduardo Galeano, al recordar que la pobreza de nuestros países es la riqueza del imperio depredador. La deuda histórica se ha configurado a lo largo de los siglos de explotación y expoliación a nuestros pueblos e incontenible saqueo de los recursos naturales: metales precisos como el oro y la plata, minerales valiosos como el cobre y el estaño, piedras preciosas como las esmeraldas, rubíes, topacios, diamantes y desde el siglo XX los hidrocarburos y la explotación inmisericorde de maderas finas, de los productos del mar y de los productos de la tierra, pues, América Latina ha soportado diversos modos de explotación humana a partir de la colonización española que impuso el trabajo forzoso y gratuito en las encomiendas, las mitas y los obrajes. En esos trabajos de servidumbre obligada, los indígenas morían por millares. No contentos con matarlos o dejarlos morir de cansancio, inanición y enfermedades europeas desconocidas en la América India, los colonizadores imponían tributos imposibles, sólo por nacer indios. Algunos historiadores y analistas afirman que nuestra América tenía a fines del siglo XV, cuando comienza el “descubrimiento” una población cercana a los 80 millones, 150 años después la población se había reducido a unos 3 millones de indígenas. ¿Alguien se atrevería a decir que estos no es genocidio? ¿Cuánto valía la vida de un indio? El investigador norteamericano H.F. Dobyns, calculó que un 95% de la población aborigen murió en los primeros 150 años de colonización. En los primeros años del siglo XVI, España y Portugal que colonizaron a nuestra América tenían una población calculada en diez millones y Europa entre 57 y 70 millones de seres humanos. El genocidio en nuestra América Latina es una realidad, ¿A alguien se le ha ocurrido pagar indemnizaciones? Nadie debería olvidar el trabajo esclavo de indios y negros, y cuando parecía que se superaba esa etapa, los blanco-mestizos que se apoderaron de la tierra y sus recursos, ofrecían salarios miserables, y la servidumbre era obligatoria en el régimen de hacienda. Los “dueños” de la tierra robada a los indígenas que eran sus legítimos propietarios, necesitaban de mano de obra barata o gratuita y, para no pagar miserias salariales, se inventaron el “trabajo endeudado” ya que el hacendado entregaba a los indígenas sal, panela, aguardiente de caña, granos y en un gran cuaderno “misterioso” ponía el nombre del peón, del huasicama, de la huasicama y frente al nombre llenaba de rayas que eran las deudas que el indio contraía con el patrón. Era la deuda eterna del indígena explotado y engañado en forma ruin y con innombrable abuso a su analfabetismo. Los dueños de haciendas que querían venderlas, colocaban anuncios que decían vendo hermosa hacienda con indios y todo. Así ocurría en el Ecuador hasta después de la mitad del siglo XX. ¿En cuánto se calculaba el valor del indio que se vendía con la hacienda, los árboles, las vacas, los burros, las ovejas y las cabras? Cierto que esas formas de explotación al trabajo humano se han superado, pero sólo para perfeccionar el sistema capitalista de expoliación: mano de obra barata que ofrece América Latina, neoservidumbre a la que se le somete al migrante para acabar de sumir a las grandes mayorías en la pobreza-indigencia y obligarlas al subempleo, desempleo, narcotráfico, diversas formas delincuenciales, trata de blancas y personas, mendicidad y prostitución de la que no escapan niños y niñas. Todo para aumentar el poder imperial y de sus cipayos latinoamericanos que conforman las oligarquías antipatria en cada una de nuestras naciones, de nuestros pueblos y Estados. María Lidia Driotes socióloga y profesora de la Universidad de El Salvador en su trabajo: Aspectos y Factores del Subdesarrollo en América Latina sostiene que se debe a procesos de sometimiento de los Estados poderosos sobre los Estados que tienen una política dependiente. “El recurso para explicar estos procesos es “la larga duración” , que para Fernando Braudel es una dinámica social en la que la Historia es el eje que integra y explica tales procesos” Desde esta óptica, los pueblos latinoamericanos han pasado por diversa etapas de explotación: Conquista y colonización española que a sangre y fuego aplastó la culturas prehispánicas y con genocidio de por medio, sometió a los indígenas a sumisión religiosa, explotación como bestias de carga en minas y plantaciones, violencia social y discriminación y un despreciado mestizaje convertido en extraño en su propio mundo. Recuérdese que los conquistadores y colonizadores blancos decían que el indio no tiene alma, por tanto era un subhumano. ¿En cuánto se puede calcular el sistema de explotación colonial y neocolonial? España era la gran beneficiada del proceso y nunca se sabrá cuantas toneladas de oro, plata, estaño, cobre, piedras preciosas y otros minerales se llevaron de nuestras patrias. ¿Cuántos miles de millones de dólares se llevaron por el sólo hecho de ser conquistadores y colonizadores? Esta es la incalculada deuda histórica que se mantiene impaga. Si se sigue el pensamiento de Drotis se podría identificar otras etapas vividas por nuestros pueblos: Independencia y descolonización de España, formación de repúblicas “independientes”, unión de repúblicas y la consiguiente división porque el nuevo imperio en etapa de formación fomentaba el divisionismo. Otra etapa importante es la economía agro exportadora, pero ya con grandes extensiones de tierras explotadas por compañías estadounidenses. Las guerras de la independencia de América Latina dejaron inconclusa la tarea. Si bien es cierto que España fue expulsada de estas tierras, pronto Estados Unidos que comenzaba a perfilarse como imperio, ocupó el sitio dejado por España y comenzó un largo proceso de neocolonización que subsiste hasta estas fechas, proceso neocolonizador más sutil, con permisos para mantener la “independencia y soberanía” en apariencia, sin ejércitos de ocupación, pero con bases militares en varias zonas de nuestra América Latina, sin gobernadores civiles nombrados directamente por la Casa Blanca, pero con gobiernos títeres, y; sin embargo, en ocasiones Estados Unidos recurre a la fuerza militar e invade y sin declaración de guerra bombardea, mata, hiere, toma prisioneros, impone dictaduras fascistas, se regodea con el gorilismo, pues no hay un solo país de nuestra América Latina que no haya sufrido, en alguna ocasión, la agresión militar e injerencia civil del imperio que, como todo imperio, jamás renuncia a su gula depredadora. En un documento distribuido por Ciudad Política/Ciencia política, se expresa que la “explotación imperialista ha tenido raíces profundas en la historia de América Latina, especialmente en el siglo XX. Se sostiene que estas explotaciones alcanzan niveles increíbles es la explotación de nuestras riquezas básicas por parte de las empresas extranjeras” A modo de ejemplo subraya que con una inversión de tan solo 3.5 millones de dólares, las cuatro empresas que explotan el cobre en Chile se han llevado la bicoca de 10.800 millones de dólares en 60 años. Agrega: “Sin nos ponemos a analizar el patrimonio nacional logrado en Chile en los últimos 400 años, asciende a 10.500 millones de dólares, lo que significa que en poco más de medio siglo, las empresas norteamericanas obtuvieron de Chile el valor equivalente a todo lo creado por los ciudadanos chilenos en industrias, caminos, puertos, viviendas, escuelas, hospitales, comercios, etc., a lo largo de toda su historia”. Las empresas estadounidenses hicieron lo mismo en Venezuela, de donde se llevaron miles de millones de barriles de petróleo. Igual sistema organizaron en el Ecuador y no sólo que se llevaron el petróleo sino que atentaron contra los ecosistemas y las vidas humanas en el Oriente ecuatoriano. Texaco-Chevorn deben responder judicialmente por los crímenes cometidos contra la naturaleza y los seres humanos aborígenes de las selvas amazónicas del Ecuador. La deuda histórica es, también, una deuda ecológica. Gian Carlo Delgado Ramos manifiesta que “En América Latina, la ecología política de los minerales no energéticos es particularmente delicada, pues esa industria extractiva, altamente devastadora, ambiental y socialmente, está vinculada a la transferencia de excedentes hacia los Estados capitalistas centrales, sobre todo, hacia Estados Unidos. Una revisión del panorama actual devela la creciente y sostenida deuda ecológica que el Norte debe al Sur a causa de una actividad, entre otras, a la que públicamente no suele ponerse mucha atención”. Añade que en América Latina como en el resto de los Estados capitalistas periféricos, la problemática ambiental vinculada a la minería es particularmente delicada, pues los ritmos de explotación y de generación de residuos contaminantes sobrepasan la capacidad de los ecosistemas. Se trata de uno de los principales resultados de la constante y creciente transferencia de riqueza que tiene como sustento el pago de deudas externas y que sólo ha sido posible a través de la anuencia de una oligarquía local para consolidar el saqueo, mediante el aumento genuino de la productividad, el empobrecimiento de las personas de los países deudores y el mencionado abuso de la naturaleza. Nelson Calderón, en un análisis publicado por Argenpress sostiene: “Las historias documentan cómo Estados Unidos ha continuado en la tradición del colonialismo, intentando dominar, explotar y controlar la riqueza económica de las Américas. Las historias cubren esclavitud, agricultura corporativa, crímenes de guerra, maltratos a pueblos indígenas, contaminación química, presos políticos, múltiples golpes militares fallidos y exitosos, explotación de los acuerdos comerciales, deforestación, hostigamiento de inmigrantes y manipulación de elecciones”. Eso y mucho más le debe el imperio estadounidense a nuestra América Latina porque “durante el último siglo, Estados Unidos reescribió, de una manera neocolonial acelerada, el capítulo de la historia colonial portuguesa, española y británica en América Central y Suramérica”. La deuda del imperio hacia nuestra Latinoamérica creció desmesuradamente porque después de apropiarse de minerales, hidrocarburos, bosques, tierras, productos marinos y de los ríos, materias primas y productos agrícolas impuso qué sembrar y qué cosechar para satisfacer las demandas de los neocolonizadores. Al Ecuador le arrebató la producción de trigo para convertirlo en importador de ese producto vital, al Brasil le obligó a importar frijoles porque le impuso la siembra de soja. En todas partes ha jugado con el derecho alimentario de los pueblos y ha sembrado hambre al destruir las agriculturas nacionales hasta obligarlos a firmar tratados de libre comercio para que Estados Unidos venda sus excedentes agrícolas subsidiados o las sobras de lo que no quieren comer los anglosajones. Con todo el sistema de explotación neocolonial, nuestras patrias se convirtieron en importadoras de alimentos y con la imposición del neoliberalismo se ha cometido el “crimen corporativo del siglo”. Las deudas históricas y ecológicas deben ser cobradas, hasta el último centavo, por nuestros pueblos empobrecidos por el ansia depredadora del imperio. Nadie podrá dormir tranquilo, hasta cuando nuestras patrias alcancen la Segunda y definitiva Independencia. Quito, diciembre de 2008 Nota: el 10 de agosto de 2009 se conmemorará ll Bicentenario del Primer Grito de la Independencia. En Quito, se ha constituido un COMITË BICENTENARIO POR LA SEGUNDA INDEPENDENCIA.

jueves, 9 de octubre de 2014

NOTICIAS SOBRE EL ÉBOLA


NOTICIAS SOBRE EL ÉBOLA Qué es el ébola, cómo se transmite y por qué es tan letal Es un virus que se transmite por contacto directo y de mortalidad muy elevada Causa fiebres hemorrágicas para las que no hay vacuna ni tratamiento curativo En España se ha registrado el primer contagio confirmado fuera de África Ampliar fotoImagen del virus del ébola, ampliado 108.000 veces. Imagen del virus del ébola http://www.rtve.es/noticias/20141007/ebola-como-se-transmite-tan-letal/988600.shtml Noticias relacionadas El virus del Ébola ya ha matado a 932 personas en África Occidental ZMapp, un fármaco experimental que consigue frenar el ébola en macacos Sanidad afirma que la seguridad por el ébola está garantizada para la población española Así es el protocolo de actuación de Sanidad para los casos de pacientes con ébola en España El avión medicalizado repatriará al religioso con ébola y a la monja esta medianoche El primer estadounidense contagiado de ébola en África llega a EE. UU. para tratarse RTVE.es 07.10.2014 El mundo vive la epidemia de ébola más mortal desde que existen registros, tanto en número de infectados como en expansión geográfica. Según el último recuento de la OMS hasta el pasado 3 de octubre, el número de infectados por el ébola en África occidental es de más de 8.000 personas, de las que más de 3.500 han fallecido. En España se ha registrado el primer caso confirmado de contagio fuera de África. Se trata de una auxiliar de enfermería que atendió en el Hospital Carlos III de Madrid a los dos misioneros españoles repatriados desde Sierra Leona. Estas son las claves para entender el virus del Ébola que se contagia por contacto directo con la sangre o los fluidos corporales de personas infectadas que presenten ya síntomas, con personas muertas infectadas o por la exposición a objetos contaminados por secreciones de estos pacientes. ¿Qué es el ébola? El ébola es una enfermedad infecciosa viral aguda que produce fiebre hemorrágica en humanos y primates (monos, gorilas y chimpancés) y cuya tasa de mortalidad puede llegar al 90%. El virus del Ébola, uno de los más mortíferos que existen, se detectó por vez primera en 1976 en dos brotes simultáneos ocurridos en Nzara (Sudán) y Yambuku (República Democrática del Congo, entonces Zaire). La aldea en que se produjo el segundo de ellos está situada cerca del río Ébola, y de ahí toma su nombre. Tiene cinco variedades: Sudán, Zaire, Reston, Côte d'Ivoire (Costa de Marfil) y Bundibugyo, de las cuales Sudán, Zaire y Bundibugyo se han asociado a importantes brotes de fiebre hemorrágica en África. El virus altera un tipo de células llamadas "endoteliales" que recubren la superficie interior de los vasos sanguíneos y la coagulación. Al dañar los vasos sanguíneos las plaquetas no son capaces de coagular, y los pacientes sucumben a un shock hemorrágico que deriva en una pérdida muy grave de sangre. ¿Cómo se contagia el ébola? El virus del Ébola se contagia entre humanos por el contacto directo con la sangre u otros líquidos o secreciones corporales (saliva, semen, orina, heces...) de una persona infectada y que presente ya síntomas de la enfermedad o de personas muertas infectadas. También puede producirse el contagio del ébola por exposición a objetos que hayan sido contaminados con secreciones infectadas como prendas de vestir o ropa de cama sucias o agujas usadas, según informa la OMS. El virus del Ébola no se transmite ni por el agua, ni por el aire, según el Ministerio de Sanidad. También se puede contraer la enfermedad a través del contacto directo con sangre u otros fluidos corporales de animales salvajes como monos, antílopes selváticos y murciélagos, vivos o muertos y por el consumo de su carne mal cocinada. Aunque los monos han sido una fuente de infección para las personas, se considera que los murciélagos de la fruta de la familia Pteropodidae son los huéspedes naturales del virus. Sin embargo, este extremo no está confirmado, por lo que, al desconocerse el origen natural del virus, no se ha podido determinar aún cómo apareció el ébola por primera vez en un ser humano. ¿Cuáles son sus síntomas? Los primeros síntomas de esta enfermedad son fiebre repentina y alta, debilidad intensa y dolor muscular, de cabeza y de garganta, seguidos de vómitos, diarreas, erupción cutánea, funciones renal y hepáticas alteradas e intensas hemorragias internas y externas. Tal y como explica la Organización Mundial de la Salud (OMS), los pacientes son contagiosos mientras el virus esté presente en la sangre y las secreciones. No son contagiosos durante el periodo de incubación (intervalo desde la infección hasta la aparición de los síntomas). Este periodo oscila entre 2 y 21 días, aunque generalmente los síntomas aparecen entre los cinco y diez primeros días tras el contagio. ¿Cómo se sabe si alguien tiene ébola? El diagnóstico definitivo del virus de Ébola solo puede obtenerse mediante pruebas de laboratorio en la orina y en la saliva. Los exámenes más comunes, según explica la OMS, son pruebas de inmunoadsorción enzimática (ELISA), detección de antígenos, seroneutralización, reacción en cadena de polimerasa con transcriptasa inversa y aislamiento del virus mediante cultivo celular. Las muestras de los pacientes infectados tienen un enorme peligro biológico y han de tomarse en condiciones de máxima protección. ¿Ha habido más brotes como este? No, el que se vive actualmente es el peor episodio de ébola registrado hasta la fecha. El siguiente en gravedad fue la primera, en 1976, en la República Democrática del Congo, por el que murieron 280 personas de 318 contagios. El brote actual se originó en diciembre en Guinea Conakry, desde donde se ha extendido a Liberia, Sierra Leona y Nigeria. En agosto, la OMS reconocía que el virus está fuera de control, por lo que ha dado la alarma a nivel regional e internacional para contener su expansión. ¿Existe una cura o una vacuna? No, no se cuenta todavía con ningún tratamiento ni vacuna específicos -como tampoco hay una vacuna definitiva para otros virus más conocidos como la gripe-, aunque se están poniendo a prueba varios sueros experimentales. ZMapp, TKM-Ebola o Brincidofovir son algunos de los tratamientos experimentales que se han aplicado o se están aplicando actualmente con éxito desigual en los 14 casos de enfermos de ébola tratados fuera de África y bajo aislamento en hospitales de EE.UU y Europa. El que ha sido el primer caso de contagio de ébola fuera del continente africano, el de la auxiliar española que atendió a los misioneros fallecidos por el mismo virus, está siendo tratado con suero hiperinmune de donante en el hospital La Paz-Carlos III de Madrid. Este suero es de una persona que superó la enfermedad. ¿Cuál es el tratamiento para frenar la enfermedad? Los casos graves de ébola requieren cuidados intensivos sobre sus síntomas y un tratamiento sustitutivo de los órganos que se pueden ver afectados (riñones, hígado). Los enfermos suelen estar deshidratados y necesitar rehidratación por vía intravenosa u oral con soluciones que contengan electrólitos. Como en el tratamiento de otros virus, se administran medicinas para la fiebre (nunca aspirina, por el riesgo de hemorragias) y se guarda reposo en cama. Si hay manifestaciones hemorrágicas se requiere administrar líquidos por vía endovenosa, así como plaquetas, factores de coagulación o transfusiones de sangre si es necesario. ¿Qué tasa de mortalidad tiene? La fiebre hemorrágica del Ébola es una de las enfermedades más mortíferas para el hombre, con una tasa de mortalidad del 25 al 90%, y el brote actual es uno de los más letales. De hecho, debido a su naturaleza letal, este virus es considerado como un arma biológica. ¿Quién está en riesgo de contagio? Actualmente, se considera que las personas en riesgo de contraer fiebre hemorrágica por virus del Ébola son aquellas que cuidan a los pacientes infectados, así como los trabajadores que se encuentran en contacto con primates infectados de origen africano. El riesgo de que un viajero se infecte de ébola en África es muy remoto, a no ser que haya estado cuidando a enfermos, como es el caso de religiosos o personal sanitario. ¿Podría extenderse por Europa? En España se ha registrado el primer caso confirmado de contagio por el virus del Ébola. Se trata de una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III de Madrid que atendió a los dos misioneros españoles repatriados. La directora de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en Europa, Zsuzsanna Jakab, considera que es "bastante inevitable" que haya más casos de contagio del virus del Ébola en el viejo continente por la "cantidad de viajes que se hacen desde Europa a los países afectados por la epidemia de ébola y en sentido contrario", según Reuters. Por su parte, uno de los miembros del equipo internacional que descubrió el virus del Ébola en 1976, el epidemiólogo estadounidense David Heymann, ha asegurado a Efe que "no hay riesgo de que ocurra una epidemia en España" tras el contagio de una auxiliar. A partir de la alerta de la OMS, se están extendiendo los controles fronterizos en los países afectados, así como el mismo tráfico de personas en las zonas de riesgo. El Ministerio de Exteriores español ha recomendado que no se viaje a Guinea Conakry, Sierra Leona y Liberia. Para entrar en España, los viajeros que proceden de zonas de riesgo deben realizar una declaración sanitaria que es supervisada por técnicos de Sanidad Exterior. La entrada del virus por la vía de los inmigrantes subsaharianos ilegales a través de las fronteras de Ceuta y Melilla es poco probable, dado que estas personas realizan largos viajes desde sus países de origen y la enfermedad se manifiesta muy pronto. ¿España está preparada para enfrentarse al ébola? España cuenta con unidades y profesionales especializados en tratar la enfermedad del ébola, situadas en el Hospital La Paz de Madrid y en el Hospital Clínic de Barcelona. El Ministerio de Sanidad tiene un Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias desde el que se establecen los mecanismos para garantizar la salud pública, así como protocolos detallados de actuación -que ya están estandarizados desde la OMS- que se han de difundir a las comunidades autónomas, sobre las que recae la gestión de la sanidad. Sin embargo, es cierto que a pesar de contar con unidades de atención y aislamiento, no es posible asegurar al ciento por ciento que la cadena de seguridad no se llegue a romper por algún sitio. ¿Cómo se puede evitar el contagio en los hospitales? Los trabajadores sanitarios que atienden a pacientes con el virus del Ébola deben aplicar, además de las precauciones generales, otras medidas de control de las infecciones para evitar cualquier exposición a la sangre o líquidos corporales del paciente y el contacto directo sin protección con el entorno posiblemente contaminado. Cuando se esté en contacto estrecho con un paciente (un metro de distancia o menos) deben protegerse la cara con máscara o mascarilla médica y gafas y usar bata limpia, aunque no estéril, de mangas largas y guantes (estériles para algunos procedimientos). Los protocolos también incluyen los modos en que el material sanitario debe usarse y desinfectarse para prevenir el contagio, unas medidas que también se extienden al personal de laboratorio que analiza las muestras tomadas para diagnóstico.

martes, 30 de septiembre de 2014

MARIANO MORENO


Mariano Moreno (1778 - 1811) Autor: Felipe Pigna Mariano Moreno nació en Buenos Aires el 23 de septiembre de 1778. Su padre, Manuel Moreno y Argumosa, nacido en Santander, era funcionario de la Tesorería de las Cajas Rurales. Su madre, Ana María Valle, era una de las pocas mujeres en Buenos Aires que sabía leer y escribir, y Moreno aprendió con ella sus primeras letras. El de los Moreno era un típico hogar de funcionario de mediana jerarquía, con casa propia y varios esclavos, en los Altos de San Telmo, a prudente distancia del aristocrático barrio del Fuerte. Su aprendizaje posterior estuvo limitado por las escasas posibilidades económicas de su familia: la escuela del Rey y el Colegio de San Carlos, que sólo lo admitió como oyente. Fray Cayetano Rodríguez, uno de los maestros de Moreno, le abrió la biblioteca de su convento. Su aspiración a seguir estudios en la Universidad de Chuquisaca se vio postergada hasta que su padre pudo reunir el dinero necesario. Finalmente, en noviembre de 1799, Moreno emprendió la travesía hacia el Norte. Dos meses y medio de viaje, incluyendo quince días de enfermedad en Tucumán, fueron el prólogo de la nueva etapa de su vida. Moreno tenía veintiún años cuando llegó a Chuquisaca. Allí trabó una profunda amistad con el canónigo Terrazas, hombre de gran cultura que le facilitó el acceso a su biblioteca y lo incluyó en su círculo de amigos y discípulos. Respetando la voluntad de su padre, en 1800 siguió los cursos de teología en la universidad de Chuquisaca. Un año después se doctoró e inició los cursos de derecho. De todos los autores que frecuentó en la biblioteca de Terrazas, Juan de Solórzano y Pereyra y Victorián de Villalba, le dejaron la más profunda huella. Solórzano reclamaba, en su Política Indiana, la igualdad de derechos para los criollos. Villalba, en su Discurso sobre la mita de Potosí, denunciaba la brutal esclavitud a que se sometía a los indios en las explotaciones mineras: "En los países de minas no se ve sino la opulencia de unos pocos con la miseria de infinitos". También fue en aquella biblioteca donde Moreno tomó contacto por primera vez con los grandes pensadores del "siglo de las luces". Quedó particularmente impresionado por Rousseau y su estilo directo y contundente: "El hombre ha nacido libre, pero en todas partes se halla encadenado", decía el autor de El contrato social. En 1802, Moreno visitó Potosí y quedó profundamente conmovido por el grado de explotación y miseria al que eran sometidos los indígenas en las minas. De regreso a Chuquisaca, escribió su Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios, donde decía entre otras cosas: "Desde el descubrimiento empezó la malicia a perseguir unos hombres que no tuvieron otro delito que haber nacido en unas tierras que la naturaleza enriqueció con opulencia y que prefieren dejar sus pueblos que sujetarse a las opresiones y servicios de sus amos, jueces y curas". En 1804, Moreno se enamoró de una joven de Charcas, María Guadalupe Cuenca. Guadalupe estaba destinada por su madre a ser monja, pero el amor por Moreno aumentó sus argumentos para negarse a la reclusión del convento. Se casaron a poco de conocerse y un año después, nació Marianito. La situación de los Moreno en Chuquisaca se estaba tornando complicada. Entre 1803 y 1804, Moreno había hecho su práctica jurídica en el estudio de Agustín Gascón, asumiendo la defensa de varios indios contra los abusos de sus patrones. En sus alegatos inculpó al intendente de Cochabamba y al alcalde de Chayanta. Las presiones aumentaron y Moreno decidió regresar a Buenos Aires con su familia. A poco de llegar, a mediados de 1805, comenzó a ejercer su profesión de abogado y fue nombrado Relator de la Audiencia y asesor del Cabildo de Buenos Aires. Durante las invasiones inglesas escribió una memoria con los acontecimientos más destacables. "Yo he visto llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba; y yo mismo he llorado más que otro alguno, cuando a las tres de la tarde del 27 de junio de 1806, vi entrar a 1.560 hombres ingleses, que apoderados de mi patria se alojaron en el fuerte y demás cuarteles de la ciudad." Tras las invasiones inglesas, los grupos económicos de Buenos Aires se fueron dividiendo en dos fracciones bien marcadas y enfrentadas: los comerciantes monopolistas y los ganaderos exportadores. Los comerciantes españoles querían mantener el privilegio de ser los únicos autorizados para introducir y vender los productos extranjeros que llegaban desde España. Estos productos eran carísimos porque España a su vez se los compraba a otros países, como Francia e Inglaterra, para después revenderlos en América. En cambio, los ganaderos querían comerciar directa y libremente con Inglaterra y otros países que eran los más importantes clientes y proveedores de esta región. España se había transformado en una cara, ineficiente e innecesaria intermediaria. Tras el interinato del Virrey Liniers, ocupó el cargo en 1809 don Baltasar Hidalgo de Cisneros. La situación del virreinato era complicada. El comercio estaba paralizado por la guerra entre España y Napoleón, que provocaba una enorme disminución de las rentas aduaneras de Buenos Aires, principal fuente de recursos. Ante la desesperante escasez de recursos, el nuevo virrey tomó una medida extrema, aun contra la oposición del consulado: aprobó un reglamento provisorio de libre comercio que ponía fin a siglos de monopolio español y autorizaba el comercio con los ingleses. Los comerciantes monopolistas españoles se opusieron y lograron que el apoderado del Consulado de Cádiz, Fernández de Agüero, enviara una nota de protesta al virrey, en la que alertaba sobre los peligros "económicos y religiosos" que implicaba el comercio directo con los ingleses. Moreno escribió entonces su célebre Representación de los hacendados. Allí defiende la libertad de comercio: "Nada es hoy tan provechoso para la España como afirmar por todos los vínculos posibles la estrecha unión y alianza con la Inglaterra. Esta nación generosa que, conteniendo de un golpe el furor de la guerra, franqueó a nuestra metrópoli auxilios y socorros, es acreedora por los títulos más fuertes a que no se separe de nuestras especulaciones el bien de sus vasallos (...) Acreditamos ser mejores españoles cuando nos complacemos de contribuir por relaciones mercantiles a la estrecha unión de una nación generosa y opulenta, cuyos socorros son absolutamente necesarios para la independencia de España". Un memorandum del Foreign Office de 1809 decía: "Sea que sigan dependiendo de España o que formen gobiernos independientes, lo cierto es que los sudamericanos, en este momento, abren sus brazos a Inglaterra: es indiferente en qué forma buscan nuestra ayuda, siempre que el incremento de los negocios y el nuevo mercado que nos ofrecen para la venta de nuestras manufacturas compense nuestra protección". La redacción de este documento acercó a Moreno a los sectores revolucionarios, que venían formándose desde las invasiones inglesas, y de los que se había mantenido a una prudente distancia. Tal vez por eso lo haya sorprendido el nombramiento como secretario de la Primera Junta de Gobierno, según cuenta su hermano Manuel. Moreno no fue protagonista de la Semana de Mayo. No se lo escuchó como a Castelli en el famoso Cabildo del 22, ni anduvo por la plaza con los chisperos de French y Beruti. Su protagonismo comenzó el 25 de mayo de 1810, al asumir las Secretarías de Guerra y Gobierno de la Primera Junta. Desde allí desplegará toda su actividad revolucionaria. Bajo su impulso, la Junta produjo la apertura de varios puertos al comercio exterior, redujo los derechos de exportación y redactó un reglamento de comercio, medidas con las que pretendió mejorar la situación económica y la recaudación fiscal. Creó la biblioteca pública y el órgano oficial del gobierno revolucionario, La Gazeta, dirigida por el propio Moreno, que decía en uno de sus primeros números: "El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso". Por una circular del 27 de mayo de 1810, la Junta invitaba a las provincias interiores a enviar diputados para integrarse a un Congreso General Constituyente. En Buenos Aires, el ex virrey Cisneros y los miembros de la Audiencia trataron de huir a Montevideo y unirse a Elío (que no acataba la autoridad de Buenos Aires y logrará ser nombrado virrey), pero fueron arrestados y enviados a España en un buque inglés. En Córdoba se produjo un levantamiento contrarrevolucionario de ex funcionarios españoles desocupados, encabezado por Santiago de Liniers. El movimiento fue rápidamente derrotado por las fuerzas patriotas al mando de Francisco Ortiz de Ocampo. Liniers y sus compañeros fueron detenidos. La Junta de Buenos Aires ordenó que fueran fusilados, pero Ocampo se negó a cumplir la orden por haber sido compañero de Liniers durante las invasiones inglesas. Moreno se indignó: "¿Con qué confianza encargaremos grandes obras a hombres que se asustan de una ejecución?" Encargó entonces la tarea a Juan José Castelli, quien cumplió con la sentencia, fusilando a Liniers y sus cómplices el 26 de agosto de 1810. En julio de 1810, la Junta había encargado a Moreno la redacción de un Plan de Operaciones, destinado a unificar los propósitos y estrategias de la revolución. Moreno presentó el plan a la Junta en agosto, y le aclaró a su auditorio que no debía "escandalizarse por el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y sacrificar a toda costa. Para conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios muy radicales". En el Plan de Operaciones, Moreno propuso promover una insurrección en la Banda Oriental y el Sur del Brasil, seguir fingiendo lealtad a Fernando VII para ganar tiempo, y garantizar la neutralidad o el apoyo de Inglaterra y Portugal, expropiar las riquezas de los españoles y destinar esos fondos a crear ingenios y fábricas, y fortalecer la navegación. Recomendaba seguir "la conducta más cruel y sanguinaria con los enemigos" para lograr el objetivo final: la independencia absoluta. A poco de asumir el nuevo gobierno, se habían evidenciado las diferencias entre el presidente, Saavedra, y el secretario Moreno. Moreno encarnaba el ideario de los sectores que propiciaban algo más que un cambio administrativo. Se proponían cambios económicos y sociales más profundos. Pensaba que la revolución debía controlarse desde Buenos Aires, porque el interior seguía en manos de los sectores más conservadores vinculados al poder anterior. "El gobierno antiguo nos había condenado a vegetar en la oscuridad y abatimiento, pero como la naturaleza nos ha criado para grandes cosas, hemos empezado a obrarlas, limpiando el terreno de tanto mandón ignorante." Saavedra, en cambio, representaba a los sectores conservadores a favor del mantenimiento de la situación social anterior. Un episodio complicó aun más la relación entre ambos. El 5 de diciembre de 1810, hubo una fiesta en el Regimiento de Patricios, para celebrar la victoria de Suipacha. Uno de los asistentes, el capitán de Húsares Atanasio Duarte, que había tomado algunas copas de más, propuso un brindis "por el primer rey y emperador de América, Don Cornelio Saavedra" y le ofreció a doña Saturnina, la esposa de Saavedra, una corona de azúcar que adornaba una torta. Al enterarse del episodio, el secretario Moreno decretó el inmediato destierro de Atanasio Duarte, diciendo que "...un habitante de Buenos Aires ni ebrio ni dormido debe tener expresiones contra la libertad de su país"; prohibió todo brindis o aclamación pública a favor de cualquier funcionario y suprimió todos los honores especiales de que gozaba el Presidente de la Junta. La pelea entre Moreno y Saavedra estaba desatada. Moreno, preocupado por los sentimientos conservadores que predominaban en el interior, entendió que la influencia de los diputados que comenzaban a llegar sería negativa para el desarrollo de la revolución. A partir de una maniobra de Saavedra, estos diputados se fueron incorporando al Ejecutivo, y no al prometido Congreso Constituyente. Moreno se opuso y pidió que se respetara la disposición del 27. Pero estaba en minoría y sólo recibió el apoyo de Paso. Cornelio Saavedra, moderado y conciliador con las ex autoridades coloniales, había logrado imponerse sobre Mariano Moreno. Para desembarazarse de él lo envió a Europa con una misión relacionada con la compra de armamento. Moreno aceptó, quizás con la intención de dar tiempo a sus partidarios para revertir la situación, y quizás también para salvar su vida. Saavedra dio su versión de los hechos en una carta dirigida a Chiclana el 15 de enero de 1811: "Me llamó aparte y me pidió por favor se lo mandase de diputado a Londres: se lo ofrecí bajo mi palabra; le conseguí todo: se le han asignado 8.000 pesos al año mientras está allí, se le han dado 20.000 pesos para gastos; se le ha concedido llevar a su hermano y a Guido, tan buenos como él, con dos años adelantados de sueldos y 500 pesos de sobresueldo, en fin, cuanto me ha pedido tanto le he servido". La fragata inglesa Fama soltó amarras el 24 de enero de 1811. A poco de partir Moreno, que nunca había gozado de buena salud, se sintió enfermo y le comentó a sus acompañantes: "Algo funesto se anuncia en mi viaje...". Las presunciones de Moreno no eran infundadas. Resulta altamente sospechoso que el gobierno porteño hubiera firmado contrato con un tal Mr. Curtis el 9 de febrero, es decir, quince días después de la partida del ex secretario de la Junta de Mayo, adjudicándole una misión idéntica a la de Moreno para el equipamiento del incipiente ejército nacional. El artículo 11 de este documento aclara "que si el señor doctor don Mariano Moreno hubiere fallecido, o por algún accidente imprevisto no se hallare en Inglaterra, deberá entenderse Mr. Curtis con don Aniceto Padilla en los mismos términos que lo habría hecho el doctor Moreno". Al poco tiempo de partir Moreno hacia su destino londinense, Guadalupe, que había recibido en una encomienda anónima un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros, comenzó a escribirle decenas de cartas a su esposo. En una de ellas le decía: "Moreno, si no te perjudicas, procura venirte lo más pronto que puedas o hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir. No tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios". La carta estaba fechada el 14 de marzo de 1811, y como las otras, nunca llegó a destino. Mariano Moreno había muerto hacía diez días, tras ingerir una sospechosa medicina suministrada por el capitán del barco. Su cuerpo fue arrojado al mar envuelto en una bandera inglesa. Guadalupe le siguió escribiendo sus fogosas cartas. Se enteró de la trágica noticia varios meses después, cuando Saavedra lanzó su célebre frase: "Hacía falta tanta agua para apagar tanto fuego". Los boticarios de la época solían describir los síntomas producidos por la ingesta de arsénico como a un fuego que quema las entrañas.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Lenta y silenciosamente: “Envenenados”


Lenta y silenciosamente: “Envenenados” Los cultivos transgénicos a nivel global aumentaron exponencialmente en los últimos años: de 1,7 millones de hectáreas en 1996 a más de 175 millones de hectáreas en el 2013, así lo demuestra un informe del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas (ISAAA), que además indica que los Estados Unidos es el líder mundial en la adopción de cultivos genéticamente modificados con 70,1 millones de hectáreas -el 40% del total-, seguido por Brasil en el segundo lugar por quinto año consecutivo, con un impresionante aumento de 3,7 millones de hectáreas -un 10% con respecto a 2012-, manteniéndose en el tercer lugar Argentina, con 24,4 millones de hectáreas. Este informe demuestra que el sistema de plantaciones y cultivos transgénicos significa un importante negocio y fuente de ingresos, tanto para el sector privado como para el Estado. Según Patricio Eleisegui, autor del libro Envenenados, “hay una estructura de producción económica de ganancia muy fuerte, que lo que está haciendo es atar la riqueza del país a este tipo de sistema de producción que se basa en un combo que genera muy bajos costos: operar con semillas transgénicas que son resistentes a determinados agroquímicos en base a una técnica de cultivo que es la siembra directa”. Es lógico entonces que el tema no esté en la agenda de prioridades del Estado y mucho menos en la mesa de discusión de las grandes corporaciones involucradas. Los intereses en juego son muchos y la cuenta final, como bien señala Eleisegui en la entrevista para Abro comillas, le cierra a todos: “Se ha logrado un superávit fiscal en la Argentina en los últimos años que oscila entre los 35 y 40 mil millones de dólares, un monto que ingresó al país entre el año 1996 y 2011. Por ende, toda la recuperación económica después de la crisis de 2001 en el país reposa en la eficacia que ha tenido este tipo de producción, de ahí que están involucrados todos los estados, los municipios, las provincias y el gobierno nacional, y por supuesto los proveedores que elaboran las semillas, los agroquímicos y fertilizantes, y otros tipos de desarrollo biotecnológicos”. Cabe preguntarse entonces ¿a costa de qué? y ¿de quiénes? El periodista afirma que estos pocos productores y empresarios incrementan sus ganancias, ante un Estado que parece ignorar la problemática. Interrogantes que se planteó el joven periodista de 36 años, oriundo de Sierra de la Ventana, provincia de Buenos Aires, al advertir que había muchas denuncias acumuladas y encajonadas sobre las consecuencias de estas nuevas prácticas agrícolas en la salud de las personas. “Abortos espontáneos, malformaciones, múltiples casos de cáncer, todos problemas que hasta hace dos décadas era muy raro ver en el interior, especialmente en las provincias agrícolas argentinas, y que de repente hoy se han convertido en un lenguaje común”, asegura Eleisegui. Fue así que a partir de un minucioso trabajo de campo, Eleisegui logró obtener no sólo la voz de los especialistas, sino también el intenso relato de los afectados provenientes de diferentes provincias del interior del país. Historias de vida sufridas que, más tarde, plasmaría en su libro editado por Wu Wei, el cual fue presentado a sala llena el pasado 26 de marzo en el Centro Cultural Borges. En la recopilación y repaso del proceso histórico que se inició con fuerza en la década del ’90, dando como resultado el aumento del uso indiscriminado de semillas modificadas genéticamente y los diversos pesticidas que actualmente se vierten en la tierra, el escritor y periodista se apoyó en fuentes directas y confiables, como es el caso de Estela Lemes, directora de una escuela rural de Costa Uruguay Sur, en la provincia de Entre Ríos, quien más de una vez denunció junto a un grupo de padres, las fumigaciones que se realizan en los alrededores de la Escuela Nº 66 Bartolito Mitre. “Lo más curioso de este caso es que Costa Uruguay Sur está muy cerca de Gualeguaychú y Estela Lemes llevó el reclamo a la Asociación Ambientalista, quienes son en definitiva quienes se oponen a la instalación de las pasteras, y ella me explicaba que muchos de esas personas a quienes había llevado la denuncia eran productores de soja, es decir, los mismos que fumigaban los campos y las escuelas”, explica el autor. También se interiorizó por el caso Jeremías Chauque, que tuvo algo más de repercusión en los medios, tal vez por tener la suerte de ser el hijo del músico Rubén Patagonia. Oriundo del pueblo de Desvío Arijón, en la provincia de Santa Fe, más de una vez Chauque y su familia fueron amenazados por empresarios de la zona al querer impedir que se fumigara un campo que queda a 60 metros de su vivienda. “Se está fumigando prácticamente en la última calle del pueblo, es decir, termina el pueblo y empieza el cultivo”, comenta el periodista quien además agrega: “Jeremías y otras familias del lugar tienen a sus hijos con casos de alergia y problemas respiratorios. Esto llevó a que el mismo Jeremías tuviera que cruzar el alambrado en más de una vez, para impedir la fumigación. Lo único que logró es que la justicia lo condene por invadir la propiedad privada, por agredir a un productor, y hasta fue amenazado en presencia de la misma policía del pueblo”. Córdoba fue otra de las provincias investigadas que sufre de cerca esta problemática, sin ir más lejos, el caso de Sofía Gatica es uno de los más emblemáticos. Conocida como la madre del pueblito B° Ituzaingó y referente de la lucha contra las fumigaciones del modelo agroindustrial imperante tanto en Argentina como en Latinoamérica, hoy lidera el acampe contra la multinacional Monsanto que quiere instalar una planta de secado de semillas de maíz en otra localidad de su provincia, llamada Malvinas Argentinas. “Sofía denunció la multiplicidad de casos de cáncer que había en el barrio, donde se comprobó la existencia en el agua y en el suelo del insecticida y acaricida organoclorado endosulfán. Es uno de los lugares con las tasas más altas de cáncer de la Argentina, y ella perdió una hija a raíz de este motivo”, describe Eleisegui. Con el paso del tiempo estos casos se fueron multiplicando y expandiendo por todo el país. Esta “bomba química”, como decidió llamar el periodista de investigación a la toxicidad de los plaguicidas, “extermina en silencio”. Cruda pero real sentencia de Eleisegui que sostiene y fundamenta a lo largo de 240 páginas, a base de estudios, documentación y entrevistas a los protagonistas. “Combinación de grandes intereses”, afirma el profesional que, con ética y compromiso periodístico, no dudó de enfrentar desde el comienzo de su trabajo. Mientras él recopilaba datos e información de fuentes directas para su libro, las máquinas continuaban fumigando escuelas y familias, el Estado negando la gravedad de los casos denunciados, y los medios de comunicación callando y ocultando. “Lo que sucede con los medios es simple, son los intereses creados alrededor del negocio del agro”, afirmó el colega que estudió la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Y continuó: “Hay que pensar que en definitiva los dos periódicos más importantes de la Argentina organizan una exposición donde todos los años se dan a conocer todas las innovaciones tecnológicas para el campo, y entre otras cosas se presentan los últimos desarrollos a nivel de equipamiento para fumigación, a nivel de semillas transgénicas, entonces, el silencio es comprensible porque afecta directamente a los intereses económicos de estos medios”. Hay un discurso instalado por los actores de la escena agraria, sostenido desde el Estado y amparado por los medios. “Lo que se ha generado desde lo discursivo es la idea de que no se puede producir de otra manera”, sostiene Eleisegui quien además advierte: “Hay una historia que nos quieren vender, dependerá de nosotros si la compramos”. La pregunta es ¿cómo era hasta la década del ’90? Antes de que la soja se transformara en el producto estrella, con una producción que se expandió un 8,4% anual entre 1995 y 2008 ¿el campo y el Estado no ganaban?, “claro que sí, ganaban, pero menos”, afirma Eleisegui, quien más tarde explica: “Sería una cuestión de resignar parte de esta ganancia para discutir un bien sanitario general, algo que no está haciendo el Estado, porque está negando completamente que hay una problemática con los agroquímicos, para el Estado no pasa nada con los agroquímicos, no hay contaminación y no hay otra manera de producir. Lo cierto es que Argentina producía de otra manera hasta el año 1996 y la verdad que tan mal no le iba”. Queda claro que Eleisegui no compró la historia que muchos quieren vender y que con buen olfato periodístico hurgó y se encontró sobre el final de su trabajo con Fabián Tomasi, quien más tarde terminaría teniendo su foto en la tapa de Envenenados. “Aquí hay un negocio del que unos viven y otros mueren. No sé de qué lado están ustedes. Para mí no hay discusión”, fueron las palabras con que inició su charla el ex empleado del campo de la localidad de Basavilbaso, de la provincia de Entre Ríos, durante la presentación del libro en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La sala Norah Borges, del Centro Cultural Borges, quedó en silencio ante el conmovedor relato de Fabián, quien tiene tan sólo 47 años y que salvó su vida gracias a un tratamiento con medicina alternativa: “No soy un ambientalista, sino un afectado, un sobreviviente por haber nacido en una economía emergente. Soy un espejo de lo que va a pasar. Me pasó a mí por estar en la primera línea; pero les va a pasar a todos. Como le pasó a esa niña de 4 años, Angelina Romero, con cáncer de estómago, a quien vi morir de dolor abrazada a su hermano. Repito, no soy ni un sojero ni un ambientalista. Soy un afectado de esos que no queremos morir”. Después de estas palabras no queda mucho más para decir. Sólo resta invitar a la reflexión, porque en definitiva, Envenenados pone en juego el valor de la vida, como dice Fabián Tomasi: “hay gente que está muriendo, eso no tiene precio, ahí ya no hay negocio”. El libro Envenenados será presentado en la 40° Feria del Libro, en la ciudad de Buenos Aires (fecha todavía a definir). Habrá ejemplares a la venta en el espacio del Foro de Periodismo Argentino (FOPEA), se los podrá comprar en el stand 3024 (Pabellón OCRE – Predio Ferial La Rural – Av. Santa Fe 4201, Ciudad de Buenos Aires), que estará abierto entre el 24 de abril y el 12 de mayo, de lunes a viernes de 14 a 22 horas, y sábados, domingos y feriados de 13 a 22 horas. Por Ángel Colángelo Contenido exclusivo del portal de cultura www.abrocomillas.com.ar Todos los derechos reservados. - See more at: http://www.mariajuliaolivan.com.ar/2014/04/28/lenta-y-silenciosamente-envenenados/#sthash.MKJiBsPc.dpuf