miércoles, 17 de agosto de 2016

EL GENERAL SAN MARTÍN VISTO POR EL DOCTOR RENÉ FAVALORO


17/08/2012 José de San Martín por René Gerónimo Favaloro Homenaje a San Martín (fotografía publicada por alsurinforma.com) En este ensayo he tratado de resumir la vida del general San Martín basándome en hechos históricos probados y no en meras superficialidades que, a veces, al correr del lápiz (así he escrito todos los borradores de este trabajo, pues debo confesar que no sé escribir a máquina ni usar correctamente un dictáfono) se distorsionan y se alejan de la realidad. Como dije en el prólogo, me enclaustré durante tres semanas y, acostumbrado a trabajar diariamente en forma ininterrumpida durante diez o doce horas, no fue difícil alargarlas un poco más y terminar casi todos los días a la madrugada con la mano derecha y los ojos doloridos. Nunca he creído en las vacaciones largas, pero en esta oportunidad estuve ausente, por primera vez, de mis tareas habituales demasiado tiempo. Gocé leyendo y releyendo viejos libros amigos que, como siempre, terminan destartalados de tanto marcar y subrayar aquello que me impresiona por su valor y que sólo resalta después de varias lecturas. Esta vez, los pobres estuvieron desparramados en una larga mesa y fueron y vinieron de mis manos en infinidad de ocasiones para comparar, aclarar y certificar lo que iba analizando. (…) Lo primero que ustedes deben descartar es que haya pretendido relatar una vez más la vida del Libertador. Esto ha sido realizado tantas veces desde el trabajo de Mitre, que sería absolutamente redundante. He presentado sus aspectos salientes nada más que como introducción de este capítulo final. Preocupado desde siempre con todo lo que sucede en este, mi pobre y amado país, he creído que recordando la vida de San Martín podemos obtener algunas conclusiones que nos guíen en un momento muy especial, en el que todos buscamos desesperadamente –a través de un nuevo intento democrático- el camino seguro y firme que nos lleve a concretar, en justicia y libertad, una nueva sociedad que la evolución de la humanidad requiere. El verdadero San Martín, con sus virtudes y defectos, nos puede ayudar. Veamos cuáles fueron sus principales mensajes: Esfuerzo Su vida fue, sin ninguna duda, la demostración más acabada de que todo, absolutamente todo aquello que queremos y pretendemos alcanzar y desarrollar, se consigue a través del esfuerzo. En nuestro tiempo, y en especial al comienzo de la década del 60, el facilismo comienza a deteriorar a nuestra sociedad y, en particular, a la juventud de ese híbrido que conocemos como el mundo “occidental y cristiano”. (…) Entendámonos bien, corresponde a los jóvenes, ahora y siempre, estar a la vanguardia de los movimientos que luchan por una sociedad más justa, pero el acto de vivir lleva implícito obligaciones, deberes y responsabilidades, además de derechos. A este facilismo, acompañado de la evasión que se consigue todavía más rápidamente si le agregamos un poco de droga, la obscenidad y pornografía barata, como actos justificativos de una falsa liberación; San Martín le ofrece un camino mejor a través del esfuerzo honesto en aras de grandes ideales. En su caso en particular, estos son: la libertad y la independencia del absolutismo –representado por la España feudal de aquellos tiempos-, que le impone a América muchos sacrificios en tributos y en vidas humanas documentados en la carta de Jamaica, resumen del pensamiento de todos los que se unieron en esa tarea común. Por eso describo en detalle el Paso de los Andes, como ejemplo principal y trascendente de San Martín y sus hombres. Como se vio, no fue tarea simple. Hubo que preparar un ejército casi de la nada y cruzar la cordillera por seis pasos diferentes, atravesando caminos a veces desconocidos que demandaron sacrificios heroicos –recordemos las batallas y encontronazos- donde todos, desde el jefe hasta el último soldado, ayudados por los guías y paisanos conocedores de la región, buscaban solamente la libertad. Agregaría, como ejemplos, la retirada después de Cancha Rayada comandada por Las Heras, la tarea de fray Luis Beltrán antes de Maipo o la campaña de la sierra a cargo de Arenales. Para San Martín el esfuerzo fue doble, no por la responsabilidad sino por el estado de su salud, en particular sus malestares gástricos que lo desangraron desde Tucumán hasta su regreso. Es preciso recordar que estuvo a punto de morir en Mendoza, donde encontró algo de reposo durmiendo sentado durante tres meses, que cruzó la cordillera por séptima vez en camilla a hombros de sus soldados y que, inclusive, no lo perdonan ni en el regreso, pues reaparecen en Santiago en casa de los O´Higgins. Claro que para el Libertador el sufrimiento era lo cotidiano, porque desde los trece años en Orán –donde tuvo su primera experiencia militar- el malestar físico fue su eterno acompañante. Quede claro, entonces, que el primer mensaje es el esfuerzo que lleva implícito el sufrimiento y que tiene como premio el inmenso goce espiritual del deber cumplido. Generosidad Nos referiremos aquí solamente al aspecto civil, pues ya analizaremos el verdadero mensaje militar sanmartiniano. Desde que comenzó su actuación en tierra americana, es esa una característica definitoria de sus sentimientos para con la comunidad. Es ese el sentido que tiene el haber donado la mitad de su sueldo, al ser nombrado comandante de Granaderos a caballo, hecho que repite en Mendoza donde, finalmente, por no alcanzarle para vivir, pide sea reducido a un tercio. Tiene conciencia de las dificultades económicas por las que atraviesa el país y es por ello que se impone sacrificios. Su ejemplo es, a su vez, imitado por varios de sus subordinados. La generosidad tiene como sustento su sentido de la solidaridad social, que se manifiesta también al ceder un tercio de los productos de la quinta Los Barriales: “obligados a hacer el bien de nuestros semejantes por la naturaleza y por la sociedad”, dice en nota al gobernador. Pero ese gesto lleva un destino determinado: “la dotación de una cátedra de matemática y geografía…” pues pretende que “la juventud forme las más fuertes columnas sostenedoras de la libertad y el decoro nacional…” Cuatro años más tarde, desde el Perú, le escribe al cuidador de la chacra con los mismos sentimientos: auxilie usted a los pobres con granos y herramientas que pueda… Los Barriales tiene que ser el paraíso de Mendoza y el auxilio de todos los infelices…” La misma determinación tomará con la finca donada por el gobierno de Chile “asignando la tercera parte de sus productos para el fomento del Hospital de Mujeres –en esa capital- y dotación de un vacunador que, recorriendo la provincia, la libre de los estragos de la viruela”. Es también digno de recordar que, al otorgarle Chile –después de Chacabuco- un sueldo de seis mil pesos anuales, se resiste a recibirlo en dos oportunidades y lo comunica finalmente por escrito al comisario del Ejército para su estricto cumplimiento. Sabe muy bien que hay que utilizar hasta el último peso para la expedición a Lima. Modestia No hay duda de que este fue un sentimiento profundamente arraigado en su manera de ser. Claro está que hablo de la verdadera y natural y no de la falsa que, a pesar de los esfuerzos de los individuos que la utilizan, al final sirve para desenmascararlos, ya que es imposible ocultar lo que no se posee. Acordémonos de su vestimenta escasa y sencilla, que manda componer y remendar cuantas veces sea necesario mientras se pueda usar. Acordémonos de cómo huía de los homenajes después de los éxitos militares, entrando en las ciudades de noche o de madrugada en el día y la hora que él sólo determinaba. Así, por ejemplo, al darse cuenta de que sería muy difícil eludir el homenaje después de Maipo, escribe a Pueyrredón el 9 de abril anunciándole su próximo viaje y agrega: “… no quiero bullas ni fandango”. ¡Por eso el arco de triunfo que el director había ordenado preparar solo sirvió para que San Martín le echara una miradita a la madrugada con las calles desiertas! En su residencia del Palacio de los Obispos en Chile –al regresar de su viaje a Buenos Aires, después de Chacabuco-, se encuentra con una hermosa vajilla de plata que el gobierno le obsequia. A un general que estaba acostumbrado a comer en la cocina, seguramente intercambiando palabras con el cocinero que le preparaba puchero o churrasco la mayoría de las veces, no le habrá costado mucho redactar: “No estamos en tiempos de tanto lujo: el Estado se halla en necesidad y es necesario que todos contribuyamos a remediarla”. No acepta el regalo, y agrega al final que la nota de rechazo sea reservada al público. He aquí reflejada su auténtica y verdadera modestia. Generosidad, solidaridad social, modestia. Tres condiciones fundamentales, indispensables en la sociedad de nuestro tiempo, que todos deberíamos practicar a diario para contribuir a su mejor desarrollo. Estoy convencido de que estos sentimientos existen en gran parte del pueblo, en especial a medida que nos alejamos de la Capital Federal. Estoy convencido también de que escasean en nuestra clase dirigente, y me refiero no solamente a los pocos que son representativos (líderes, por darles alguna denominación) de los diversos sectores que componen la banca, el comercio, la industria, los ganaderos, los profesionales, los profesores universitarios, etc., sino a esa mayoría silenciosa que conforma la clase media alta de nuestro país, en especial la que vive en las grandes ciudades. Son miles de argentinos los que, junto a los pocos que quedan de la clase alta, producen el “ruido”, es decir, llenan las costas en el verano, no sólo las nuestras sino las vecinas de Punta del Este o las algo más distantes de Brasil. Son los que en invierno copan Bariloche o los lugares cordilleranos transformados en centros de esquí, los que compran miles de pasajes rebajados de los vuelos internacionales. Son los mismos que para tener status –compitiendo con los habitantes de los países centrales aunque vivan en un país pobre- transitan con el coche importado, mantienen la ostentosa casa de fin de semana, el yate de ser posible y se visten con ropa fina rotulada a la vista para que los demás se enteren del dinero gastado. Los más adinerados invierten, de cuando en cuando, miles de dólares en cuadros de pintores famosos –que deberían estar en museos para goce de todos-, no porque los sepan apreciar sino para exhibirlos en sus casas o pisos lujosos a los amigos, que invitan a sus acostumbradas recepciones y que contribuyen a mantener la adulación sin la que les sería difícil vivir. Todavía quedan aquellos que tienen acceso al jet privado para viajar a descansar, de tanto en tanto, con preferencia a Punta del Este aunque más no sea por un fin de semana. Estoy seguro de que los que me acompañan en la Fundación –por haber sido testigos de las innumerables gestiones en busca de apoyo para la investigación y la docencia- comparten mis convicciones de que los sentimientos de generosidad, solidaridad social y modestia hace rato dejaron de pertenecer a la mayoría de esa clase dirigente (en relación directa con su capacidad económica). Claro está que existen las excepciones muy honrosas, por cierto, que sirven para confirmar la regla. Estoy convencido también, de que San Martín estaría de acuerdo –al compararla con aquellos que colaboraron en la preparación del Ejército de los Andes en Cuyo- en que los años han pasado en vano y que el individualismo egoísta ha infectado nuestra sociedad. Esto lleva a esa clase dirigente a defender sus propios intereses y a oponerse al devenir social que, de cualquier manera, llegará como consecuencia inevitable de la evolución del hombre. La falsa y hueca clase dirigente, que no es exclusiva de nuestro país sino que es común a toda Latinoamérica, es la que pone el grito en el cielo cuando se quiere avanzar en el sentido correcto. ¿Qué es eso de querer gravar las tierras improductivas? ¿Qué es eso de que los beneficiarios de una universidad gratuita –lo que significa que la sociedad pagó sus estudios- sean obligados con un pequeño impuesto para sostener los centros de excelencia que el país reclama? ¿Qué es eso de querer gravar las casas de fin de semana? ¿Qué es eso de declarar la nominatividad de las acciones? ¿Qué es eso de terminar con el secreto bancario? “Todas medidas comunistas”, contestarán. A esa clase dirigente le pido que vuelva a leer el resumen de los decretos de San Martín en Mendoza; ¡hasta los muertos debieron efectuar donativos! En este momento difícil que nos toca vivir, corresponde a la democracia realizar las medidas de cambio profundo para que la solidaridad social y la generosidad sean establecidas por leyes justas y soberanas, como lo fueron en Mendoza –en algunos casos por decretos compulsivos-, ya que esperar de la espontaneidad es esperar en vano. Estas leyes existen desde hace años en otros países y forman parte sustancial del desarrollo de los pueblos. Preguntémosles a los profesionales argentinos radicados en Estados Unidos, que suman centenares de miles, si pagan o no el altísimo impuesto a los réditos. ¡Vaya si lo pagan con porcentajes que serían calificados de extorsivos en nuestro país! Y son los mismos argentinos de carne y hueso. Ya estoy oyendo las réplicas. De acuerdo; terminemos con la burocracia estatal. Pero no dejemos de leer y releer –perdóneseme la insistencia- los decretos de San Martín en Mendoza obligando a los argentinos a la solidaridad. No nos quejemos, después, si esas banderas son utilizadas por falsos líderes izquierdoides de nuestro país –quienes también se visten con camisas, corbatas y medias con rótulos- para contaminar a nuestros jóvenes y desviarlos de la libertad y la democracia. Honestidad Sin duda es esta una de las grandes lecciones de la vida del general San Martín. A través de sus pasos –desde San Lorenzo hacia Lima- su trayectoria fue de una honestidad transparente. Pensemos que tuvo en sus manos el gobierno de Mendoza, que indirectamente se ocupó del de Chile –el gobierno real estaba a cargo de O´Higgins-, en particular lo referente a la preparación de la expedición a Lima, y que después fue el protector con poderes ilimitados en esa ciudad, la de mayor riqueza en América por aquellos años. No habría más que recordar los tesoros depositados en El Callao –que hacían encender el espíritu pirateril del Cochrane-, para darse cuenta de que oro y dinero estuvieron a su alcance en innumerables oportunidades. El único episodio que dejó cierta duda fue el dinero depositado por Álvarez Condarco en Londres y que, a mi entender, ha sido un hecho correctamente aclarado por Galván Moreno. Hay que insistir en que no sólo no se apropió de un céntimo, sino que –como ya se expresó previamente- hasta donó parte de sus haberes. Llegó al colmo de renunciar al sueldo de general en jefe del Ejército de los Andes mientras dura su separación por enfermedad en Chile, en diciembre de 1817. ¡Mayor honestidad, imposible! Sus administraciones fueron siempre modelo de cómo utilizar correctamente los dineros públicos, sin gastos superfluos y dando cuenta hasta del último centavo, como queda bien ejemplificado en los archivos correspondientes. (…)Por su honestidad y al no recibir regularmente la pensión decretada por el Perú, vive de penuria en penuria en Europa hasta la aparición de su amigo Aguado. No se conoce la fecha exacta, pero deber haber sido después del casamiento de su hija e 1832. Fueron ocho años de verdadera indigencia. No obstante sus virtudes, la maledicencia lo acompañó siempre –como a casi todo hombre político- no sólo por desconfiarse de sus verdaderos propósitos políticos sino de enriquecimientos ilícitos. Así, después del acta de Rancagua, en Buenos Aires se hablaba de someter a San Martín a juicio militar por su desobediencia y por haber recibido –se decía- quinientos mil pesos. Una de las imputaciones era que el dinero había sido entregado para pagar los gastos realizados por Mendoza y que, por el contario, San Martín se había apoderado del mismo. El Libertador se dirige al gobierno chileno, en julio de 1820. Pidiendo aclare los trascendidos que, como es lógico, O´Higgins responde inmediatamente reivindicándolo y recalca: “…que la mayoría de la opinión pública conoce el merito de su honestidad”. Ya de regreso –inesperado para chilenos y argentinos-, la maledicencia vuelve a acompañarlo y es acusado de haber entrado de contrabando por Valparaíso parte de oro de Lima. ¡No sabían que el oro que había traído era el estandarte de Pizarro y la campanilla de la Inquisición! (…) En carta a don Vicente Chilavert, dolorido por tantas tergiversaciones, y como él mismo lo dice ante la necesidad de desahogarse (pensemos que por ese entones estaba en la miseria), expresa desde Bruselas, en enero de 1825: “…por lo expuesto no sé ya que línea de conducta seguir, pues hasta la de separarme de las grandes capitales y vivir oscurecido en ésta no ponen a cubierto de los repetidos ataques a un general que, por lo menos, no ha hecho derramar lágrimas a su patria. Me he extendido más de lo que pensaba, pero séame permitido un corto desahogo a 2500 leguas del suelo que he servido con mis mejores deseos…” Es evidente que la honestidad constituye otro legado importante de San Martín, en especial para aquellos que cumplen tareas de gobierno en un país como el nuestro que, a lo largo de su existencia, he hecho de lo opuesto –la deshonestidad- algo tan frecuente hasta ser considerado como típico o característico del proceder argentino, público o privado. Desde que tengo uso de razón, pocos son los períodos en que los gobernantes han dado pruebas fehacientes de su honestidad. Los negociados conocidos y los que no trascienden han sido moneda corriente de tal manera que la gente se ha ido acostumbrando y hasta los aceptó como hechos normales. En algunos casos –existen ejemplos a montones para relatar- el pueblo, sin darse cuenta de semejante barbaridad, suele decir: “bueno, han robado pero han hecho obras, peor sería que, robando, no hubieran hecho nada!” Y el ejemplo cunde y se propaga en la comunidad donde la coima y el acomodo son lo habitual en los diversos niveles y grados. “¡Por algo hay que acomodarse!” A mi entender, este constituye el hecho negativo más importante de nuestra decadencia como Nación. Todo se ha ido degenerando por la inmoralidad. Recuerdo que, pocos años después de haber regresado al país, participé en una reunión televisiva como único invitado y cuando se me preguntó a qué atribuía la decadencia argentina, contesté: “A una sola cosa: la falta de moral” y agregué: “existe desde la presidencia para abajo”. Esto causó estupor en los periodistas que me entrevistaban y uno de ellos, en el resumen final, habló de mi “ingenuidad”. Por ese entonces, ya con cincuenta y un años, como era lógico, me negué a aceptarlo pues había vivido lo suficiente para perder el candor de mi niñez.
Estoy convencido de que sin honestidad no hay proyecto posible para el futuro. Hará falta una larga tarea educativa que debe comenzar desde las funciones de gobierno. La inmoralidad y la deshonestidad mancomunadas representan el cáncer que destruye a los hombres y a las instituciones y sólo pueden ser derrotadas con el uso debido de las leyes en plena libertad. Está bien demostrado que a mayor autoritarismo mayor deshonestidad, pues sólo la libertad permite desenmascarar a los inmorales. Deberíamos tener presente diariamente ejemplos como los de San Martín, para que su vida recta, limpia y honesta sirva de modelo. Pero es tan difícil demostrar la honestidad en medio de tanta inmundicia, que aquel que se decida a transitar por ese camino –por convicciones éticas que haya recibido de padres y maestros-, deberá saber, como gran paradoja, que la sociedad le exigirá dar examen todos los días, pues la maledicencia –hoy como ayer- todo lo enturbia. Trascendencia de la educación En el capítulo correspondiente, he señalado la importancia que San Martín le daba a la educación. Pensaba fundamentalmente en la formación de ciudadanos que supieran defender la libertad, pues como lo especifica en la circular a los maestros de Cuyo “la liberad, ídolo de los pueblos libres es aun despreciada por los siervos, porque no la conocen”. Enamorado de los libros, fundó tres bibliotecas y, en el decreto por el que se creó la de Lima, estampó esta frase definitoria: “Los días de estreno de los establecimientos de ilustración son tan luctuosos para los tiranos como plausibles a los amantes de la libertad”. Para darle todo su valor, en el acto de la inauguración insiste en que la ilustración universal es más poderosa que los ejércitos para sostener la independencia, pero es importante comprender –como lo había manifestado al donar los diez mil pesos para crear la biblioteca de Chile- que por sobre todo le preocupa que se lean “los sagrados libros que forman la esencia de los hombres libres”. Así lo había hecho él con su “librería”; no hay más que releer la lista de algunos de los setecientos libros que poseía y de los que solamente sesenta y tres eran militares. En la colección, se destacan los de historia y filosofía y son dignos de mención los doce tomos de Montesquieu, su autor favorito, que tanto influyó en su carácter y pensamiento. Es indudable que, a medida que recorría los pueblos, comprobaba que no estaban preparados para recibir la independencia y sentirse libres con ella. Por eso, a pesar de sus ideas republicanas, se convence cada vez más de que todavía no estaban listos para practicarla. De ahí, su propuesta de instaurar monarquías constitucionales, quizá como algo transitorio que permitiera luego –a través de la educación- el paso definitivo a la democracia. Estos mismos pensamientos docentes eran compartidos por Bolívar, y en especial por Sucre, un militar de alma transparente poco conocido por los argentinos, quien durante su presidencia en Bolivia ¡pretendió instalar un colegio en cada pueblo! Por desgracia, ese mensaje sanmartiniano sigue sin cumplirse. A muchos les llamara la atención esta aseveración tan concluyente, cuando siempre nos hemos jactado del alto nivel alcanzado por la educación en nuestro país. No podemos negar que, con la implementación de la ley 1420 de enseñanza primaria obligatoria, se dio un paso significativo. Si analizamos en profundidad el presente, en particular el alto índice de ausentismo escolar, observaremos –como es lógico- que está directamente relacionado con la pobreza y con los índices de mortalidad infantil. Claro está, por otra parte, que esta conclusión es semejante en las villas miseria que están allí nomas, a las puertas de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires. Es este el problema más trascendente que debe afrontar nuestra sociedad: el de la enseñanza, pero el de la enseñanza primaria. ¿Qué sentido tiene que se siga dando tanto tiempo y tanto espacio a la discusión de los problemas universitarios en un país donde sobran profesionales de mala calidad, formados por casas de estudios fabricantes de títulos? Precisamente en eso se han convertido nuestras universidades a través del populismo barato que, además, ha pervertido la mente de nuestros jóvenes. A veces, en charlas o conferencias en colegios secundarios y en las mismas universidades, para que el problema se comprenda en profundidad, he manifestado, como hipótesis, que nada pasaría si cerráramos las universidades por algunos años. En el fondo soy un convencido de que podría ser así: ¡ni siguiera nos daríamos cuenta de ello! Necesitamos sin duda una profunda reforma universitaria como la del año 18, adecuada al tiempo en que vivimos, pues el país demanda universidades que formen profesionales capaces, además de centros de excelencia para la única elite que se justifica –la de las neuronas- y que debe constituir el basamento de nuestra clase dirigente. Sin duda, habrá que agregar la investigación a la tarea educacional, pues sin ella seremos siempre un país de segunda. Los esfuerzos máximos deben estar orientados hacia la planificación de la enseñanza primaria. Terminemos con los millones de argentinos analfabetos y semianalfabetos; si no lo hacemos serán siempre utilizados por los demagogos de turno –civiles o militares- y no comprenderán la verdadera razón de lo que les está pasando. Lo más urgente es rehabilitar la ley número 12.558, conocida como ley Palacios, pues fue este ilustre político argentino el que la gestó en el año 1938 para la creación de las escuelas hogares, en particular en las áreas rurales. Sin duda, habrá que adecuarla a nuestro tiempo. (…) ¿A qué se debe, por ejemplo, que una ley tan antigua –la ley Palacios cumplirá pronto cincuenta años- no sea una realidad en nuestro país? Me lo he preguntado muchas veces y la única explicación es que aquí, como en el resto de Latinoamérica, las clases poseyentes no tienen interés en que ello ocurra. Y aún voy más lejos, tienen temor de que ello pueda suceder. Como diría don Ezequiel Martínez Estrada, uno de mis maestros en el Colegio Nacional: “Si razona el caballo se acabó la equitación”. (…) pero de alguna manera hay que empezar a caminar, a correr –dentro de lo posible-, pero para ello “creo que debemos cortar toda diferencia” y hacer el sacrificio que la grave situación requiere. Después, al cabo de varios años –pues el camino sufriente de la recuperación será largo-, habrá “tiempo para transar nuestras desavenencias”. Es necesario recordar el mensaje que, desde el Perú, nos dejó el Libertador el 5 de diciembre de 1820: “Los triunfos que hasta aquí ha tenido el ejército de mi mando, y el glorioso brillante aspecto que ofrece la campaña del Perú, vuelve a cada paso mi memoria sobre el estado político de las Provincias del Río de la Plata, donde ha nacido la libertad de América y desde donde recibió el primer impulso la misma empresa que actualmente arrebata la atención de todo el continente. (…) Yo no puedo dejar de pensar en el peligro que amenaza a esos pueblos”. Concluye: “seguro que el gran voto de mi corazón es ver restablecida la armonía entre unos pueblos que por su heroísmo (…) son llamados a grandes destinos”, ¡que todavía estamos esperando! Deberíamos recoger el mensaje sanmartiniano de unidad nacional, para que con la colaboración de todos planifiquemos la Argentina del futuro pero, entendámoslo bien, sin guitarreos. Es este período de transición que lo exige. Material humano –que es lo difícil de conseguir- existe y así lo atestiguan los dos millones de argentinos que están diseminados por el mundo. (…) Renunciamiento Al analizar lo relacionado con la entrevista de Guayaquil traté de exponer las razones fundamentales del alejamiento temprano de San Martín, que dejó inconclusa su tarea. Muchos son los que todavía hoy no comprenden la magnitud de ese gesto: saber retirarse a tiempo cuando las circunstancias lo indican, contribuyendo de esa manea al triunfo de ideales en los que se han depositado tantas esperanzas. Las circunstancias de aquel momento así lo habían determinado y su mente privilegiada lo vio con claridad meridiana. No lo entendieron sus colaboradores más cercanos, menos aún lo harían los hombres de Chile o Buenos Aires. Su renunciamiento es todavía más admirable porque se acompaña del silencio y el camino al ostracismo que, como él lo manifestara en carta a Ramón Castilla años más tarde, en setiembre de 1848, es el servicio más grande que América tiene que agradecerle, pues comprometía su honor y su reputación. (…) Recordemos siempre el renunciamiento de San Martín. Tengámoslo presente, pues en algún momento de la vida –grande o pequeño, según sea nuestra responsabilidad individual o social- tendremos que hacerlo y, como el Libertador, hagámoslo en silencio. Mensaje a los militares argentinos Siempre se nos ha enseñado que nuestros militares son los herederos de San Martín y que las normas que rigen a nuestras fuerzas armadas son estrictamente sanmartinianas. Resumiendo su vida militar, quizá hallaremos la respuesta justa. Código de honor. Al comenzar la preparación de los soldados que iban a formar los cuerpos de granaderos a caballo, el general San Martín no sólo estableció rígidas normas de disciplina, sino que además redactó un código de honor claro y preciso (…). A ello agregó la reunión mensual de oficiales y cadetes, precisamente en su casa del regimiento, donde en forma democrática se juzgaba al acusado si había incurrido en alguna transgresión. Es decir, el código de honor no era una simple declamación volcada en un papel, sino que había que obedecerlo estrictamente por la “obligación que tiene todo oficial de honor de no permitir en el seno del cuerpo ninguno que no corresponda a él”. Y de allí en adelante, sin dudas, se cumplió durante toda la campaña. (…) Código de deberes militares. En Mendoza, durante la preparación del Ejército de los Andes, se dicta el código de deberes militares y pena para sus infractores que comprende cuarenta y un artículos expresando: “La patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene”. (…) Trato al enemigo y a los habitantes. Desde el combate de San Lorenzo –al finalizar proveyó de víveres a Zabala- hasta Lima, San Martín cumplió estrictamente los lineamientos de la conducta militar que se había impuesto. Así, antes de comenzar su cruzada por la libertad de América, hace conocer una proclama a los chilenos donde enfatiza: “La tropa esta prevenida de una disciplina rigurosa y respeto que debe a la religión, a la propiedad y al honor de todo ciudadano… Se castigará con severidad el menor insulto. Me prometo que no se cometerá crimen alguno bajo las banderas americanas, y que se arrepentirá tarde y sin recurso el que ofenda”. (…) Austeridad. (…) San Martín se levantaba a la madrugada, preparaba su propio café, lustraba sus botas, vestía humildemente y dormía la siesta sobre un cuero, sin perder luego ni un solo minuto hasta las diez de la noche, tanto en Mendoza como en Chile, a donde llegó con lo puesto y se negó a comer en bandeja de plata. (…) En carta a Tomás Guido, desde Mendoza el 15 de agosto de 1819: “La guerra se la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos ha de faltar; cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres, y si no andaremos en pelota como nuestros pisanos los indios. “Seamos libres y lo demás no importa nada. “Yo y vuestros oficiales os daremos el ejemplo en las privaciones y trabajos”. (…) Como lo manifestara en carta a Guido desde Bruselas el 18 de diciembre de 1827 (la misma donde deja estampado: “Serás lo que hay que ser, si no no serás nada”), expresa: “La conciencia es el mejor y más imparcial juez que tiene el hombre de bien. Ella debe servir para corregirnos, pero no para depositar una confianza que nos pueda ser funesta”. Las últimas palabras de este libro (¿Conoce usted a San Martín?) están dirigidas al general Libertador. Entre otros conceptos, su autor, el doctor René Gerónimo Favaloro, expresa: “En este momento difícil que los argentinos estamos obligados a sobrellevar, convencido de que alguna vez la democracia podrá demostrar que los derechos civiles no bastan y que es necesario desarrollar los derechos sociales, económicos y políticos para todos y no para unos pocos privilegiados, el señor General Libertador nos dejó una posdata: “desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos como un crimen de traición contra la patria y contra nosotros mismos” (Mendoza, 5 de junio de 1815). Ojalá nos comprometamos todos unidos a marchar en procesión en busca de un caldén alto y fuerte, allá, en medio de la pampa, para quemar nuestros pecados. ¡Como San Martín lo hizo con los pecadores de aquel entonces después de Maipo!, para emprender, sin pérdida de tiempo la auténtica reconstrucción. Febrero, 16 de 1986. “Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes. ¡Si resurgiera San Martín, caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes!”. Recuerdos de un médico rural (página 157). René Favaloro, enero 26 de 1980. Fuente: ¿Conoce usted a San Martín?, René G. Favaloro. Editorial Sudamericana S.A. Cuarta edición, julio 2011. Capítulo XIII.

martes, 16 de agosto de 2016

UN DÍA COMO HOY Conferencia económica/1957 "FRONDIZI Y EL DESARROLLISMO"


1957: Se inaugura en Buenos Aires la Conferencia Económica Interamericana. FRONDIZI Y EL DESARROLLISMO Presidencia (1958-1962)[editar] Su periodo de gobierno se caracterizó por adoptar el desarrollismo como política básica de gobierno, a partir de las recomendaciones de la CEPAL y las definiciones de la llamada teoría de la dependencia, desarrollada a partir de los años de 1950 por intelectuales de toda América Latina. Sin embargo, el desarrollismo frondizista se diferenció del cepaliano al recurrir principalmente a la radicación de empresas multinacionales, antes que al Estado, como factor de impulso del desarrollo industrial.9 Sus principales colaboradores fueron Rogelio Frigerio, Gabriel del Mazo (uno de los padres de la Reforma Universitaria), Oscar Alende (gobernador de la provincia de Buenos Aires), Roque Vítolo y Rodolfo Martínez.35 La apertura al mundo también se produjo en el campo cultural, cuando ciertas manifestaciones culturales que habían quedado soterradas bajo el peronismo florecieron durante el periodo frondizista. Las universidades adoptaron nuevas disciplinas como la sociología y la psicología. Hubo proyectos culturales como fue el caso de la Editorial Universitaria de Buenos Aires, que llegó a tener un público muy extenso. Por otro lado, temas como la psicología u otras materias sociales afloraron en el cine, como en las películas de Leopoldo Torre Nilson y Fernando Ayala, mientras que el teatro independiente popularizó a los grandes autores contemporáneos, y el Instituto Di Tella —creado el 22 de julio de 1958— comenzó a difundir las vanguardias artísticas que el Estado fomentó desde el Fondo Nacional de las Artes. El CONICET y el INTA promovieron la investigación científica rigurosa de acuerdo con los estándares nacionales. Los avances tecnológicos revolucionaron los medios de entretenimiento popular: uno de los más destacados fue el de la radio portátil Spika, que hizo posible que la gente pudiera seguir al instante las hazañas de los grandes deportistas del país como fue la del automovilista Juan Manuel Fangio. La revista Qué! desarrolló en Argentina el formato de magazine estadounidense; y el semanario satírico Tía Vicenta revolucionó el humor gráfico en el país. Su creador, Juan Carlos Colombres («Landrú»), fue el primer libretista de Tato Bores, quien introdujo el humor político en la televisión argentina.37 Política económica[editar] Commons-emblem-Under construction-green.svg Uno o varios wikipedistas están trabajando actualmente en este artículo o sección. Es posible que a causa de ello haya lagunas de contenido o deficiencias de formato. Si quieres, puedes ayudar y editar, pero antes de realizar correcciones mayores contáctalos en sus páginas de discusión o en la página de discusión del artículo para poder coordinar la redacción. La orientación general de la política económica de Frondizi siguió los lineamientos del desarrollismo, según las recomendaciones que la Cepal había empezado a sugerir en esa década a los gobiernos latinoamericanos, pero a través del enfoque particular elaborado por Rogelio Frigerio.38 Al asumir Frondizi, la economía argentina padecía una severa restricción externa, causada por el fuerte déficit de su balanza comercial, que le impedía contar con las divisas necesarias para importar los insumos que precisaba el tejido industrial que había crecido fuertemente en la década anterior. Una parte sustancial de ese déficit se debía a las importaciones de petróleo.38 Inicios del desarrollismo - Encuentro Frondizi- Frigerio. La Revista Qué. Arturo Frondizi lo expresa con notable exactitud: "fue una calurosa tarde de enero de 1956 y si alguien me pidiera que fijase una fecha de nacimiento del desarrollismo, indudablemente citaría ese día". En ese encuentro llevado a cabo en la casa de Delia Machinandiarena, comenzaron a trabajar en forma compartida en el análisis de los problemas nacionales. Utilizando la revista Que como instrumento para exponer la realidad social y política junto con los inconvenientes que el país debía enfrentar y las propuestas para dar solución a tales cuestiones. En torno a la revista, Rogelio Frigerio en 1946 había reunido hombres venidos de todos los horizontes de la izquierda que criticaban moderadamente la política peronista. El 23 de noviembre de 1955, Frigerio reedita Que. Los primeros números dan mucha importancia a los problemas internos del radicalismo. A su redacción se incorpora individuos de diversas extracciones políticas, Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche del peronismo, Merchensky y Odena del socialismo y, Montemayor y Camilión del nacionalismo. Qué era un órgano que defendía sistemáticamente el proteccionismo económico y atacaba el dirigismo estatal en el mercado interno, excepto cuando se traducía en inversiones públicas hacia sectores de infraestructura. La coalición UCRI – Peronismo y la llegada de Frondizi a la presidencia. - La Convención Constituyente y los acercamientos UCRI – Peronismo. En abril de 1957 el gobierno de facto de Aramburu resolvió convocar a elecciones para conformar el cuerpo de los convencionales constituyentes1. El cuerpo declaró vigente la Constitución de 1853 y las reformas de 1860, 1866 y 1898 con exclusión expresa de las reformas de 1949. Además debido, principalmente, a la intervención de Crisólogo Larralde (UCRP) se incluyó el artículo 14 bis o 14 nuevo que establece una serie de derechos del trabajador y obligaciones del Estado. La convocatoria dio impulso para que representantes de Frondizi se reunieran con allegados a Perón exiliados en Montevideo, entre ellos estaban Domingo Mercante, Arturo Jauretche, Ricardo Guardo y Arturo Sampay (considerado padre de la Constitución de 1949) pero la reunión fracasó debido a que Perón ordenó a sus seguidores que voten en blanco. Sin embargo estos acercamientos sirvieron de base para futuras negociaciones entre intransigentes y peronistas y, continuaron aquellos que habían sido animados por Ricardo Rojo, Emilio Perina y John William Cooke, entre otros. Los votos en blanco superaron a los de cualquier partido, el mensaje fue recibido por la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) y Rogelio Frigerio comenzó tratativas clandestinas con el ex-presidente exiliado en Caracas. El 3 de febrero de 1958 se firma un pacto en la ciudad de Trujillo (Santo Domingo), donde Perón se había refugiado luego del derrocamiento en Venezuela de Marcos Pérez Jiménez, en dicho tratado el antiguo mandatario afirma que votar por Frondizi es la mejor forma de lucha y que el candidato estaba comprometido a restablecer las conquistas sociales del justicialismo y permitir la libre expresión política y sindical con el compromiso de reunificar la CGT. Las reuniones dieron sus frutos y en febrero de 1958 circulo por el país una carta de Perón que alentaba a sus partidarios a votar por la UCRI. Así, con el "apoyo" del proscripto partido justicialista, la fórmula Frondizi – Gómez llegó a la presidencia con el 49% (4.050.000 de sufragios), dejando en segundo lugar, con el 29,2% de los votos (2.415.000), al partido del cual se había desprendido, la UCR, denominada en ese momento Unión Cívica Radical de Pueblo (UCRP) liderada por Ricardo Balbín2. El caudal de votos claramente eran los blancos más los que el partido radical intransigente había obtenido en las elecciones de julio del año anterior. - El escenario político Frondizi llega al poder condicionado, por un lado un por una obligación contraída con Perón que necesariamente debía respetar para viabilizar su gobernación y por el otro flanco por las Fuerzas Armadas artífices de la Revolución Libertadora (1955) que se encargarían de reprimir cualquier intento de acercamiento a tendencias peronistas y/o comunistas. Esta disyuntiva constituyó el dilema fundamental en cual el presidente electo debía desarrollar la gestión de gobierno. Además se sumaban reclamos de otros sectores como la izquierda que confrontaba al gobierno en el plano educacional en contra de la injerencia clerical y la educación privada. El sector agropecuario, representado por la Sociedad Rural, elevó sus reclamos por el rol secundario asignado en el plan de desarrollo y hasta la Unión Industrial presentó resistencia al hecho de devolver a los sindicatos el pleno ejercicio de sus derechos. La UCRP también se presentó como una dura oposición al gobierno durante toda su gestión. Existía por su parte un clima favorable para las ideas desarrollistas en el ámbito internacional. Se presenta como elemento impulsor de estas teorías el informe de la CEPAL de 1949, conducido por el argentino Raúl Prebisch, donde la noción de las ventajas comparativas (VC) es cuestionada enfáticamente. La teoría clásica de las VC, postula que los países se especialicen en la producción de aquellos bienes en los que pueda lograr una mayor productividad, determinada en el caso de los países emergentes de América latina por ventajas naturales. De esta manera, los países que no habían alcanzado el desarrollo industrial pasaban a depender casi exclusivamente de los términos de intercambio que venían acarreando un empeoramiento continuo. Por lo tanto, era fundamental presentar alternativas que independicen a los países "subdesarrollados". Teniendo en cuenta el triunfo de las fuerzas revolucionarias en Cuba, a fines de 1958 y la inserción de la Guerra Fría en América Latina era preferible el desarrollo de los pueblos emergentes que un vuelco a ideas comunistas, así es que hasta el predecesor del Banco Mundial, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, publicaba con considerable simpatía los pensamientos de autores como R. Prebisch, H. Singer, W. A. Lewis.3 - El escenario económico En un informe publicado en 1959 por la CEPAL encargado por el gobierno provisional de la revolución libertadora se describe: "El país carece de recursos exteriores para importar no solo los bienes de capital más indispensables, sino también las materias primas y productos intermedios que con creciente amplitud requiere el desenvolvimiento de su industria. Además, el estado de los transportes es precario y considerable el déficit de energía eléctrica. En el fondo de este proceso de estrangulamiento de la economía argentina hay un fenómeno de insuficiente acumulación de capital. Es notoria en esos servicios básicos y en la industria y el petróleo. La producción no ha crecido como debiera haberlo hecho por no haberse realizado las inversiones necesarias; asimismo, la producción agropecuaria ha declinado por carecer de incentivos y recursos para corregir deficiencias de inversión que se venía arrastrando y agravando desde la gran depresión mundial." 4 La economía argentina luego de la segunda Gran Guerra se caracterizó por una creciente producción industrial orientada al mercado interno a través del impulso del modelo de sustitución de importaciones implementado por el peronismo. Sin embargo, el modelo acarrea serias limitaciones de tipo externo que se derivan del escaso aporte de divisas de la industria manufacturera y su creciente demanda de moneda extranjera para la adquisición de insumos. El proceso de estrangulamiento debido a limitaciones de tipo externo impone un funcionamiento de tipo stop-go (pare-siga) se relaciona de manera directa con el ciclo económico: en periodos de austeridad se produce un ahorro forzado de divisas debido al bajo nivel de actividad y restricción económica, cuando se revierte el ciclo, mejora el nivel de utilización de factores y comienzan a destrabarse los mecanismos de demanda de divisas, vía importaciones, se genera un proceso de estrangulamiento que no permite alcanzar los niveles de pleno empleo. Se presenta así, un escenario en que es incompatible la posibilidad de un crecimiento sostenido con niveles de pleno empleo.5 Leer más: http://www.monografias.com/trabajos94/desarrollismo-argentina/desarrollismo-argentina.shtml#ixzz4HVXN66T7 << Nota Anterior Nota Siguiente >> EDICIÓN IMPRESA COLUMNISTAS 04.05.15 | 00:00 La economía desarrollista de Frondizi GUILLERMO ARIZA GUILLERMO ARIZA Integrante del Club Político Argentino y la Fundación Frondizi Frondizi , Frigerio Fotos La economía desarrollista de Frondizi La economía desarrollista de Frondizi Imprimir Enviar Votar 8 El debate político-económico hizo un importante avance en la última década al asumirse ampliamente que crecimiento no es lo mismo que desarrollo. Podríamos considerar este hecho como una tardía victoria conceptual del desarrollismo argentino cuya base filosófica –dicho sea de paso– es más amplia que la del modelo cepaliano, cuyo mentor fue Raúl Prebisch. En efecto, el mero incremento de ciertos índices de producción, en una estructura económica determinada, no arroja necesariamente mayor nivel de empleo o una mejora en la distribución del ingreso, como lo prueba la historia reciente. Esto es lo que tuvieron en cuenta Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio ya en 1958, cuando se propusieron cambiar una estructura agroimportadora por otra que estableciese fecundos intercambios con el exterior sobre la base de agregar valor a las exportaciones y generar fronteras adentro los insumos básicos cuya adquisición comprometía severamente la balanza de pagos, provocando recurrentes crisis del sector externo. El ‘modelo sustitutivo de importaciones’, como se lo denominó académicamente, gozó de muy poco prestigio en las escuelas de ciencia económica más gravitantes. Inicialmente fue resistido por pretender presuntamente una economía ‘cerrada’ y luego, en los noventa, se determinó que había pasado de moda y ya no respondía a las necesidades de países como el nuestro, endémicamente deficitarios y endeudados, con enormes dificultades para financiar su expansión. Ese fue, como decía un tango del que solía burlarse Roberto Goyeneche, "un amor no correspondido que al final fue traicionado". La gestión Frondizi, interrumpida por un golpe cívico-militar, dejó importantes experiencias que no pueden repetirse idénticamente. En más de medio siglo cambió el país y sobre todo se transformó el mundo en que aquél programa se llevó a cabo. Pero es posible sin embargo recuperar la esencia metodológica que inspiró un gobierno con notables realizaciones a pesar del acoso golpista que padeció. La enorme inversión en infraestructura de transportes, energía y tecnificación agraria favoreció que se radicaran en el país fábricas automotrices y autopartistas, siderometalúrgicas, petroquímicas, y que se expandieran otras ramas productivas ya existentes. El país dio en solo cuatro años un verdadero salto de cultura industrial y mejoró sustancialmente el balance comercial y de pagos. Una audaz reforma abrió la universidad a la iniciativa privada y la Argentina se proyectó al mundo con un proyecto muy coherente, al que por supuesto se oponían con malas artes todos los negocios que se terminaban en un país que iniciaba un proceso acelerado de desarrollo. Esos esos logros han sido reconocidos con el paso del tiempo y los aportes de Frondizi y de Frigerio son altamente valorados hoy. Es increíble que se los acusara simultáneamente de ser agentes del imperialismo o del Vaticano, o ateos comunistas solapados. Todo eso quedó atrás y es posible efectuar un análisis crítico que deje algunas lecciones útiles. En primer lugar, que la mera espontaneidad de la economía, aún con reglas claras, no es suficiente. Tienen que determinarse prioridades de inversión para potenciar el conjunto. Y que esto implica la decisión política de convocar a todos a participar del esfuerzo y compartir los resultados desde el minuto inicial del proyecto. Exige, además, asumir el enorme desafío de combatir la indigencia con políticas integradoras y no meramente clientelísticas o en el mejor de los casos, sólo compasivas.

La Batalla por la Economía Mundial 1 de 6 | Versión Completa

La Batalla por la Economía Mundial 2 de 6 | Versión Completa

La Batalla por la Economía Mundial 3 de 6 | Versión Completa

La Batalla por la Economía Mundial 4 de 6 | Versión Completa

La Batalla por la Economía Mundial 5 de 6 | Versión Completa

La Batalla por la Economía Mundial 6 de 6 | Versión Completa

viernes, 12 de agosto de 2016

Reconquista de Buenos Aires (1/ 1-12)

Reconquista de Buenos Aires (2/ 2-12)

Reconquista de Buenos Aires (3/ 3-12)

Reconquista de Buenos Aires (4/ 4-12)

Reconquista de Buenos Aires (5/ 5-12)

Reconquista de Buenos Aires (6/ 6-12)

Reconquista de Buenos Aires (7/ 7-12)

Reconquista de Buenos Aires (8/ 8-12)

Reconquista de Buenos Aires (9/ 9-12)

Reconquista de Buenos Aires (10/ 10-12)

Reconquista de Buenos Aires (11/ 11-12)

Reconquista de Buenos Aires (12/ 12-12)

jueves, 11 de agosto de 2016

LOS CALABOZOS DE LANGEAIS - CAPÍTULO FINAL


Con un gruñido impaciente, siguió adelante, dejando que el carrete se desentrañara en su mano libre. Llegó a un cruce, giró a la izquierda, y un trozo de hilo lo sorprendió en el ombligo, quedándose corto. Ya había pasado por allí. Estaba dando vueltas en círculos. Vueltas y más vueltas, cerca o lejos de Jolie, él no lo sabía. Se recostó contra la pared, cerrando los ojos, y respirando pesadamente. Tenía que pensar. Tenía que recordar. Si pudiera hacer a un lado la oscuridad y recordar el laberinto… —¡Jolie! —gritó de nuevo. Se preguntó si ella le respondería. Él era el tirano que la había encerrado. Ella podía estar en ese túnel, o en el siguiente, escuchándolo, pero escondiéndose por miedo. —No me hagas esto… —murmuró. El ángel. No podía dejar de pensar en el ángel. ¡Había renunciado al Jeshvan! Le declararía una guerra a implacable si él había dejado a Jolie morir allí. ¿Cuánto tiempo había pasado? Días y días, pero ¿cuánto? Él había enviado lejos a sus criados, y no había nadie a quien preguntarle. ¿Y dónde diablos estaba Elyce? Él le había pagado para que la vigilara. ¿Había dejado suficiente comida? ¿Jolie había estado lo suficientemente abrigada? Él se había despertado en un cementerio congelado, el clima era mucho más frío de lo que esperaba aún con el invierno a varias semanas. Debería haberlo planeado mejor. ¡Si tan sólo hubiera tenido más tiempo! Chauncey giró una y otra vez, estrellándose contra las paredes de los túneles. Dio la vuelta a una curva, y allí estaba. La puerta al final del pasillo. La barra de hierro se encontraba todavía en el lugar, bloqueando a Jolie en el interior. Se deshizo de ella y abrió la puerta de par en par. Las ratas se escabulleron perezosamente en las sombras. Dos bandejas de plata se encontraban en el suelo, pero la comida había desaparecido, siendo sustituida por una espesa capa de excremento de roedores. Chauncey vio el cuerpo en la cama, pero su cerebro estaba confuso, incapaz de razonar. Parpadeó como si no estuviera viendo correctamente. La muchacha estaba cubierta de una fina capa de escarcha. Sus ojos azules se abrían cínicos, congelados en una mirada. Elyce estaba muerta. Las manos de Chauncey se flexionaron contra el marco de la puerta. Se vio como un niño de nueve años de edad, de pie en el sótano de la cocina, tropezando con la muerte. —No —volvió a parpadear—. No. Sus piernas lo empujaron hacia Elyce. Se puso de pie junto a ella, no pudiendo dejar de observarla. Él no había sido capaz de verla como realmente era, más bien, como se suponía que debía estar. Viva. Un torrente de recuerdos irrumpió a través de su presa mental. Él no creía en el amor, en lo absoluto, era la religión de los necios. No creía en el amor a primera vista, pero la primera vez que vio Elyce, por una fracción de segundo, había dudado de todo lo que pensaba. Bailaba de una manera que eclipsaba a las chicas comunes, les robaba el escenario. Cada moneda en la sala fluía hacia ella. Había tomado algo ordinario y lo había hecho lucrativo. Ella gobernaba su propio destino. 16. 16. Ni una sola vez en su vida, Chauncey se había sentido comprendido, pero en las semanas en las que Elyce se había quedado con él en el castillo, la profunda brecha que siempre lo había separado del resto del mundo se había reducido. Eran uno para el otro. Calculadores, manipuladores y cínicos, sí. Pero también impulsivos, hambrientos y sin compromisos. Él no la amaba en la forma la que otros hombres amaban a sus mujeres, él la amaba de la única forma que podía, por no dejarlo solo en un mundo que lo entendía aún menos de lo que él se entendía a sí mismo. El ángel había sido la única razón por la que la había echado del castillo. No podía soportar estar en la misma habitación con ella y escuchar esas palabras. “Los días más mágicos de mi vida...”. Había odiado a Elyce por eso, pero su enojo fue mal dirigido. Todo era culpa del ángel. Se inclinó sobre el catre, y apretó la mano de Elyce contra su rostro. Las emociones se agitaban en su interior como pájaros aleteando en una jaula de cristal. ¿A quién tenía ahora? Estaba completamente solo. Totalmente incomprendido. Chauncey se sacudió en su posición, creyendo sentir la presencia del ángel cerca. Se sentía vigilado, pero las paredes fuera de la celda no brillaban con la sombra del ángel, sino con la de los espíritus de la muerte. Chauncey pudo sentirlos, atrapados y errantes. Su cuerpo se convulsionó en la creencia de que los rodeaban, y se apoyó más en la celda. —Elyce —siseó. Allí en las mazmorras, tenía la certeza de que la muerte estaba muy lejos y muy cerca al mismo tiempo—. ¿Puedes oírme? ¿El ángel te hizo esto? ¿No? La puerta de la celda se cerró. Chauncey escuchó la caída de barra de hierro en su lugar, encerrándolo en el interior. Se acercó a la puerta en dos zancadas. —¿Quién anda ahí? —exigió. No hubo respuesta— ¿Elyce? —no creía en fantasmas, pero, por otro lado, ¿qué otra cosa podría ser?— Fue el ángel, él te mató. Yo no tuve nada que ver con esto. Miró de nuevo su cuerpo sobre la cama para asegurarse de que todavía estaba allí. Había oído historias de cadáveres levantarse de la tumba para beber la sangre de los vivos... —¿Hablando con los muertos, Duque? Siga así y la gente va a cuestionar su cordura. Chauncey se puso rígido ante la voz al otro lado de la puerta. —Tú — rugió con odio. —Espero que te coman las ratas —dijo el ángel en silencio. —No es un movimiento sabio, ángel. Estos son mis calabozos. Has invadido mi propiedad. Yo podría colgarte —tras haberlo dicho, se dio cuenta de lo inútil que era la amenaza. —¿Ahorcarme? ¿Con qué? ¿Todo este hilo? Chauncey sentía como sus fosas nasales se encendían. —Entonces será mejor que me vaya —la voz del ángel comenzó a desvanecerse. El pánico se apoderó de la garganta de Chauncey. —¡Abre la puerta, sinvergüenza embustero! ¡Soy el Duque de Langeais, y este es mi castillo! Silencio. 17. 17. Chauncey dio un puñetazo contra la puerta. El ángel se creía inteligente, ¿verdad? Bueno, pues acababa de sentar las bases para su propia destrucción. Deslizando su palma abierta contra las espuelas de montar, Chauncey se hizo un corte y sacudió unas cuantas gotas de sangre. Hizo un juramento. El ángel caería de rodillas. Sería implacable. Despiadado. Jolie podía envejecer y morir, pero habría otras mujeres. Chauncey sólo tenía que esperar con paciencia. FIN

miércoles, 10 de agosto de 2016

LOS CALABOZOS DE LANGEAIS - CAPÍTULO CINCO


. El segundo año, más sabio y 12. 12. templado, había forzado el ángel de llegar a él. Chauncey había sufrido el dolor antes de que el ángel siquiera llegara. Todavía había líneas en las paredes del castillo donde él había incrustado sus uñas en la agonía. El caballerizo tuerto, salió cojeando de entre las sombras, con el ceño fruncido. Posando su mano sobre una viga, Chauncey hizo un gesto breve en dirección a los establos. Esperaba que su sirviente fuera lo suficientemente inteligente como para interpretar su gesto. Respiraba con dificultad y no tenía ningún deseo de hablar. El caballerizo parpadeó su ojo bueno. —Pero es casi la medianoche, su Señoría. —Caballo —su voz sonaba áspera, tensa. —Va a tomar un minuto, mi señor. Yo… no lo esperaba. Es decir, es un poco tarde… —No tengo un minuto —le espetó Chauncey. Un relámpago crepitó a través del cielo. El sirviente alzó los ojos y rápidamente se persignó. Chauncey lo fulminó con la mirada. El hombre insolente aún estaba en pie en su lugar, temeroso de Dios más que de él. Chauncey se hundió de repente en una de sus rodillas, jadeando. La tierra daba vueltas. Sintió como la bilis le subía hasta la garganta. El dolor era tan brillante que lo arrastraba desde el interior. El caballerizo dio un paso hacia adelante. —¿Milord? —¡Caballo! —ahogó él, pensando que le habría arrancado el cuello a su asistente si este hubiera estado a su alcance. Minutos más tarde, Chauncey salía del establo, azotando un caballo a una velocidad vertiginosa. Se dirigió hacia el bosque con la sensación de que el ojo bueno del caballerizo lo seguía hasta donde comenzaban los árboles, sintiendo su miedo latir sobre su espalda. *** El ángel había llegado a tiempo. Se encontraba sentado sobre una lápida adornada del rústico cementerio, protegido por el bosque. Sus manos estaban entrelazadas entre sus rodillas, sus ojos se veían oscuros y vigilantes, pero no nerviosos. Su cabello estaba húmedo por la lluvia, y a pesar del frío, tenía la camisa abierta en el cuello. Su boca se curvó hacia un lado, la sonrisa de un pirata. Fácil y cruel a la vez. —¿Dónde está? —preguntó. Chauncey estremeció. ¿Quería decir Jolie? No era así como había planeado su conversación. Había planeado ser él quien le dijera al ángel que Jolie Abrams había sido encerrada en algún lugar entre allí y París, con el alimento limitado y que, a menos que el ángel cooperara, iba a morir inevitablemente. Había dejado a Jolie con alimentos más que suficientes, pero no podía permitirse pensar en ello por temor a que el ángel tuviera alguna manera de descifrar su mente. —Tuviste suerte de encontrarla a tiempo —dijo con calma—. Voy a preguntarte una vez más— hablaba casi en silencio— ¿Dónde está? Chauncey rió. 13. 13. —Espero que... no le tenga miedo de las ratas. El músculo de la mandíbula del ángel dio un vuelco. —¿Ella a cambio de mi palabra de no poseerte? La adrenalina picaba en la piel de Chauncey. ¿Estaba preguntándole? ¿Estaba de acuerdo con la negociación? ¿Así de simple? Chauncey había previsto algún tipo de lucha. Sacudió la cabeza. —No confío en tu palabra. Libérame de mi juramento. Nunca más vas a tomar posesión de mi cuerpo durante Jeshvan. Algo menos que eso, y la chica muere. He oído que el hambre puede ser muy doloroso — Chauncey levantó las cejas, como si estuviera pidiendo la opinión de los ángeles al respecto. Los ojos del ángel eran tan negros que la noche parecía pálida en comparación. Chauncey le sostuvo la mirada con recelo mientras el estómago se le agitaba. ¿Había hablado demasiado pronto? ¿Había pedido demasiado? Pero era su cuerpo, ¡su vida! —¿Es tu oferta final? —Sí, es mi última oferta —gruñó Chauncey impaciente. ¿El ángel se estaba retirando? ¿Estaba tan corrompido que no le importaba dejar morir a la chica? Chauncey sintió la medianoche caer sobre él, el dolor se llevó hasta la última gota de paciencia y cordura en él. Apretó los dientes, jurando que mataría al ángel si este se reía de él por aquellos humillantes espasmos y sacudidas. ¡Date prisa y toma una decisión! La posesión pasó muy rápido. Chauncey se estrelló contra un árbol y no hubo forma de escapar. Le ordenó a sus piernas que corrieran, pero era como si una gran pared de hielo separara su mente de su cuerpo. Trató de mover la cabeza, para ver dónde estaba el ángel, pero su estómago se enfermó con la verdad. Estaba sucediendo de nuevo. El ángel no estaba allí. El ángel estaba dentro de él. Aquí viene la lucha, pensó Chauncey. El ángel golpeó su cuerpo contra el árbol por segunda vez. Otra vez, y otra, y otra, hasta que Chauncey sintió como la sangre comenzaba a correr por su rostro. Su hombro palpitaba. Sentía moretones brotando a lo largo de cada parte maltratada de su cuerpo. Quiso gritar para que el ángel se detuviera, pero su voz no le respondía. A continuación, el ángel metió el puño Chauncey de lleno dentro del árbol. Hubo un sonido espantoso, y Chauncey vio como los huesos le sobresalían de la piel. Aulló, pero era un sonido silencioso, atrapado en su interior. Sabía lo que venía después y trató de prepararse para eso. El ángel lo obligó a patear el árbol, una y otra vez, hasta que sintió los huesos de su pie roto. Gritó y balbuceó, pero había sido arrancado de si. Él no era más que razón y sentimiento. No podía actuar, sólo estaba obligado a hacerlo en consecuencia. Tan rápido como había perdido el control, estaba respirando por sí mismo de nuevo. Se quedó tendido en el suelo y en seguida acunó la fractura de la mano contra su pecho. El ángel estaba sobre él. Le dirigió una mirada significativa al árbol, ahora pintado con la sangre de Chauncey. —¡Nunca voy a decirte dónde está! —escupió. Chauncey sintió el tormento vertiginoso de la herida en el muslo mientras ésta se desgarraba. El ángel había tomado el control nuevamente, para comenzar a azotar la pierna de Chauncey con una rama. La herida se abrió, y la sangre floreció a través de sus pantalones de terciopelo. La sien le latía de pánico, y 14. 14. podía sentir el aroma al terror saliendo de su piel. ¡No hables! No hables! se gritó a sí mismo a través del zumbido del miedo sacudiéndolo. ¡No dejes que te gane! Chauncey se derrumbó, nadando dentro y fuera de su conciencia. La mitad de él anhelaba la oscuridad del sueño, la otra mitad temía la pérdida del control. ¿Qué pasaría si revelaba la ubicación de Jolie en sueños? No podía. No podía... Con la mejilla adormecida por la tierra helada, los ojos de Chauncey revoloteaban. Le pareció ver correr al ángel a lo lejos. Trató de sonreír. Había ido a buscar el paradero de Jolie, ¿verdad? Su boca formó las palabras “Buena suerte”, pero éstas se quedaron en sus labios. A pesar de su bruma, Chauncey sabía que aquel era un momento crucial. El ángel tenía que poseerlo, ahora o nunca. El plazo era de una hora. El ángel nunca lo había desaprovechado en el pasado, pero ahora... esta vez... Incluso si adivinaba el paradero de Jolie, para el momento en que fuera y volviera del castillo, sería demasiado tarde. Él iba a perderse este Jeshvan... Chauncey rodó los ojos. Había pasado por ese tipo de dolor muchas veces antes. No iba a morir, pero iba a perder una gran cantidad de sangre, y el sueño duraría incluso una semana o dos, dependiendo de la gravedad de sus heridas, mientras que su cuerpo poco a poco se cosía y se convertía en uno solo otra vez. *** Chauncey despertó en el cementerio. Estaba apoyado contra una lápida color pizarra y el frío se filtraba por la espalda de su camisa. Entre las rendijas de sus ojos, el mundo se veía negro y plata. Algunos copos de nieve caían hacia abajo, y se fusionaban con sus pantalones, camisa, y hasta con sus propias manos. Las giró lentamente, observándolas emocionado de que se encontraran bajo su poder. Se arrastró en posición vertical y supo que todo había terminado. No sabía cuánto tiempo había dormido, pero la mañana helada y el paisaje transformado lo hizo adivinar que habían sido varios días. Había escapado del Jeshvan. Había desafiado al ángel. La piedra que había colgado en su interior todos esos años, se agrietó, convirtiéndose en polvo. Si pudiera hacerlo una vez más, lo haría con gusto. Sonrió a los árboles, sin importarle que su ropa estuviera rasgada y manchada con sangre, o que su cuerpo apestara. Se pasó las manos por el rostro, cegado por el brillo de la mañana. Todo era fresco. Aspiró el olor embriagador de la selva, lo sostuvo, y lo dejó ir. Por primera vez en su vida, estaba fascinado por la austera belleza del mundo que poco a poco se congelaba. Dio vueltas en círculos mientras su mente gritaba y saltaba de alegría, hasta que lo alcanzó un mareo y se dejó caer en el barro medio congelado, riendo. Se quedó así durante bastante tiempo, el sol en el bosque ya no se sentía como un enemigo. Estaba inmensamente feliz. Entonces sus ojos se abrieron de golpe. Jolie. El castillo. Las mazmorras. Sus pies ya lo estaban llevando en una carrera desesperada. *** Chauncey no podía recordar el camino. Agarró la antorcha. Sus botas salpicaban a causa de la acumulación de agua en la parte inferior de los túneles. —Jolie… —su voz hizo eco como la de un espíritu sin cuerpo.CONTINUARÁ...

ALFREDO PALACIOS - Sus Libros


- SU MONUMENTO EN EL CONGRESO

ALFREDO PALACIOS


ALFREDO PALACIOS PRIMER DIPUTADO SOCIALISTA Alfredo Palacios Primer Diputado SocialistaPolémico, a veces un tanto impredecible, el legislador, escritor, jurista y docente socialista Alfredo Lorenzo Palacios fue un ferviente defensor de los trabajadores. Su figura política intachable lo convirtió en una de las personalidades más reconocidas y respetadas de la Argentina durante el siglo XX. Alfredo Palacios fue uno de los más populares dirigentes sindicalistas del país. La legislación del trabajo debe mucho a su acción y su estudio.
El 2 de mayo, el joven abogado Alfredo Lorenzo Palacios asume su banca de legislador por el Partido Socialista en el Congreso Nacional. LUCHADOR POR LA JUSTICIA SOCIAL: Con su bigote enhiesto, un mechón de cabello rebelde cayéndole sobre la amplia frente, su poncho de vicuña sobre el hombro y su chambergo mosqueteril, Alfredo Lorenzo Palacios fue considerado un referente moral ineludible para la política argentina del siglo XX. Luchó contra la injusticia social. Defendió la libertad y la dignidad humana. Se opuso al peronismo y a las torturas que éste infligía a los opositores, por lo que fue perseguido y debió partir al exilio. Nunca transigió en sus principios e ideales, ganándose el cariño del pueblo y el respeto de los que no compartían su pensamiento. Palacios nació el 10 de agosto de 1880 Buenos Aires. Estudió en la Facultad Derecho de la Universidad de Buenos (UBA) a la que escandalizó con su tesis doctoral: La miseria, situación de las clase trabajadora, la cual fue rechazada. LOS PRIMEROS PASOS LEGISLATIVOS En 1904, siendo muy joven, al ganar en la circunscripción de La Boca, y convertirse así en el primer diputado socialista de América llevó a su amigo Florencio Sánchez a decir:«La Boca ya tiene dientes». Fue responsable de la sanción de las primeras leyes que regularon el trabajo femenino e infantil; logró el descanso dominical suya la famosaLey de la Silla, que procuraba un asiento para el personal en los lugar de trabajo, especialmente para las mujeres embarazadas. Muchos de sus proyectos aprobados en el Congreso fueron aprobados y convertidos en leyes, sin reconocerle crédito alguno por el peronismo. A poco de asumir su banca interpeló al ministro Joaquín V. González por la represión policial contra los trabajadores en la jornada del 1 de mayo de 1904. Interpelaba así al que había sido su admirado maestro en la Facultad y al ministro cuya iniciativa había podido ocupar un escaño en el Congreso. Se lo respetaba porque en sus denuncias fundamentadas de injusticias social de las libertades públicas conculcadas nunca descendía al agravio personal o la pulla ofensiva. Orador fogoso, siempre actuó como un caballero. ILUSTRE PROFESOR UNIVERSITARIO : Su carrera docente tuvo una larga y honrosa trayectoria, pero en 1910 otra vez rozaría el escandalo. Al ser nombrado profesor de Historia de las Instituciones resultó inadmisible, por ese entonces, que un socialista dictara cátedra en la Facultad. Por ello renunciaron figuras de notable prestigio. Llegaría a ser decano de la UBA en 1930. Ya en 1916 había creado la cátedra de Legislación del Trabajo en la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires. También fue profesor en la Universidad Nacional de La Plata, de la cual fue decano en 1925. El régimen peronista lo separó de las aulas, pero fue restituido por la Revolución Libertadora en 1955. Su férrea independencia de carácter se vio acentuada aún más en 1915 cuando Palacios aceptó batirse a duelo. Esto estaba reñido con el reglamento del Partido Socialista. En un gesto inusual renunció al partido y a su banca. Luego, Palacios crearía el Partido Socialista Argentino. Quince años después se reconciliaría con su viejo partido, siendo su candidato en las elecciones de 1931, lo que le permitió ocupar su escaño en el Senado. La carrera legislativa fue notable: diputado entre 1904-1908, luego entre 1912-1916 y finalmente, entre 1963-1965. FUERTE OPOSITOR A LOS GOBIERNOS DICTATORIALES: Fue un fuerte oponente al radicalismo cuando éste tenía el poder, pero denunció, tras el derrocamiento de Yrigoyen, las arbitrariedades del gobierno militar de Uriburu. Combatió la posición neutralista argentina durante la Segunda Guerra mundial; estuvo de parte de los aliados. Duro crítico del gobierno de Perón por el avasallamiento de las libertades individuales y la demagogia del régimen, Palacios debió exiliarse hasta 1955. Con la misma fuerza denunció las arbitrariedades cometidas, posteriormente, contra los partidarios del gobierno derrocado. El político ocupó una banca en el Senado en tres períodos: 1932-1935; 1935-1943 y 1961-1963. Caído Perón, Alfredo Palacios fue nombrado embajador ante el Uruguay. En 1957 fue convencional para la reforma de la Constitución. Iconoclasta hasta el último hálito, antes de morir, Palacios transgredió otro dogma socialista al recibir la absolución y el sacramento de la extremaunción. EL ULTIMO ROMÁNTICO DE LA POLÍTICA ARGENTINA: Socialista de férreos principios, eligió sin embargo, entre sus amigos más queridos al poeta Leopoldo Lugones y Joaquín V. González, ubicados en las antípodas de su pensamiento político. Se mezcló en el ambiente teatral porteño con bohemios y actores como el genial humorista Florencio Parravicini. Eximio bailarín de tango entreverado con compadritos del bajo, también incursionó como aeronauta con Jorge Newbery.
Al ser designado embajador en el Uruguay por el presidente Lonardi, infringió reiteradamente el protocolo establecido, burlándose de la etiqueta. Anticlerical, como todo buen socialista, fue sin embargo amigo pernal de sacerdotes a los que recibió y alentó. Cuando agonizaba, en marzo de 1965, lo asistió espiritualmente amigo personal, el teniente coronel capellán (RE) Amando González Paz, juntos rezaron a la Virgen de Luján (de la que Palacios era devoto) y luego recibió la extremaunción.
Cronología de Alfredo Palacios 1880 Los trabajadores se organizan ensociedades de resistencia y mutuales 1889 Se funda la Segunda Internacional obrera 1890 Comienzan los movimientos huelguísticos 1894 Fundación de La Vanguardia 1896 Primer Congreso del Partido Socialista Obrero Argentino El Partido Socialista en la Argentina surge como respuesta a la transformación económica que trajo aparejada el desarrollo del modelo agroexportador. Todos estos cambios produjeron nuevas situaciones para los trabajadores que, amenazados por el desempleo, los bajos salarios y la falta de apoyo estatal, tuvieron que organizarse para hacer frente a las arbitrariedades patronales. En su mayoría, la mano de obra estaba formada por inmigrantes que traían de Europa ideas socialistas y anarquistas. Las agrupaciones socialistas se diferenciaron del anarquismo por adoptar una postura favorable al parlamentarismo. Influidos por la socialdemocracia europea, para los socialistas los trabajadores debían confiar en la política. Surgido de diversas agrupaciones con ideas socialistas, para 1900 ya existía el Partido Socialista Argentino, que llevó a Alfredo Palacios, en las elecciones de 1904, a ser el primer diputado socialista de América. 1900 El Partido Socialista Argentino adhiere a la Internacional Socialista 1901 Palacios se afilia al Partido Socialista 1904 Palacios es el primer diputado socialista en América 1908 Octavo Congreso del PSA, se adopta el nombre de Partido Socialista Fuente Consultada: Hicieron La Historia de Larousse Tomo II – (La Nación)

Alfredo Palacios 3/3

Alfredo Palacios 2/3

Alfredo Palacios 1/3

Alfredo Palacios: Quijote

1952 Alfredo Palacios denuncia al gobierno Perón

Alfredo Palacios: "Discurso en Radio Belgrano" (15 de julio de 1955)

DiFilm - Historia de Alfredo Palacios

martes, 9 de agosto de 2016

LOS CALABOZOS DE LANGEAIS - CAPÍTULO CUATRO


.. Vio su resistencia a la idea de una docena de días consecutivos de trabajo. Ella no tenía idea de lo que él pasaba en el mismo período de tiempo cada año. Y de que lo pasaría una vez más, a menos que tuviera al ángel de rodillas. —No —respondió. Chauncey se sentó en el brazo del sofá. Quería hablar amablemente, pero una corriente de advertencia cayó en su voz. —Dudo que tenga que recordarte cómo te he sido de gran ayuda en el pasado. ¿Qué piensas, amor, que será de tu futuro sin mí? —Esta es la última vez —le espetó ella. Cruzó las manos ligeramente en su regazo. —Siempre vuelves, pidiendo dinero. Siempre jurando que esta vez es la última. —¡Esta vez lo será! Él hizo una mueca de incredulidad, que sólo la enfureció más. Podía ser que ella lo dejara tener la última palabra esa noche, pero eso no iba a durar. Ella volvería tarde o temprano a vencerlo. Ya estaba deseando que llegue. Ella era una ninfa de fuego, de pie delante de él en un terciopelo crema que se fundía a la perfección con su piel translúcida y su pelo claro. Sólo sus ojos de un azul hielo se destacaban. Chauncey estaba a punto de ser cautivado por ella una vez más. —¿Tenemos un trato?" —¡Cuidado, Chauncey!. No soy una mujer con la que se pueda jugar. Tras esas últimas palabras, se dio la vuelta, desfilando junto a Boswell, quien saltó a la vida desde su lugar fuera de la biblioteca, y se fue corriendo tras ella para tratar de llegar a las puertas del castillo en primer lugar. Él perdió. Las puertas se cerraron, reverberando a través de los pasillos. Chauncey sonrió a pesar del dolor de cabeza que sentía. Odiaba las sorpresas, pero la visita inesperada de Elyce, aquella noche… bueno, él no podría haberlo planeado mejor. Estaría muy sorprendido si, a la tarde del día siguiente, Jolie Abrams no se encontraba sentada bonitamente en esa misma habitación. *** La noche siguiente, Chauncey se encontraba en su dormitorio. Su ayudante lo estaba vistiendo con pantalones de terciopelo verde y un chaleco a juego, cuando Boswell entró en la habitación. —La señorita Cunningham y la señorita Abrams están esperándolo en la biblioteca, Su Alteza. —Voy a estar en un minuto. Boswell tosió incómodamente sobre su puño. —La señorita Abrams se encuentra en un estado de… sueño. —entonó aquella última palabra de forma risueña. Chauncey se volvió hacia su mayordomo. —¿Ella está durmiendo en mi biblioteca? —Drogada, mi Señor —Chauncey soltó una carcajada. ¿Elyce la había drogado? La ninfa era aún más imaginativa de lo que él recordaba—. La señorita Cunningham dijo que la señorita Abrams ofrecía resistencia. Otros dos sirvientes y yo tuvimos que entrarla. Está muerta para el mundo, perdón por la expresión. Chauncey pensó en ello un momento. No había esperado que llegara drogada, pero era un hecho de poca importancia. Ella estaba allí. Sus ojos recorrieron la ventana. La luna estaba alta, burlándose de las estrellas por su brillo, y la media noche acercaba más con cada segundo que pasaba. Él había planeado saborear la profunda y escabrosa satisfacción que sentiría al oír gritar Jolie mientras la arrastraba hacia lo más profundo de los túneles laberínticos y húmedos por el agua estancada y el moho de las catacumbas, pero no habría tiempo para que el sedante se desgastase. Tenía que meterla en las entrañas del castillo antes de partir a encontrarse con el ángel en el cementerio. Había mucho por hacer. Tenía que trazar el camino. Tenía que preparar provisiones para que ella resistiera una quincena, por si acaso. Tenía que instruir a Boswell y los otros criados para que se mantuvieran alejados del castillo. Él no quería que nadie estuviese alrededor para ayudar al ángel a su voluntad. De repente, su impaciencia se desvaneció. Saber que no era el único incapaz de controlar su propio destino esa noche le causó una repentina oleada de satisfacción. En la cocina, Chauncey encendió una antorcha y abrió la pesada puerta que conducía al sótano. A pesar de todos los años que había vivido en el castillo, los túneles eran aún un misterio para él. Había ido sólo una o dos veces desde su última excursión como un niño, buscando demostrarse a sí mismo que podía, que ahora era un hombre grande y que no les tenía miedo a los monstruos inventados en su infancia. Empujó la antorcha hacia la oscuridad de la escalera, y la luz brilló sobre las paredes grises. Sus botas resonaban contra los escalones de piedra. En la parte inferior, fijó la antorcha en un soporte de pared. También había uno del otro lado de la bodega, pero por lo que sabía, era el último. No había existido necesidad de más soportes en los túneles, ya que nadie, excepto los presos y sus guías, se habían aventurado a ellos. Chauncey tenía cuatro grandes carretes de hilo en una bolsa de cuero, colgando de su hombro, y sacó el primero. Ató un extremo a la baranda, y tiró de él varias veces para confirmar que era seguro. Los pelos de su cuello se erizaron ante la idea de perderse en los túneles. Su padrastro había bromeado acerca de que había una sola dirección hacia ellos. Recordando aquello, Chauncey le dio un último tirón al hilo. Convencido de que aguantaría, tomó la antorcha y se adentró en la boca del diablo, desentrañando el carrete a su paso, marcando su camino con la red de hilo. *** Incluso entre el humo casi negro de la celda, recostada torpemente sobre el suelo de tierra, Jolie Abrams era hermosa. Su altura era poco convencional para una mujer, pero Chauncey no se encontraba en posición de ser crítico sobre alturas. Sus ropas de campesino habían sido sustituidas por una perfecta seda verde, y su ondulado cabello castaño estaba recogido, permitiendo observar sin obstáculos sus pómulos y rostro ovalado. Tenía las pestañas escandalosamente largas y salpicaduras de pecas que, de alguna manera intuía, la habían llevado a lanzar sus manos hacia arriba cada vez que se había enfrentado a un espejo. Un relicario de oro colgaba de su cuello. 10. 10. Chauncey le gruñó, usando su dedo pulgar para presionarlo y abrirlo. Para su sorpresa, no era el rostro del ángel el que se encontraba dentro, sino el de otra mujer. Se parecía demasiado a Jolie, por lo que no podía ser otra cosa que su hermana. Cerró el medallón, sintiéndose un tonto por entrometerse en sus cosas más íntimas, y luego inspeccionó la celda. Un catre en la esquina y una bandeja de plata para los alimentos sobre una mesa, fuera del alcance de los roedores. De pronto deseó haber traído algo para que se sienta más cómoda. Mantas, por lo menos. Ella era una dama, y el tratamiento adecuado del sexo opuesto se había arraigado fuertemente en él por las enseñanzas de sus tutores. Eso probablemente explicaba por qué elegía a granjeras o bailarinas, como Elyce, quienes buscaban un patrón rico, no un marido (cuando lo que él quería, después de todo, era una mujer). Echó un vistazo a las esposas colgando de las paredes, pero no veía la necesidad de ellas. La puerta de la celda era tan gruesa como un árbol cortado. Jolie tendría que rascar con sus uñas durante miles de años para tallar una salida. Un par de ratones corrieron a lo largo de la pared cuando él agitó la antorcha en las sombras más profundas. Los apresó debajo de la puerta y raspó sus excrementos con los talones de sus botas. Jolie se agitó a sus pies, soltando un suspiro de mal sueño. Estaba tendida de lado en la tierra que era más fría a causa del tiempo de finales de octubre. Bocanadas de aire helado brotaban de sus labios. —¿Quién eres? —dijo entre dientes, su voz un era silbido de rabia. Sus hombros subían y bajaban con cada respiración— ¿Qué quieres de mí? Él sintió la necesidad de decirle que todo aquello era culpa del ángel, pero la verdad era que él podría haberla dejado ir. Aunque no podía dejarla salir ahí mismo. Tenía que ordenarle a uno de sus cocheros que la llevara a casa. Ella regresaría a su cómoda y segura vida, mientras que él pasaría los próximos quince días en agonía… —Te vas a quedar aquí por un tiempo—dijo—. Me ocuparé de que te sientas cómoda, con suficiente comida y agua. —¿Cómoda? ¡¿Cómoda?! —se incorporó y le lanzó un puñado de tierra. Chauncey se quitó la suciedad de la camisa, lentamente. Era un bruto, ¿de verdad lo era? Un salvaje irracional. ¿Qué pensaría ella sobre el ángel? ¿Qué él era mejor? Si Chauncey era un tirano, el ángel era diez veces más terrible que el diablo. ¡Tomaba el cuerpo de Chauncey como rehén cada año! Y no era como si él pudiera huir durante esa docena de días y noches, o bloquear lo que veía. No. Por un par de semanas estaba atrapado en un cuerpo que no se sentía como el suyo, obligado a ver todo acto despreciable que el ángel le hacía pasar. Apostaba su dinero. Bebía su vino. Ordenaba a sus siervos. Estaba con sus mujeres. Hacía dos años, había sufrido en silencio, mientras el ángel seducía a Elyce, tratándola de una forma a la que ella se refería como "Los catorce días más mágicos de su vida”. Chauncey le había ordenado salir de su presencia en el momento en que el Jeshvan había terminado. Aún recordaba la confusión y la furia en sus ojos. No le dijo que él no era el responsable de sus quince días de magia. —¿Ni siquiera tienes la decencia de decirme de qué se trata? —las mejillas de Jolie estaban totalmente rojas, cada palabra que salía de su boca era para Chauncey como una aguja punzante. Sus ojos se posaron en su ropa a medida, y Chauncey pudo leer sus pensamientos. ¿Un caballero para vestirse, pero no para actuar? ¿Qué señor secuestra a una mujer y la mantiene prisionera? Se hinchó de humillación, pero también tenía que pensar en el ángel. Chauncey no iba a permitir que lo tomara de nuevo. La idea lo incitó más allá de la razón. Jolie ladeó la cabeza hacia un lado, la luz del reconocimiento llenó sus ojos. —Tú... tú estabas en la lucha. En Angers. La otra noche. Yo te vi —prácticamente podía oír sus pensamientos tratando de darle sentido de sus palabras. —Tengo un asunto con el ángel —sonrió él, débilmente, y a su pesar. —¿Con quién? La sonrisa de Chauncey se hizo más profunda. —¿No te lo dijo? —¿Decirme qué? —se irritó ella. —Tu amante no es un hombre. Es más como un animal, diría yo —el primer atisbo de recelo se asomó en su rostro—. Es uno de los ángeles desterrados. Así es, amor. Un ángel. ¿No me crees? Échale un vistazo a su espalda. Las cicatrices de sus alas —estaba disfrutando de aquello. —Él me dijo… que fue azotado —Chauncey echó la cabeza hacia atrás y rió. Ella estaba de rodillas. Apretó los puños de las manos—. ¡Me dijo que ocurrió mientras estaba en el ejército! —¿Hizo eso? —preguntó él, y luego salió de la mazmorra. Él había plantado una semilla. El ángel no se encontraría con su novia tan ignorante en su próxima reunión. Si es que ella estaba de acuerdo en volver a reunirse con él, después de todo. Cerró la dura puerta, bloqueándola con una barra de hierro. La escuchó golpear y gritar obscenidades del otro lado. Oyó la bandeja de la comida dar de lleno contra la puerta, mientras ella gruñía. Ahora tendría que dejar el hilo intacto para que Elyce pudiera ofrecerle una segunda bandeja. Tanteó a ciegas por el hilo, para hallar la salida. Cada paso se sentía más pesado, y cada respiración le tomaba más trabajo. El Jeshvan. La medianoche estaba demasiado cerca. Sintió que se hacía eco en todos sus tendones, y redobló sus esfuerzos para caminar más rápidamente, por temor a lo que podía suceder si no llegaba al cementerio a tiempo. *** La lluvia crepitaba en el oscuro campo alrededor del Castillo de Langeais, pero Chauncey cruzó el patio de los establos, inconsciente del barro que se pegaba a sus botas. No llevaba sombrero, su pelo húmedo y despeinado le azotaba el rostro. Él sabía sin dudas que sus ojos reflejaban el ennegrecido cielo que tenía por encima. Se agachó bajo el techo de los establos, respirando de forma irregular. Podía sentir el Jeshvan sobre él, aplastándolo. Podía sentir el control de su cuerpo desaparecer. Tenía que cumplir con el ángel a la medianoche, o el dolor sería insoportable. Parte de su juramento consistía en poder convertir su cuerpo libremente. El primer año, Chauncey había ido a reunirse con el ángel, sin tener idea de lo que estaba en juego

lunes, 8 de agosto de 2016

LOS CALABOZOS DE LANGEAIS - CAPÍTULO TRES


5. 5. Ella siempre había sido exigente, se lo recordaba ahora sólo para burlarse. De un cierto modo retorcido, que no le importaba analizar, disfrutaba con la pelea. Ella era agresiva, egoísta y manipuladora, pero sobre todo, entretenida. Era un espejo de sí mismo. —Dame el dinero, y me iré —dijo, pasando su dedo a lo largo de la parte superior de un marco dorado e inspeccionando el polvo. Era la viva imagen de la naturalidad, pero, por alguna razón, no podía mirarlo a los ojos. Chauncey se acercó a la repisa de la chimenea y se apoyó en ella, su posición favorita para la contemplación profunda, aunque ahora sólo buscara apoyo. Trató de ocultar ese hecho. Lo último que necesitaba era avivar la curiosidad que quemaba los ojos de Elyce. No le interesaba en lo más mínimo recordar las circunstancias humillantes en las que su cuerpo había terminado de aquella forma. La imagen de estar persiguiendo un coche por los bulevares de Angers destellaba de su memoria. Se había limitado a la parte trasera del carro, en un esfuerzo para no perder Jolie Abrams, la joven que había estado siguiendo durante toda la noche, pero había perdido el equilibrio cuando su capa se enredó en las ruedas. Había sido arrastrado por el carro una buena distancia, y cuando finalmente había quedado libre, había sido pisoteado por un caballo que se acercaba. Elyce se aclaró la voz. —¿Chauncey? Sonaba más como una orden impaciente que un recordatorio amable de que estaba esperando. Sin embargo, Chauncey no había sacudido por completo la memoria. Había pasado una semana en Angers, buscando en las partes más sórdidos de la ciudad, donde el ángel era conocido por jugar a las cartas en casas clandestinas, o por boxear en las calles—una alternativa moderna a los duelos que se estaba extendiendo por toda Europa. Había mucho dinero en juego, si lograbas ganar, y Chauncey no tenía ninguna duda de que el ángel, con su basto arsenal de trucos mentales, podía hacerlo. Fue mientras espiaba al ángel en uno de esos partidos, la primera vez que Chauncey puso sus ojos sobre Jolie Abrams. Ella estaba disfrazada con ropa de campesino, con su pelo castaño oscuro suelto, su boca tensa riendo y tragando cerveza barata, pero Chauncey no se dejó engañar. Esa mujer había asistido al ballet y la ópera. Debajo de la ropa vieja, su piel era limpia y perfumada. Ella era hija de un noble. En medio de la inspección de su gracia, él lo descubrió. Una mirada secreta entre ella y el ángel. La mirada de los amantes. Su primer impulso fue matarla directamente. Todo lo que el ángel valoraba, Chauncey anhelaba hacerlo pedazos. Pero por razones de las cuales no estaba del todo seguro, la había seguido. Observado. No se había dirigido de nuevo al castillo, hasta que la había perdido en el transporte. Durante todo el viaje a casa, había repasado aquella sorprendente revelación. El ángel valoraba algo físico. Algo que Chauncey podía tener en sus manos. ¿Cómo podría usarlo en su beneficio? —¿Estás queriendo decir que me harás esperar toda la noche? —Elyce se cruzó de brazos y se irguió un poco más. La vio levantar una ceja, o tal vez ambas, la mitad de su cara estaba lejos de la luz y oculta en la sombra. Chauncey se limitó a mirarla, dispuesto a callar lo que estaba pensando. ¿Qué pasaba si...? ¿Y si encerraba a Jolie Abrams en el castillo? La idea lo tomó por sorpresa. Él era un duque, el Señor de Langeais, un caballero. Hubiera preferido arar sus campos por si mismo antes de tomar a una dama como rehén. Y sin embargo, la idea era tentadora. 6. 6. En el castillo había una gran cantidad de torres, pasillos enrevesados, y... calabozos. Dejaría que el ángel tratara de encontrarla. Chauncey sonrió de forma sarcástica. Cuando era un niño, su padrastro le había advertido de la suerte de los que vagaban por debajo del castillo sin guía, y Chauncey había pensado que sólo se trataba de cuentos, de la táctica de un hombre que confiaba en el miedo como forma de disciplina. Luego, durante una exploración secreta de los túneles que se encontraban debajo de la cocina, Chauncey tropezó con restos óseos. Las ratas se habían dispersado por debajo de los huesos a la vista de su antorcha, dejando en pie a Chauncey, solo con la muerte. Desde ese día, se había propuesto mantenerse lejos, en los pisos superiores del castillo. —Tendrás tu dinero —le dijo a Elyce, por fin. Luego la miró por encima de su hombro—. Una vez que hagas algo por mí —agregó lentamente. Elyce se echó el cabello hacia atrás y levantó la barbilla. —¿Disculpa? Chauncey estuvo a punto de sonreír. Ella se indignó. El cielo sabía que ella tendría que ganarse su mantenimiento. —Jolie Abrams —dijo, con la idea del secuestro en su interior. Elyce entrecerró los ojos. —¿Quién? Él se volteó, dándole toda su atención. —La amante de un enemigo —murmuró, mirando a Elyce con un nuevo interés. Si el ángel descubría su olor, todo estaría perdido. Lo que significaba que necesitaba un representante. Alguien capaz de pasar desapercibido bajo la atenta mirada del ángel. Alguien capaz de conseguir la confianza Jolie Abrams. Una mujer. —Entonces lo siento por ella. Difícilmente tratas a tus enemigos con amabilidad. Voy a esperar mi dinero mañana a última hora. Buenas noches, Chauncey. Giró sobre sus pies, moviéndose rápidamente en un vestido que era demasiado lujoso para no tratarse de otra cosa más que de un Coste original, y que, sin duda, había sido financiado por sus bolsillos. Chauncey aferró el candelabro de plata que había estado acariciando de forma ausente, y lo arrojó por el aire hacia ella. Elyce debió haber oído el roce de velas contra el manto de su vestido, porque entonces se dio media vuelta y pateó el objeto, que salió disparado hacia atrás del sofá. Su expresión se había blanqueado. Estaba casi sin respirar, y Chauncey sonrió ante su fino temblequeo. Ladeó las cejas, investigándola en silencio. ¿Vamos a empezar de nuevo? habló con su mente, utilizando uno de los grandes y terribles dones que poseía por ser el hijo bastardo de un ángel oscuro. Nunca había conocido a su verdadero padre, pero su opinión sobre él se fijó en el desprecio. Sin embargo, los poderes que había heredado de él no eran del todo detestables. Vio una pizca de confusión apoderarse del rostro de Elyce, mientras ella luchaba con la idea de que le había hablado con sus pensamientos. Rápidamente fue reemplazada por la negación. Él no podía. Era imposible. Ella lo había imaginado. Una respuesta típica y aburrida que sólo lo irritaba más. —No seas un matón, Chauncey —dijo al fin—. No tengo miedo de ensuciar mis manos un poco. ¿Qué tienes en mente? —se estaba esforzando por sonar molesta, pero Chauncey se dio cuenta de que, debajo de las capas bien practicadas de su expresión, estaba algo más que preocupada por la respuesta. Estaba preocupada por él. Su audacia había sido siempre una tapadera de su miedo. 7. 7. —Quiero que traigas a Jolie Abrams hasta aquí. Antes de mañana por la noche. Vas a tener que darte prisa, porque vive en Angers. —¿Quieres que la traiga hasta aquí? —parpadeó— ¿Por qué no sólo envías un coche a buscarla? Enviar un carro. Oh, por supuesto. Con el escudo de la familia Langeais grabado a lo largo de la puerta. Si eso no lograba alertar al ángel, él no sabía qué más podía hacerlo. —Dile mentiras, hazle promesas, no me importa. Sólo asegúrate de que esté aquí antes de la medianoche. —¿Y su amante? —Chauncey hizo un gesto de asco— ¿Tiene un nombre? —Elyce lo estaba presionado. Chauncey casi soltó un bufido. Ella quería saber si el hombre tenía valor y riquezas. Estaba con Chauncey por una generosa suma de dinero. La lealtad de Elyce siempre había pertenecido al mejor postor. —No —fue todo Chauncey dijo, una imagen del rostro del ángel oscuro ocupó su mente. —Seguro que tiene un nombre, Chauncey —dio un paso audaz hacia él, poniéndole la mano en la manga. Él la quitó, poniendo las manos detrás de su espalda. —No te vuelvas entrometida, amor. —Yo no soy tu amor —cubrió la frustración en su voz, inyectando un nuevo nivel de pesar en ella— ¿Has puesto tus ojos en ella, entonces? Esta Jolie. ¿Quieres que ella sea…? —se interrumpió, pero Chauncey era lo suficientemente perceptivo como para terminar por si mismo la frase. ¿Quieres que me reemplace? Sonrió. Diez segundos antes, Elyce lo había despreciado, pero ahora que ella temía que hubiera encontrado a alguien para llenar su vacío, se ahogaba en sus propios celos. Sus sentimientos hacia él no se habían endurecido por completo. —Yo podría encontrarla, ¿sabes? —dijo Elyce— Yo puedo… y a continuación, ¿qué harás? ¿Secuestrarla? ¡Te mandarán a la cárcel! —No he dicho nada sobre secuestros —Chauncey habló casi en silencio. —Oh, pero te conozco, Chauncey. Él le tomó la barbilla, levantándole la cabeza para poder encontrar sus ojos. Estaba a punto de decir algo, pero se dio cuenta de que un gesto áspero era más amenazador que las palabras. La dejó llenar el silencio, imaginando lo peor. Ella echó la cabeza hacia un lado y se tambaleó hacia atrás. Entonces corrió hacia la puerta, parándose en el umbral. —Después de esto, terminaré contigo. —Trayéndome a la chica ganarás la mitad del dinero. Ella se quedó momentáneamente sin habla. —¿La mitad? —repitió con la mirada brillosa. —Vigilándola aquí en el castillo y asegurándote de que no muera bajo mi techo, ganarás la otra mitad —él no quería bajar por completo la ira del ángel, sólo quería una moneda de cambio—. Voy a pagarte la totalidad cuando el trabajo esté terminado.CONTINUARÁ

JORGE CAFRUNE


Jorge Cafrune nació en el seno de una familia de origen árabe, en la que sus abuelos paternos y maternos eran inmigrantes provenientes de Siria y El Líbano. Por esa razón recibió el apodo de "El Turco", sobrenombre habitual en la Argentina aplicado a los descendientes de árabes. Nació en la finca "La Matilde" de El Sunchal, Perico del Carmen, Jujuy. Cursó sus estudios secundarios en San Salvador de Jujuymientras tomaba clases de guitarra con Nicolás Lamadrid. Luego se trasladó con toda su familia a Salta, y allí conoció a Luis Alberto Valdez, Tomás Campos y Gilberto Vaca, con quienes formó su primer grupo: "Las Voces de Huayra". Con esta formación grabó en 1957su primer disco de acetato, en la compañía discográfica salteña "H. y R.". En esa época fueron "descubiertos" por Ariel Ramírez, quien los convocó para acompañarlo en una gira por Mar del Plata y varias provincias. Luego Cafrune y Valdez fueron convocados al Servicio militar y el grupo alternó su formación original con reemplazos de José Eduardo Sauad y Luis Adolfo Rodríguez. Estos nuevos integrantes formarían parte de la formación que ese mismo año grabó un disco de 12 temas para el sello Columbia. Más tarde serían convocados para grabar un segundo disco para la misma compañía, pero desacuerdos entre los integrantes llevaron finalmente a la disolución del grupo. Ante una nueva convocatoria de Ramírez, Cafrune forma un nuevo grupo, "Los cantores del Alba", acompañado por Tomás Campos,Gilberto Vaca y Javier Pantaleón. Luego de esa presentación, Cafrune decide continuar su camino en solitario y abandona el nuevo grupo. En esta nueva etapa debutó en 1960 en el Centro Argentino de la ciudad de Salta para emprender inmediatamente después una larga gira que lo llevaría por las provincias de Chaco, Corrientes, Entre Ríos y Buenos Aires. Ante una tibia recepción en la Capital, donde no consiguió lugar ni en radio ni televisión, decidió continuar la gira por Uruguay y Brasil. En el primero lograría su debut televisivo, en el Canal 4 del país oriental. En 1962 regresa a Capital y contacta a Jaime Dávalos, que tenía un programa de televisión. Este le dice que debería probar suerte en el Festival de Cosquín. Cafrune viaja a la ciudadcordobesa y consigue un lugar para actuar fuera de cartel, consagrándose por elección del público como primera revelación. Luego vendría el primer disco en solitario y la consagración definitiva con nuevas presentaciones en radio, televisión y teatros, además de largas giras en las que siempre prefería los pueblos pequeños a las grandes ciudades. Fue en uno de esos pueblitos, Huanguelén, en la provincia de Buenos Aires, donde conoció y promovió a un joven cantor llamado José Larralde. En este período también siguió presentándose cada año en Cosquín y allí, en 1965, sin conocimiento de la organización presentó a una cantante tucumana llamada Mercedes Sosa. En 1967 presenta la gira "De a caballo por mi Patria", en homenaje al Chacho Peñaloza. En esta gira Cafrune recorrió el país al estilo de los viejos gauchos, llevando su arte y su mensaje a todos los rincones. Sus objetivos también incluían captar los paisajes a través de la fotografía y la filmación de cortometrajes televisivos, además de la recopilación de datos sobre las formas de vida, costumbres, cultura y tradición de las diversas regiones. La gira fue ruinosa para su economía, pero fue un gran éxito si se tienen en cuenta los verdaderos objetivos que se habían propuesto. Cafrune durante una presentación, a comienzos de la década de 1970. Al finalizar esta gira, Cafrune fue convocado para integrar unas comitivas artísticas argentinas que visitaron los Estados Unidos y España. El éxito en la península Ibérica fue fabuloso, y Cafrune llegó a radicarse allí por varios años, formando familia con Lourdes López Garzón. Su retorno al país fue en 1977, cuando falleció su padre. Eran tiempos difíciles para la Argentina, ya que el gobierno estaba en manos de ladictadura militar encabezada por Jorge Rafael Videla. A diferencia de otros artistas comprometidos, que se exiliaron cuando comenzaron las amenazas y las prohibiciones, Cafrune decidió quedarse y seguir haciendo lo que mejor sabía hacer: cantar y opinar cantando y haciendo. Fue así que en el festival de Cosquín de enero de 1978 cuando su público le pidió una canción que estaba prohibida, Zamba de mi esperanza, Cafrune accedió argumentando que "aunque no está en el repertorio autorizado, si mi pueblo me la pide, la voy a cantar". Según un testimonio de Teresa Celia Meschiati1 eso fue demasiado para los militares, y en el trístemente célebre centro de concentración clandestino cordobés deLa Perla, el entonces teniente primero Carlos Enrique Villanueva opinó que “había que matarlo para prevenir a los otros”. El 31 de enero de 1978, a modo de homenaje a José de San Martín, Cafrune emprendió una travesía a caballo para llevar a Yapeyú, lugar de nacimiento del libertador, tierra de Boulogne-sur-Mer, lugar de su fallecimiento. Esa noche, a poco de salir, fue embestido a la altura deBenavídez por una camioneta conducida por un joven de 19 o 20 años, Héctor Emilio Díaz. Cafrune falleció ese mismo día a la medianoche. Si bien se cree que se habría tratado de un asesinato planificado por parte de la Dictadura Militar, el hecho nunca fue esclarecido completamente y quedó sólo como un accidente.2 http://es.wikipedia.org

domingo, 7 de agosto de 2016

LOS CALABOZOS DE LANGEAIS - Capítulo dos


- CONTINUACIÓN... ... raído y, alternativamente, se inclinó y se escabulló hacia atrás, tropezando con sus pies como si estuviera frente a un monstruo, no frente aun hombre. Chauncey lo miró, frunciendo el ceño un poco. Trató de recordar el tiempo que el cochero había estado a su servicio, y si habría descubierto el obvio y doloroso hecho de que, con cada año que pasaba, Chauncey no parecía envejecer. Él le había jurado lealtad al ángel a los dieciocho años, congelándose en esa edad para el resto de la eternidad. Pero mientras sus modales, lenguaje, y vestimenta lo hicieran parecer un poco mayor, podría resolverlo. Hasta podía ser confundido con un muchacho de veinticinco años, pero ese era el límite. Se hizo una nota mental para no olvidar despedir al cochero en año nuevo. Luego, dando manotazos a los penachos de polvo levantado por los caballos, cojeó a través de las losas de piedra hasta llegar al castillo. Le dio a la enorme fortaleza un apreciativo repaso. Ninguna tentación terrenal podía verse tan atractiva como ésta lo hizo en ese momento. Pero no podía relajarse todavía. No tenía ningún deseo de pasar la noche atormentado por el conocimiento de que, en poco más de veinticuatro horas, todo volvería a empezar. La horrible y desesperante sensación de perder el control de su cuerpo y de verlo caer en las manos del ángel, lo invadió. No, antes de dormir, tenía que pensar cuidadosamente toda la información que había reunido en aquel último viaje a Angers. *** Luego de asearse, vendarse y vestirse, Chauncey se acomodó en la silla detrás de su escritorio en la biblioteca, e inclinó su cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, llenándose de aquella sensación de quietud. Hizo un gesto a ciegas para Boswell, quien estaba parado en la puerta, para que le trajera una botella de la bodega. —¿Algún año en particular, Su Alteza? —1565 —pidió, por amor a la ironía, amasando ambos puños contra sus ojos. Había pasado 200 años deseando poder volver hacia atrás en el tiempo hasta ese año y alterar las últimas horas de la noche. Podía recordar los detalles más finos. El golpeteo de la lluvia, frío e implacable. El olor de moho, el pino, y el hielo. Las lápidas húmedas color pizarra que sobresalían como dientes torcidos de la tierra. El ángel. La alarmante pérdida que había sentido al darse cuenta de que no podía ordenarle a sus propios pies que corrieran. El caliente e invisible hierro golpeando todos los rincones de su cuerpo. Incluso su propia mente racional se había vuelto contra él, haciéndole creer que el dolor era real, sin sospechar que era simplemente uno de los trucos mentales del ángel. —Tu juramento de fidelidad —había dicho el ángel—. Dilo. Chauncey no quería recordar lo que sucedió después. Dejó escapar un gemido. Había sido un tonto. No había entendido el significado de lo que se le había exigido dar. El ángel lo había engañado, torturado, cegado, y le había quitado la voluntad de hablar por sí mismo. Chauncey había dado su voto para acabar con un dolor fantasma. Unas pocas palabras habían demostrado ser su perdición: Señor, me convierto en su hombre. Se incorporó y arrojó su brazo sobre el escritorio, enviando algunas botellas de tinta y un pisapapeles de cristal al suelo. —¡Maldito sea! —hubo un cambio en las sombras a lo largo de la pared del fondo. El cuerpo de Chauncey se tensó— ¿Quién anda ahí? —exigió, con la voz ronca de rabia. Esperó a que alguno de sus criados farfullara una disculpa, pero en vez de eso, una femenina y brillante voz habló. —¿De vuelta en la ciudad, Chauncey? ¿Y no pensabas hacerme una visita? Chauncey sopló profundamente por la nariz y cuadró los hombros. Trató callar, pensando que debió haberlo sabido, pero las palabras se le escaparon de la boca. —Tendrías que haberme avisado que vendrías —dijo más sosegadamente—. Me gustaría haberle pedido a Boswell una copa extra de vino. —No he venido aquí a tomar. Entonces, ¿qué? , pensó. —¿Cómo entraste? ¿Boswell? —preguntó, aunque le costaba creer que su mayordomo hubiera dejado entrar a una mujer extraña dentro de su biblioteca personal, sin acompañante. No si valoraba su trabajo. —Mi llave. Demonios, volvió a pensar, pasándose las manos por la cara. Trató de sentarse de nuevo, pero un fuerte dolor en su pierna cortada le impidió moverse. —No tendría que haber vuelto nunca, ¿verdad? —dijo por fin, descubriendo lamentable que Elyce no se encontraba entre las cosas sobre las cuales su memoria podría haberle fallado esa noche. Se habían conocido en un hotel de paso. Ella era una bailarina, la criatura más exótica y venenosa que había visto jamás. No podría haber tenido más de diecisiete años, lo que le llevó a creer que era una fugitiva. Él la había envuelto con su capa y la había llevado de regreso a su casa con menos de una docena de palabras de introducción entre ellos. Se había quedado en el castillo... ¿cuánto? ¿Ocho semanas? Hasta que su relación terminó abruptamente. Elyce lo había vuelto a visitar con frecuencia en las semanas siguientes a su separación, exigiendo el pago de algo (un vestido que ella insistió en que había dejado y que él nunca había regresado, el reembolso de los carros que habían trasladado sus pertenencias del castillo, y, finalmente, sólo él por qué). Chauncey sólo le había dado el gusto, encontrando secretamente cierto placer en su excitante compañía. Finalmente, ella había desaparecido por completo, y él no había vuelto a verla en dos años. Hasta ahora. Cogió el pisapapeles de cristal del suelo y lo estudió con una expresión aburrida. —Necesito dinero. Él bufó divertido. Nunca se equivocaba, en particular sobre ese punto. Ella le deslizó una mirada. —Quiero el doble que la última vez. —¿Él doble? —se echó a reír— ¡Por Dios! ¿Qué haces con todo eso? —¿Cuándo podré esperarlo? —Chauncey se encogió de hombros, mientras caminaba alrededor de la mesa para apagar una de las lámparas que le estaba causando dolor de cabeza. —Si hubieras sido tan exigente cuando estábamos juntos, tal vez te habría respetado más. CONTINUARÁ...

Discurso que hizo que mataran a JFK - Charkleons.com

El presidente John F Kennedy y la Alianza para el Progreso PC

Alianza para el Progreso, qué era y para qué fue creada